Prólogo
Nueva Era
Esta era una época
en la que el caos y la miseria reinaban sobre la faz del planeta Tierra. La
gente luchaba por el agua, como si de su propia vida se tratara. Y es que así
era. La sociedad se caía a pedazos, golpeada y masacrada por la corrupción, las
mentiras y el abuso de la autoridad.
Han pasado mil años
desde el término la tercera guerra mundial y la humanidad ha sufrido una
violenta metamorfosis. La tecnología, se estancó durante un periodo, intentando
preocupándose únicamente de la subsistencia de la humanidad, pero ya ha dejado de usarse para el beneficio de la
gente y ahora, sin que nadie se de cuenta, se esta volviendo contra ella. El
agua potable ya no escasea, sino que simplemente no existe… solo los sectores
mas altos tienen los medios para poder purificar la poca agua turbia que llega
por las cañerías a horarios definidos.
Los antiguos océanos
se han reducido a apenas unas pocas extensiones de agua, transformándose en
simples lagos de agua salada. La mayoría de ellos, son propiedad privada.
Los animales más
comunes de hace siglos están extintos y solo se han preocupado de los pocos que
quedan, quienes necesitan sacar algún provecho. Las plantas, solo crecen en
invernaderos diseñados específicamente para la prodición de oxigeno y solo
personas muy extrañas conservan alguna en una pequeña maceta cerca de la ventana.
A los bebés de
ahora, se les modifica genéticamente para encontrar la apariencia que más les
acomode a los padres. La mayoría de los hombres y mujeres han quedado estériles
a causa de estas intervenciones y solo algunos se prestan para la extracción de
gametos, que otros adoptarán como bebés.
Ya no se come
comida. Todas las vitaminas, proteínas y minerales que necesita el cuerpo para
vivir, se venden en pequeñas cápsulas alimenticias. La mayoría de las personas
ha olvidado o simplemente no conoce lo que es el sabor de un filete o de una
inocente manzana.
Quienes se hacen
llamar “nacidos a la natura” o “natura” son una infinitésima porción de la
sociedad, que ha sido concebido, que ha crecido y que ha nacido por parto
natural, de una sola madre acompañada de un único padre.
Capítulo 1
Un par de Morenos
Lavel Nest y Gustav
Oport eran uno de los pocos que aun conservaban el cabello oscuro. Ninguno
había sido modificado genéticamente y el pelo natural de sus padres se había
manifestado en ellos.
Quizá solo fuera una
coincidencia, quizá cosa del destino, pero estos dos humanos, se habían
encontrado, enamorado, cazado y habían formado una familia. Una preciosa chica,
de pelo castaño achocolatado y piel olivácea como la de su madre, había sido el
fruto de este amor.
Ellos vivieron
felices durante siete años, en uno de los 357.000 departamentos de la ciudad.
Lavel Nest aun conservaba la identidad de su pueblo… recordaba perfectamente
todas esas historias que le había contado su abuelo, y a éste su padre y su
abuelo… y así sucesivamente, sobre las
costumbres de antaño. Conservaba casi intacta una guitarra de más de dos siglos
de antigüedad e incluso sabía tocarla.
Gustav sonreía
gustoso, cada vez que veía a su esposa intentando enseñarle las notas a su hija
mientras la chica rasgueaba las cuerdas ruidosamente. Nunca se habría llegado a
imaginar que aquel simple recuerdo, años más tarde llegara a molestarle a tal
grado.
Lavel murió por una
intoxicación a causa de las malas condiciones higiénicas del agua, cuando su
hija tenía tan solo siete años. Gustav, que en ese entonces trabajaba como
Guarda, que vendría siendo una especie de policía de nuestra época, tomó su
coche patrulla independiente, el cual podía recorrer la carretera automatizada
sin hacer caso a las normas del transito impuestas y corrió a el Sanatorio más
cercano… Pero las protestas que se hacían en ese entonces por la exigiendo una
mejor calidad de vida, entorpecieron el transito y Gustav no llegó al Sanatorio
hasta que ya hubo sido muy tarde.
