domingo, 28 de octubre de 2012

Lavel 1

Aquí va parte de una historia que comencé a escribir hace tiempo y que encontré hace poco entre los archivos de mi computador. Creo que voy a continuar escribiendola, quizá no va por muy mal camino. Además CLARE ya me tiene bastante cansada, creo que haré acabar su historia lo más abruptamente posible. Creí que como era la historia que más páginas tenía, me encariñaría con ella, pero lo unico que quiero es borrarla de mi cabeza. Es como le pasa al protegonista de un libro de Stephen King con Misery.





Prólogo
Nueva Era
Esta era una época en la que el caos y la miseria reinaban sobre la faz del planeta Tierra. La gente luchaba por el agua, como si de su propia vida se tratara. Y es que así era. La sociedad se caía a pedazos, golpeada y masacrada por la corrupción, las mentiras y el abuso de la autoridad.
Han pasado mil años desde el término la tercera guerra mundial y la humanidad ha sufrido una violenta metamorfosis. La tecnología, se estancó durante un periodo, intentando preocupándose únicamente de la subsistencia de la humanidad, pero ya  ha dejado de usarse para el beneficio de la gente y ahora, sin que nadie se de cuenta, se esta volviendo contra ella. El agua potable ya no escasea, sino que simplemente no existe… solo los sectores mas altos tienen los medios para poder purificar la poca agua turbia que llega por las cañerías a horarios definidos.
Los antiguos océanos se han reducido a apenas unas pocas extensiones de agua, transformándose en simples lagos de agua salada. La mayoría de ellos, son propiedad privada.
Los animales más comunes de hace siglos están extintos y solo se han preocupado de los pocos que quedan, quienes necesitan sacar algún provecho. Las plantas, solo crecen en invernaderos diseñados específicamente para la prodición de oxigeno y solo personas muy extrañas conservan alguna  en una pequeña maceta cerca de la ventana.
A los bebés de ahora, se les modifica genéticamente para encontrar la apariencia que más les acomode a los padres. La mayoría de los hombres y mujeres han quedado estériles a causa de estas intervenciones y solo algunos se prestan para la extracción de gametos, que otros adoptarán como bebés.
Ya no se come comida. Todas las vitaminas, proteínas y minerales que necesita el cuerpo para vivir, se venden en pequeñas cápsulas alimenticias. La mayoría de las personas ha olvidado o simplemente no conoce lo que es el sabor de un filete o de una inocente manzana.
Quienes se hacen llamar “nacidos a la natura” o “natura” son una infinitésima porción de la sociedad, que ha sido concebido, que ha crecido y que ha nacido por parto natural, de una sola madre acompañada de un único padre.




Capítulo 1
Un par de Morenos
Lavel Nest y Gustav Oport eran uno de los pocos que aun conservaban el cabello oscuro. Ninguno había sido modificado genéticamente y el pelo natural de sus padres se había manifestado en ellos.
Quizá solo fuera una coincidencia, quizá cosa del destino, pero estos dos humanos, se habían encontrado, enamorado, cazado y habían formado una familia. Una preciosa chica, de pelo castaño achocolatado y piel olivácea como la de su madre, había sido el fruto de este amor.
Ellos vivieron felices durante siete años, en uno de los 357.000 departamentos de la ciudad. Lavel Nest aun conservaba la identidad de su pueblo… recordaba perfectamente todas esas historias que le había contado su abuelo, y a éste su padre y su abuelo…  y así sucesivamente, sobre las costumbres de antaño. Conservaba casi intacta una guitarra de más de dos siglos de antigüedad e incluso sabía tocarla.
Gustav sonreía gustoso, cada vez que veía a su esposa intentando enseñarle las notas a su hija mientras la chica rasgueaba las cuerdas ruidosamente. Nunca se habría llegado a imaginar que aquel simple recuerdo, años más tarde llegara a molestarle a tal grado.