No hubo funeral. Las
muertes eran demasiadas en ese tiempo como para preocuparse de esas cosas, por
lo que, a pesar de las suplicas del hombre, debió entregar el cuerpo inerte de
su esposa, sin una despedida.
Gustav se encerró
por casi una semana en su habitación, sin preocuparse de comer, ni de dormir,
ni de su hija…
Lavel Oport, que
sufría con la pérdida de su madre, de igual forma, debió lidiar con la pena, con
sus propias necesidades y las de su padre por si sola. Una semana entera pasó
metiendo tabletas de píldoras alimenticias por debajo de la puerta de su padre
y una semana pasó, sin que nadie le dijera cual era el horario en que le tocaba
el agua.
Y así como aquella
semana, pasaron los meses y los años, sin que la vida que tenían volviera a ser
como antes. Gustav, se volvió frío y retraído. Comenzó a molestarle todo
aquello que le recordara a su esposa, y para mala suerte de Lavel, todo aquello
que ella amaba.
La chica tenía
prohibido buscar entre las cosas de su difunta madre y Gustav comenzó a criarla
como una nacida de probeta. Le hiso olvidar todo el pasado, toda la historia
del mundo que su madre la había relatado alguna vez. Debían vivir en el presente…
Capítulo 2
En el Campo de Batalla
Lavel Oport de ya
diecisiete años de edad, se preparaba un pollo frito mientras su padre aun
estaba en el trabajo. Había ahorrado un montón de dinero para poder comprárselo
y continuar con la tradición de su madre: comer comida una vez al mes.
Hacía dos años que
había comenzado a hacerlo a espaldas de su padre y ya comenzaba a creer, que se
había vuelto una buena cocinera. Seguramente una de las pocas que existían en
eso días.
Se llevó la comida a
la mesa y se sentó en una de las sillas fijas al suelo, acomodándola a su
antojo. Miró sonriente y nostálgica el par de servicios, un cuchillo y un
tenedor, que había logrado sacar del armario de cosas de su madre sin que
Gustav se diera cuenta de su intromisión. Si hubiera podido sacar la guitarra
que se veía en un rincón, sin que su padre se percatara de alguna minúscula
diferencia, lo habría hecho… pero él revisaba el armario cada vez que llegaba a
casa y había memorizado la posición de cada objeto con tal precisión, que nada
se le pasaba por alto.
Lavel no podía hacer
más que suspirar desconsolada.
En cuanto hubo
terminado de comer, encendió el visor con una orden de su voz: “Visor” y se
dispuso a observar las noticias sin interés.
Las protestas por el
agua continuaban con más violencia que en años anteriores. Ya ni siquiera
podían utilizarse las carreteras automatizadas por causa de los destrozos. La
única forma de movilizarse era a pie o con autos de conducción manual, los
cuales eran en aquel entonces tan escasos como la comida.
La Guarda Mundial
había dejado de usar tóxicos desvanecedores desde que la organización
desparasitadora había comenzado a actuar. Ya no podían dormir a todos los
manifestantes… desde hacía cinco años, que esta organización había comenzado a
arrojar dardos con un veneno letal a diversos individuos, y la Guarda solo se
daba cuenta de esto, cuando encontraba que no todos lograban despertar luego de
los tóxicos.
Ahora, los
enfrentamientos eran encarnizados. Una vez detectaban a un miembro de la
organización desparasitadora, que eran bastante esquivos, las manifestaciones
terminaban, dando paso a verdaderas batallas.
No estaban muy lejos
de la verdad aquellos que anunciaban que pronto se desataría una nueva gran
guerra y que lo que estaba en juego ahora, era la subsistencia de toda la
humanidad.
Lavel cambió de
canal con un chasquido de sus dedos hasta llegar a la serie favorita de su
madre, la cual se ambientaba en el año 2370. El mismo año en que la humanidad
había dinamitado la Luna intentando encontrar agua y lo único que había
logrado, había sido sacarle un pedazo. Cuantos estragos habían causado en la
Tierra por aquella razón.
Los ojos de la chica
comenzaron a pesar más de lo normal a causa del cansancio. Adoraba la serie y
se sentía terrible por estar quedándose dormida justo a la mitad, pero había pasado
una mala noche a causa de los potentes rugidos de una manifestación justo a los
pies de su edificio.
Apenas comenzaba a
desconectarse del mundo a su alrededor, sintiendo todo más denso y pesado,
cuando un pitido agudo la sobresaltó. Miró desconcertada y enojada hacia todo
lados, intentando encontrar la causa de ese agudo sonido terriblemente molesto,
hasta que se dio cuenta que provenía de la pulsera de su muñeca.
Lerón Hushe, rubio
de ojos azules, el mejor amigo de Lavel, hijo de probeta, que había sido
terriblemente modificado genéticamente, no tan solo física sino también
intelectualmente, le había regalado tal pulsera más con el cariño de un hermano
que por el uso que esta realmente tenía.
“He inventado esta
pulsera de socorros –le había dicho un día- para que siempre que estés en
aprietos yo pueda ir a ayudarte. La he diseñado para que detecte los latidos
del corazón, así, si este deja de latir, tu pulsera, mandará una señal a la mía
y a la de tu padre y…” “Sabrás que he muerto –respondió Label en tono de burla”
“Pero, si oprimes este botón, se mandará una señal a mi pulsera indicando que
necesitas ayuda y como has sido tu misma la que la ha solicitado, sabré que
aun…” “Sigo viva –Lavel soltó una carcajada”
Pero ahora solo pudo
ahogar un grito. El puntito rojo que iluminaba el extremo izquierdo de su
pulsera indicaba que su padre ni siquiera había alcanzado a pedir ayuda. Ya era
muy tarde.
Sin preocuparse de
dejar encendido el visor, ni de dejar los restos de comida, aun sobre la mesa,
se precipitó hacía la puerta y tiró de la barra de metal que sobresalía de esta
como la mitad de un rectángulo hueco. Apenas se le pasó por la cabeza que era
una completa aberración no ingresar su huella digital antes de salir.
Se lanzó corriendo
hacia las puertas del ascensor que estaban a punto de cerrarse, luego de que
saliera de él un hombre vestido de negro y las detuvo con un brazo.
-¡Primer Piso! –casi
gritó con una voz estrangulada.
El ascensor bajó
lentamente, insensible a su urgencia y abrió sus puertas ante el destino de la
chica luego de un tiempo que le pareció eterno.
¿A dónde se suponía
que debía ir? ¿Al centro de las manifestaciones? ¿Al cuartel de la guarda?
¿Dónde estaba su padre? ¿Realmente había funcionado esa tonta pulsera socorro
que le había dado Lerón? Esperaba que no.
El pitido agudo
continuaba emitiéndose desde su pulsera, apremiándola a correr más rápido en
todo momento. ¿Cómo se desconectaba esa cosa?
Su respiración no
era constante. Bocanadas de aire demasiado potentes entraban por su boca
convirtiéndose en lastimeros sollozos una vez venían de vuelta. Los músculos
comenzaron a quemarle luego de haber corrido más de diez minutos sin una sola
pausa ni calentamiento.
Apenas se dio cuenta
cuando ya estaba en medio de un griterío atroz. El pitido sonaba y sonaba,
alterando sus nervios más de lo que cualquiera creería posible.
Se detuvo desorientada
en medio del campo de batalla, donde intentó encontrar con la vista a algún
uniformado que le pareciera familiar. Nada.
Los zumbidos de los
dardos con veneno paralizante o letal pasaban tan cerca de su cabeza que si
hubiera estado un poco más cuerda en aquellos momentos, habría tenido la
sensatez de esconderse en un lugar. Pero tuvo suerte.
La gente corría a su
alrededor, gritando, tirando cosas y disparando, hasta que al fin alguien chocó
contra ella, arrojándola al suelo.