Lavel murió por una intoxicación a causa de las malas condiciones higiénicas del agua, cuando su hija tenía tan solo siete años. Gustav, que en ese entonces trabajaba como Guarda, que vendría siendo una especie de policía de nuestra época, tomó su coche patrulla independiente, el cual podía recorrer la carretera automatizada sin hacer caso a las normas del transito impuestas y corrió a el Sanatorio más cercano… Pero las protestas que se hacían en ese entonces por la exigiendo una mejor calidad de vida, entorpecieron el transito y Gustav no llegó al Sanatorio hasta que ya hubo sido muy tarde.
No hubo funeral. Las muertes eran demasiadas en ese tiempo como para preocuparse de esas cosas, por lo que, a pesar de las suplicas del hombre, debió entregar el cuerpo inerte de su esposa, sin una despedida.
Gustav se encerró por casi una semana en su habitación, sin preocuparse de comer, ni de dormir, ni de su hija…
Lavel Oport, que sufría con la pérdida de su madre, de igual forma, debió lidiar con la pena, con sus propias necesidades y las de su padre por si sola. Una semana entera pasó metiendo tabletas de píldoras alimenticias por debajo de la puerta de su padre y una semana pasó, sin que nadie le dijera cual era el horario en que le tocaba el agua.
Y así como aquella semana, pasaron los meses y los años, sin que la vida que tenían volviera a ser como antes. Gustav, se volvió frío y retraído. Comenzó a molestarle todo aquello que le recordara a su esposa, y para mala suerte de Lavel, todo aquello que ella amaba.
La chica tenía prohibido buscar entre las cosas de su difunta madre y Gustav comenzó a criarla como una nacida de probeta. Le hiso olvidar todo el pasado, toda la historia del mundo que su madre la había relatado alguna vez. Debían vivir en el presente…

























Capítulo 2
En el Campo de Batalla
Lavel Oport de ya diecisiete años de edad, se preparaba un pollo frito mientras su padre aun estaba en el trabajo. Había ahorrado un montón de dinero para poder comprárselo y continuar con la tradición de su madre: comer comida una vez al mes.
Hacía dos años que había comenzado a hacerlo a espaldas de su padre y ya comenzaba a creer, que se había vuelto una buena cocinera. Seguramente una de las pocas que existían en eso días.
Se llevó la comida a la mesa y se sentó en una de las sillas fijas al suelo, acomodándola a su antojo. Miró sonriente y nostálgica el par de servicios, un cuchillo y un tenedor, que había logrado sacar del armario de cosas de su madre sin que Gustav se diera cuenta de su intromisión. Si hubiera podido sacar la guitarra que se veía en un rincón, sin que su padre se percatara de alguna minúscula diferencia, lo habría hecho… pero él revisaba el armario cada vez que llegaba a casa y había memorizado la posición de cada objeto con tal precisión, que nada se le pasaba por alto.
Lavel no podía hacer más que suspirar desconsolada.
En cuanto hubo terminado de comer, encendió el visor con una orden de su voz: “Visor” y se dispuso a observar las noticias sin interés.
Las protestas por el agua continuaban con más violencia que en años anteriores. Ya ni siquiera podían utilizarse las carreteras automatizadas por causa de los destrozos. La única forma de movilizarse era a pie o con autos de conducción manual, los cuales eran en aquel entonces tan escasos como la comida.
La Guarda Mundial había dejado de usar tóxicos desvanecedores desde que la organización desparasitadora había comenzado a actuar. Ya no podían dormir a todos los manifestantes… desde hacía cinco años, que esta organización había comenzado a arrojar dardos con un veneno letal a diversos individuos, y la Guarda solo se daba cuenta de esto, cuando encontraba que no todos lograban despertar luego de los tóxicos.