-¡Lavel! –gruño
Lerón- No tenías porqué venir. ¡Eres una tonta suicida!
Los ojos castaño miel
de la chica le miraron desorientados y en un segundo se llenaron de unas lágrimas
que aun no había podido encontrar. Lerón la estrechó entre sus brazos por un
minuto tenso, preocupándose de que todavía se hallaban en medio del campo de
batalla.
-Vamos, levántate,
tenemos que salir de aquí –la apremió.
Lavel echó una
hojeada a su alrededor.
-Mi padre, Lerón…
Papá murió.
El chico rubio,
apretó la mandíbula haciendo rechinar sus dientes y no contestó. No tenía idea
de cómo consolar a su amiga. La tomó de la mano y la alzó de un tirón hacia
arriba, intentando guiarla como si fuera un bebé que recién está aprendiendo a
caminar.
Los pasos de Lavel
eran torpes, pues toda su atención se centraba aun en intentar encontrar un
cuerpo tumbado. Las lágrimas caían silenciosas e inexorables por sus mejillas
dificultando su exhaustiva búsqueda.
-Lerón… Lerón
–murmuraba en tono de súplica, esperando que realizara algún milagro, aunque no
supiera muy bien para que.
-Se acabó, Lavel, se
acabó. Los desparasitadores han asesinado al presidente y la guarda dejará de
ser tan benevolente. Mamá nos sacará del país antes de que comience la guerra…
Lavel soltó la mano
de su amigo sin que este tuviera tiempo de reaccionar. A lo lejos, había visto
un uniforme negro como un overol tendido en el suelo, del que asomaba en un
extremo una inconfundible mata de cabello oscuro.
No lo pensó dos
veces antes de echarse a correr en su dirección, sorteando cadáveres y coches
automatizados aun ardiendo en llamas.
-¡Papá! –lanzó un
chillido agudo.
Se lanzó sobre el
cuerpo vacío de expresiones y le estrechó contra su pecho.
Un dardo dorado,
delgado como una hebra de lana, yacía incrustado en la sien izquierda de la
cabeza de Gustav y a su alrededor, un circulo hinchado color violáceo daba
testimonio del veneno letal.
Inscrito
prolijamente a lo largo de todo el dardo, se podía leer la burlesca sigla de la
organización desparasitadora: “OD, por el bien mayor”
El pitido insistente
de la pulsera de Lerón, continuaba sonando en la muñeca de la chica,
recordándole una y otra vez lo que había ocurrido con el cuerpo que tenía entre
sus brazos. “Ha muerto” “Ha muerto” “Ha muerto” “Ha muerto” “Ha muerto”.
Casi sin ser
consiente de lo que hacía, tomó el delgado dardo entre sus dedos y lo desencajó
de la sien de su padre. Un débil fluido de sangre, nació de aquel fatal
agujero, extinguiéndose prontamente.
Besó tiernamente los
parpados cerrados del hombre, mientras dirigía toda su rabia al puño con el que
asía el dardo asesino.
-¡Eh! ¡Sal… Sal de
aquí! –gruñó un encapuchado que se interponía entre la chica y la trayectoria
de un dardo de la guarda.
La tomó de por los
hombros ahogando el quejido que pugnaba por salir de su garganta, luego que el
doloroso proyectil se incrustara en la porción superior de su brazo.
-¡No! Mi padre, mi
padre… -lloró Lavel, aferrando las ropas frías del hombre muerto.
El encapuchado la
agarró aun más fuerte con su brazo sano por la cintura, mientras que con el
otro disparaba sin sentido alguno.
Lavel luchó, gritó y
pataleó en sus brazos, pero aun estaba demasiado atontada por la pena y la
conmoción como para hacer un buen esfuerzo. Lo único de lo que estaba
consiente, era que no tenía ningún sentido que ese hombre quisiera salvarle la
vida. Era un miembro de la OD, el pañuelo negro amarrado a su brazo mostraba
claramente las siglas plasmadas en blanco.
En cuanto llegaron a
un lugar seguro, detrás de un minibús automatizado, que había quedado
inservible en medio de la calle, el hombre se dejó caer junto a Lavel, como si
fueran verdaderos sacos de papas.
La chica no supo la
razón de su brusquedad, hasta que le escuchó emitir un gruñido mientras se
sacaba rápidamente el dardo negro de su brazo izquierdo. Lo arrojó lejos.
-Oh, mi Dios…
-susurró Label entre lágrimas.
Había pensado en
escaparse tan pronto como la soltara, pero no podía ser tan insensible ante la
agonía de un pobre diablo.
-¿Dijiste…? –murmuró
el hombre alzando su mano derecha hasta su cara cubierta.
Crispó sus dedos
temblorosos en torno a la malla que envolvía su cabeza completa y tiró hacia
abajo. Su hermoso cabello castaño revoloteó despeinándose ante el paso de la
tela y sus ojos marrones inspeccionaron a Lavel con curiosidad. Una curiosidad
que apenas duró una fracción de segundo, ya que el dolor de su brazo herido le
apuraba.
Alargó su mano sana
hasta la mochila verde oscuro que había caído tan bruscamente como ellos, e
intentó abrirla. Lavel le miraba aturdida. No podría haber olvidado nunca aquel
rostro, el rostro con el que había fantaseado un mes entero cuando tenía quince
años.
…Recordó claramente
aquella noche en que había ido al edificio de Hannet, su amiga de tres madres
–una que había donado un óvulo, otra que la había dado a luz y la que la había
adoptado- y que luego de que declararan inhabilitadas las carreteras
automatizadas, había debido marcharse a casa caminando. Era de noche y estaba
muy oscuro, y ni su amiga ni su tercera madre se habían preocupado de ofrecerle
alojamiento, por lo que debió recorrer las peligrosas calles, sola. Recién
estaba llegando al sector de edificios pequeños en donde ella vivía, cuando un
hombre rubio de ojos azules, tal como Lerón y Hannet y todas sus madres, la
había atrapado por la espalda. Lavel había descubierto entonces que tan fuerte
era capaz de gritar, aunque supiera que eso no servía de nada. El violador la
había atrapado contra la pared de uno de los edificios, sosteniendo ambas
muñecas con una sola mano en la que además llevaba una navaja e intentando
desprenderla de sus ropas con la otra. Pero no había podido llegar muy lejos.
Un joven de unos dieciocho años de edad, de cabello castaño, apareció por
detrás del violador, pegándole un fuerte codazo en la cabeza. Éste cayó a un
lado murmurando un improperio y enmudeciendo casi al mismo instante en que sus
ojos reparaban en el arma que le apuntaba directo al rostro. Lavel se había
dejado caer deslizándose por la pared, sollozando silenciosamente.
-Quédate quieto –le
había susurrado con absoluta seguridad, como si el hecho de apretar el gatillo
fuera tan simple como chasquear los dedos.
El joven llevó su
mano desocupada hacia su oído y contestó la llamada en su auricular
inalámbrico.
-Ya… ¿Tu que
crees?... Que perceptivo… por el segundo…
¡después del primero! bien… si… -colgó y dirigió su mirada al hombre que
aun estaba tendido en el suelo- Tú, levántate y camina directo hacia aquella
esquina, sino despídete de tu asquerosa vida ahora mismo.
El rubio se levantó
inmediatamente y partió casi corriendo hacia donde le había indicado. Lavel
lloriqueaba media histérica, aun sentada en el piso, y como siempre, había
olvidado que correr era lo más indicado.
-Vamos, levántate
–el chico armado le tendió su mano vacía.
Lavel le miró entre
sus ojos llorosos y le hiso caso apoyándose contra la pared, sin tenderle su
mano, pero inmediatamente después de ponerse de pie una nueva oleada de pánico
la invadió, cuando a lo lejos, luego de que un coche automatizado pasara por el
pasaje 2, vio al violador desplomarse en el suelo, sin sentido. Acto seguido
dirigió su mirada al arma del joven de pelo oscuro, pero la tenía vuelta hacia
abajo… ¿Quién había sido?