Ahora, los enfrentamientos eran encarnizados. Una vez detectaban a un miembro de la organización desparasitadora, que eran bastante esquivos, las manifestaciones terminaban, dando paso a verdaderas batallas.
No estaban muy lejos de la verdad aquellos que anunciaban que pronto se desataría una nueva gran guerra y que lo que estaba en juego ahora, era la subsistencia de toda la humanidad.
Lavel cambió de canal con un chasquido de sus dedos hasta llegar a la serie favorita de su madre, la cual se ambientaba en el año 2370. El mismo año en que la humanidad había dinamitado la Luna intentando encontrar agua y lo único que había logrado, había sido sacarle un pedazo. Cuantos estragos habían causado en la Tierra por aquella razón.
Los ojos de la chica comenzaron a pesar más de lo normal a causa del cansancio. Adoraba la serie y se sentía terrible por estar quedándose dormida justo a la mitad, pero había pasado una mala noche a causa de los potentes rugidos de una manifestación justo a los pies de su edificio.
Apenas comenzaba a desconectarse del mundo a su alrededor, sintiendo todo más denso y pesado, cuando un pitido agudo la sobresaltó. Miró desconcertada y enojada hacia todo lados, intentando encontrar la causa de ese agudo sonido terriblemente molesto, hasta que se dio cuenta que provenía de la pulsera de su muñeca.
Lerón Hushe, rubio de ojos azules, el mejor amigo de Lavel, hijo de probeta, que había sido terriblemente modificado genéticamente, no tan solo física sino también intelectualmente, le había regalado tal pulsera más con el cariño de un hermano que por el uso que esta realmente tenía.
“He inventado esta pulsera de socorros –le había dicho un día- para que siempre que estés en aprietos yo pueda ir a ayudarte. La he diseñado para que detecte los latidos del corazón, así, si este deja de latir, tu pulsera, mandará una señal a la mía y a la de tu padre y…” “Sabrás que he muerto –respondió Label en tono de burla” “Pero, si oprimes este botón, se mandará una señal a mi pulsera indicando que necesitas ayuda y como has sido tu misma la que la ha solicitado, sabré que aun…” “Sigo viva –Lavel soltó una carcajada”
Pero ahora solo pudo ahogar un grito. El puntito rojo que iluminaba el extremo izquierdo de su pulsera indicaba que su padre ni siquiera había alcanzado a pedir ayuda. Ya era muy tarde.
Sin preocuparse de dejar encendido el visor, ni de dejar los restos de comida, aun sobre la mesa, se precipitó hacía la puerta y tiró de la barra de metal que sobresalía de esta como la mitad de un rectángulo hueco. Apenas se le pasó por la cabeza que era una completa aberración no ingresar su huella digital antes de salir.
Se lanzó corriendo hacia las puertas del ascensor que estaban a punto de cerrarse, luego de que saliera de él un hombre vestido de negro y las detuvo con un brazo.
-¡Primer Piso! –casi gritó con una voz estrangulada.
El ascensor bajó lentamente, insensible a su urgencia y abrió sus puertas ante el destino de la chica luego de un tiempo que le pareció eterno.
¿A dónde se suponía que debía ir? ¿Al centro de las manifestaciones? ¿Al cuartel de la guarda? ¿Dónde estaba su padre? ¿Realmente había funcionado esa tonta pulsera socorro que le había dado Lerón? Esperaba que no.
El pitido agudo continuaba emitiéndose desde su pulsera, apremiándola a correr más rápido en todo momento. ¿Cómo se desconectaba esa cosa?
Su respiración no era constante. Bocanadas de aire demasiado potentes entraban por su boca convirtiéndose en lastimeros sollozos una vez venían de vuelta. Los músculos comenzaron a quemarle luego de haber corrido más de diez minutos sin una sola pausa ni calentamiento.
Apenas se dio cuenta cuando ya estaba en medio de un griterío atroz. El pitido sonaba y sonaba, alterando sus nervios más de lo que cualquiera creería posible.
Se detuvo desorientada en medio del campo de batalla, donde intentó encontrar con la vista a algún uniformado que le pareciera familiar. Nada.
Los zumbidos de los dardos con veneno paralizante o letal pasaban tan cerca de su cabeza que si hubiera estado un poco más cuerda en aquellos momentos, habría tenido la sensatez de esconderse en un lugar. Pero tuvo suerte.
La gente corría a su alrededor, gritando, tirando cosas y disparando, hasta que al fin alguien chocó contra ella, arrojándola al suelo.
-¡Lavel! –gruño Lerón- No tenías porqué venir. ¡Eres una tonta suicida!
Los ojos castaño miel de la chica le miraron desorientados y en un segundo se llenaron de unas lágrimas que aun no había podido encontrar. Lerón la estrechó entre sus brazos por un minuto tenso, preocupándose de que todavía se hallaban en medio del campo de batalla.
-Vamos, levántate, tenemos que salir de aquí –la apremió.
Lavel echó una hojeada a su alrededor.
-Mi padre, Lerón… Papá murió.
El chico rubio, apretó la mandíbula haciendo rechinar sus dientes y no contestó. No tenía idea de cómo consolar a su amiga. La tomó de la mano y la alzó de un tirón hacia arriba, intentando guiarla como si fuera un bebé que recién está aprendiendo a caminar.
Los pasos de Lavel eran torpes, pues toda su atención se centraba aun en intentar encontrar un cuerpo tumbado. Las lágrimas caían silenciosas e inexorables por sus mejillas dificultando su exhaustiva búsqueda.
-Lerón… Lerón –murmuraba en tono de súplica, esperando que realizara algún milagro, aunque no supiera muy bien para que.
-Se acabó, Lavel, se acabó. Los desparasitadores han asesinado al presidente y la guarda dejará de ser tan benevolente. Mamá nos sacará del país antes de que comience la guerra…
Lavel soltó la mano de su amigo sin que este tuviera tiempo de reaccionar. A lo lejos, había visto un uniforme negro como un overol tendido en el suelo, del que asomaba en un extremo una inconfundible mata de cabello oscuro.
No lo pensó dos veces antes de echarse a correr en su dirección, sorteando cadáveres y coches automatizados aun ardiendo en llamas.
-¡Papá! –lanzó un chillido agudo.
Se lanzó sobre el cuerpo vacío de expresiones y le estrechó contra su pecho.
Un dardo dorado, delgado como una hebra de lana, yacía incrustado en la sien izquierda de la cabeza de Gustav y a su alrededor, un circulo hinchado color violáceo daba testimonio del veneno letal.
Inscrito prolijamente a lo largo de todo el dardo, se podía leer la burlesca sigla de la organización desparasitadora: “OD, por el bien mayor”
El pitido insistente de la pulsera de Lerón, continuaba sonando en la muñeca de la chica, recordándole una y otra vez lo que había ocurrido con el cuerpo que tenía entre sus brazos. “Ha muerto” “Ha muerto” “Ha muerto” “Ha muerto” “Ha muerto”.
Casi sin ser consiente de lo que hacía, tomó el delgado dardo entre sus dedos y lo desencajó de la sien de su padre. Un débil fluido de sangre, nació de aquel fatal agujero, extinguiéndose prontamente.
Besó tiernamente los parpados cerrados del hombre, mientras dirigía toda su rabia al puño con el que asía el dardo asesino.
-¡Eh! ¡Sal… Sal de aquí! –gruñó un encapuchado que se interponía entre la chica y la trayectoria de un dardo de la guarda.
La tomó de por los hombros ahogando el quejido que pugnaba por salir de su garganta, luego que el doloroso proyectil se incrustara en la porción superior de su brazo.
-¡No! Mi padre, mi padre… -lloró Lavel, aferrando las ropas frías del hombre muerto.