-Obra de Dios
–murmuró el joven a modo de explicación, aunque creía que la chica no
entendería.
-Eso… eso espero… -tartamudeó Lavel recordando la imagen
desgastada de un hombre clavado a una cruz que le había mostrado su madre
cuando era pequeña. No creía en su existencia, pero sabía de que se trataba
aquella antigua religión- Me… me voy…
Lavel había
comenzado a caminar tambaleante a causa del temblor de sus rodillas, pero
pronto se afirmó cuando la mano del joven se aferró a su brazo. Había querido
desechar aquella ayuda, pero ya no quería seguir hipando como una bebita.
-Gr… gracias
–susurró aun nerviosa cuando hubieron llegado al pié del edificio en que ella
vivía.
El chico hiso una
mueca que parecía una sonrisa y le dedicó una reverencia de servicialidad, como
aquellas que imitaba su madre de la antigua edad media…
Aquel encapuchado
que se encontraba a su lado con el brazo herido y el chico de aquella noche,
eran el mismo. Lavel no habría olvidado nunca aquel agradable rostro de una tez
clara un tanto bronceada, que si bien no le había salvado la vida, al menos
había impedido que se la arruinaran para siempre.
¿No le debía mucho?
Casi como un
reflejo, sus manos se movieron a ayudarle con la mochila. Temblaban casi tanto
como las del chico, pero al menos no tenía uno de sus brazos infectado en
veneno.
-Ten… -le pidió que
sostuviera un extremo de la mochila, mientras que registraba en el interior de
ella con su mano libre.
Las gotas de sudor
frío caían por el rostro del chico casi con la misma continuidad que lo hacían
las lágrimas de Lavel. Estaba pálido, como la cal, a pesar de que no había sido
modificado genéticamente nunca en su vida.
Label le miraba
aterrorizada, con los sentimientos encontrados. ¿Cómo es que estaba ayudando a
un miembro de la organización que había asesinado a su padre? ¿Acaso era una
cobarde? “¡Déjalo morir!” le gritaba la vocecilla interior que correspondía al
sentido de supervivencia “Solo vete de aquí, anda con Lerón”
Pero no podía…
En cuanto el chico
sacó su mano de la mochila, con un pequeño paquetito de plástico transparente
que envolvía un nuevo dardo, Lavel soltó lo que sostenía y esperó a ver en que
otra cosa podía ayudar. Se sentía tan inútil y desesperada. ¿Por qué no se iba
ya? ¿Lerón, donde estaría Lerón?
Pero el chico no
precisó de su ayuda… ni siquiera se preocupó de sacarle el envoltorio a aquel dardo
contenedor del antídoto y se lo clavó con fuerza en la zona del brazo por la
que se expandía el veneno, rompiendo a la vez, el plástico y su piel.
Lavel soltó un
chillido de sorpresa.
-Perderé el brazo…
-murmuró el chico para si mismo.
-¿Qué… qué hago?
–tartamudeó Lavel esperando alguna orden.
El chico hiso una
mueca, cerrando los ojos con fuerza y aspirando dificultosamente por entre sus
dientes apretados.
-Tú… tú… vienes
conmigo… -gruñó agotado, llevando su mano derecha hacia el cuello de su
camiseta azul oscuro y oprimió el botón de un objeto que estaba prendido de
ella.
Lavel negó con la
cabeza a pesar de que tenía claro que el chico no la estaba mirando. Las
lágrimas volvieron a producirle un dolor agudo en sus sienes, así como el
pitido de su pulsera, y a formar un gran nudo en la garganta. Tenía que volver
con su padre ahora. O quizá con Lerón… ¿Dónde estaba? ¿Por qué no había venido
tras ella y le había impedido ponerse tan sensible con un asesino?