El encapuchado la agarró aun más fuerte con su brazo sano por la cintura, mientras que con el otro disparaba sin sentido alguno.
Lavel luchó, gritó y pataleó en sus brazos, pero aun estaba demasiado atontada por la pena y la conmoción como para hacer un buen esfuerzo. Lo único de lo que estaba consiente, era que no tenía ningún sentido que ese hombre quisiera salvarle la vida. Era un miembro de la OD, el pañuelo negro amarrado a su brazo mostraba claramente las siglas plasmadas en blanco.
En cuanto llegaron a un lugar seguro, detrás de un minibús automatizado, que había quedado inservible en medio de la calle, el hombre se dejó caer junto a Lavel, como si fueran verdaderos sacos de papas.
La chica no supo la razón de su brusquedad, hasta que le escuchó emitir un gruñido mientras se sacaba rápidamente el dardo negro de su brazo izquierdo. Lo arrojó lejos.
-Oh, mi Dios… -susurró Label entre lágrimas.
Había pensado en escaparse tan pronto como la soltara, pero no podía ser tan insensible ante la agonía de un pobre diablo.
-¿Dijiste…? –murmuró el hombre alzando su mano derecha hasta su cara cubierta.
Crispó sus dedos temblorosos en torno a la malla que envolvía su cabeza completa y tiró hacia abajo. Su hermoso cabello castaño revoloteó despeinándose ante el paso de la tela y sus ojos marrones inspeccionaron a Lavel con curiosidad. Una curiosidad que apenas duró una fracción de segundo, ya que el dolor de su brazo herido le apuraba.
Alargó su mano sana hasta la mochila verde oscuro que había caído tan bruscamente como ellos, e intentó abrirla. Lavel le miraba aturdida. No podría haber olvidado nunca aquel rostro, el rostro con el que había fantaseado un mes entero cuando tenía quince años.
…Recordó claramente aquella noche en que había ido al edificio de Hannet, su amiga de tres madres –una que había donado un óvulo, otra que la había dado a luz y la que la había adoptado- y que luego de que declararan inhabilitadas las carreteras automatizadas, había debido marcharse a casa caminando. Era de noche y estaba muy oscuro, y ni su amiga ni su tercera madre se habían preocupado de ofrecerle alojamiento, por lo que debió recorrer las peligrosas calles, sola. Recién estaba llegando al sector de edificios pequeños en donde ella vivía, cuando un hombre rubio de ojos azules, tal como Lerón y Hannet y todas sus madres, la había atrapado por la espalda. Lavel había descubierto entonces que tan fuerte era capaz de gritar, aunque supiera que eso no servía de nada. El violador la había atrapado contra la pared de uno de los edificios, sosteniendo ambas muñecas con una sola mano en la que además llevaba una navaja e intentando desprenderla de sus ropas con la otra. Pero no había podido llegar muy lejos. Un joven de unos dieciocho años de edad, de cabello castaño, apareció por detrás del violador, pegándole un fuerte codazo en la cabeza. Éste cayó a un lado murmurando un improperio y enmudeciendo casi al mismo instante en que sus ojos reparaban en el arma que le apuntaba directo al rostro. Lavel se había dejado caer deslizándose por la pared, sollozando silenciosamente.
-Quédate quieto –le había susurrado con absoluta seguridad, como si el hecho de apretar el gatillo fuera tan simple como chasquear los dedos.
El joven llevó su mano desocupada hacia su oído y contestó la llamada en su auricular inalámbrico.
-Ya… ¿Tu que crees?... Que perceptivo… por el segundo…  ¡después del primero! bien… si… -colgó y dirigió su mirada al hombre que aun estaba tendido en el suelo- Tú, levántate y camina directo hacia aquella esquina, sino despídete de tu asquerosa vida ahora mismo.
El rubio se levantó inmediatamente y partió casi corriendo hacia donde le había indicado. Lavel lloriqueaba media histérica, aun sentada en el piso, y como siempre, había olvidado que correr era lo más indicado.