Observó casi con
gusto que el dolor que sentía el chico, fuera tan grande que le impidiera
ponerse de pié rápidamente. Tenía su cabeza vuelta hacia el lado opuesto de la
chica, apoyándola contra el desbaratado coche automatizado. Mantenía los ojos
fuertemente cerrados y sus cejas fruncidas casi llegaban a tocarse.
Lavel comenzó a
ponerse de pie justo en el momento en que un coche independiente se detenía
frente a ella en forma paralela al coche que utilizaban como fuerte en esos
momentos.
Las puertas
plateadas se descorrieron hacia los lados casi con brusquedad, transformando el
típico zumbido amortiguado en un sonido chirriante y desde dentro comenzaron a
descender uno a uno, cuatro personajes tan encapuchados como lo había estado el
chico de cabellos oscuros hacía un rato.
L a chica se echó a
correr casi inmediatamente, haciendo caso por primera vez en su vida a la
vocecilla que le susurraba consejos de supervivencia en su interior, pero el
más alto de todos los hombres le cortó el paso con una agilidad increíble.
-¡Te ha visto la
cara, inútil! –gritó una voz femenina hacia el herido.
-¡¿Qué le ha pasado
a tu brazo?! –gruñó otro sin esperar una respuesta. Era obvio lo que le había
pasado y todos se daban cuenta.
El color morado
oscuro y lo hinchado que se iba extendiendo hasta su hombro y hasta su codo, se
podía notar a varios metros de distancia.
-Frus, Idy, ayúdenme
con Itan, si no nos damos prisa, perderá el brazo…
Dos más bajaron del
carro.
-¿Y la chica?
–preguntó el más alto, que aun tenía a Lavel inmovilizada, pateando, gruñendo y
escupiendo sin resultado alguno, bajo sus fuertes garras.
-Llév… llévenla
–logró articular Itan a modo de orden.
Frus, Idy y la mujer
intentaron poner de pié al chico, que estaba mucho más mareado de lo que se
veía. Ya ni siquiera podía enfocar bien la vista y cuando entreabría los
parpados, sus ojos deambulaban por toda su cuenca sin ningún sentido.
-No llevamos
rehenes, Itan –gruñó con voz profunda aquel que parecía el más preocupado del
grupo, mientras le tomaba de los pies.
-¡Le ha visto la
cara! –gruñó la mujer que concordaba perfectamente con la determinación de Itan
de comenzar a convertirse en secuestradores.
El hombre preocupado
bufó roncamente y bajó la cabeza. Lavel pensó que habría sido mucho más
conveniente que la palabra de aquel hombre tuviera un poco más de peso en los
demás… era lo lógico con esa voz potente que tenía…
Pero las manos de
gigantesco opresor hicieron caso al último veredicto, y junto con Itan, fue
lanzada nuevamente como un saco de papas hacia el interior del vehículo
independiente. En cuanto el último pié estuvo dentro, el conductor echó pié al
acelerador y de improviso, producto de la exagerada aceleración, todos se
vieron impulsados hacia la parte posterior del carro.
Lavel continuó con
su griterío, ahora suplicando incoherencias sobre su difunto padre. Si no
hubiera sido por Itan, Kella, la mujer, habría terminado amordazándola y
atándola de pies y manos para conseguir el preciado silencio.
-Si no… si no somos
secuestradores… ahg… al menos, no actuemos como ellos… ahg… ya entenderá… que
todo esto… es… es… por el bien mayor…
Ante aquello, Lavel
se había quedado paralizada, recordando que las últimas cuatro palabras
pronuncias por Itan, estaban prolijamente gravadas en el dardo que aun
conservaba escondido en el puño de su mano. Un frío aturdidor invadió su pecho
y en cosa de segundos, la tristeza más dolorosa y más profunda se había
apoderado de ella.
Por el resto del
camino, los únicos sonidos existentes dentro de aquel automóvil independiente,
fueron los sollozos silenciosos de Lavel y los quejidos amortiguados por un
paño en la boca de Itan, que sostenía con fuerza el brazo de uno de sus
compañeros, aquel de voz profunda.

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