-Vamos, levántate –el chico armado le tendió su mano vacía.
Lavel le miró entre sus ojos llorosos y le hiso caso apoyándose contra la pared, sin tenderle su mano, pero inmediatamente después de ponerse de pie una nueva oleada de pánico la invadió, cuando a lo lejos, luego de que un coche automatizado pasara por el pasaje 2, vio al violador desplomarse en el suelo, sin sentido. Acto seguido dirigió su mirada al arma del joven de pelo oscuro, pero la tenía vuelta hacia abajo… ¿Quién había sido?
-Obra de Dios –murmuró el joven a modo de explicación, aunque creía que la chica no entendería.
-Eso… eso espero…  -tartamudeó Lavel recordando la imagen desgastada de un hombre clavado a una cruz que le había mostrado su madre cuando era pequeña. No creía en su existencia, pero sabía de que se trataba aquella antigua religión- Me… me voy…
Lavel había comenzado a caminar tambaleante a causa del temblor de sus rodillas, pero pronto se afirmó cuando la mano del joven se aferró a su brazo. Había querido desechar aquella ayuda, pero ya no quería seguir hipando como una bebita.
-Gr… gracias –susurró aun nerviosa cuando hubieron llegado al pié del edificio en que ella vivía.
El chico hiso una mueca que parecía una sonrisa y le dedicó una reverencia de servicialidad, como aquellas que imitaba su madre de la antigua edad media…
Aquel encapuchado que se encontraba a su lado con el brazo herido y el chico de aquella noche, eran el mismo. Lavel no habría olvidado nunca aquel agradable rostro de una tez clara un tanto bronceada, que si bien no le había salvado la vida, al menos había impedido que se la arruinaran para siempre.
¿No le debía mucho?
Casi como un reflejo, sus manos se movieron a ayudarle con la mochila. Temblaban casi tanto como las del chico, pero al menos no tenía uno de sus brazos infectado en veneno.
-Ten… -le pidió que sostuviera un extremo de la mochila, mientras que registraba en el interior de ella con su mano libre.
Las gotas de sudor frío caían por el rostro del chico casi con la misma continuidad que lo hacían las lágrimas de Lavel. Estaba pálido, como la cal, a pesar de que no había sido modificado genéticamente nunca en su vida.
Label le miraba aterrorizada, con los sentimientos encontrados. ¿Cómo es que estaba ayudando a un miembro de la organización que había asesinado a su padre? ¿Acaso era una cobarde? “¡Déjalo morir!” le gritaba la vocecilla interior que correspondía al sentido de supervivencia “Solo vete de aquí, anda con Lerón”
Pero no podía…
En cuanto el chico sacó su mano de la mochila, con un pequeño paquetito de plástico transparente que envolvía un nuevo dardo, Lavel soltó lo que sostenía y esperó a ver en que otra cosa podía ayudar. Se sentía tan inútil y desesperada. ¿Por qué no se iba ya? ¿Lerón, donde estaría Lerón?
Pero el chico no precisó de su ayuda… ni siquiera se preocupó de sacarle el envoltorio a aquel dardo contenedor del antídoto y se lo clavó con fuerza en la zona del brazo por la que se expandía el veneno, rompiendo a la vez, el plástico y su piel.
Lavel soltó un chillido de sorpresa.
-Perderé el brazo… -murmuró el chico para si mismo.
-¿Qué… qué hago? –tartamudeó Lavel esperando alguna orden.
El chico hiso una mueca, cerrando los ojos con fuerza y aspirando dificultosamente por entre sus dientes apretados.
-Tú… tú… vienes conmigo… -gruñó agotado, llevando su mano derecha hacia el cuello de su camiseta azul oscuro y oprimió el botón de un objeto que estaba prendido de ella.
Lavel negó con la cabeza a pesar de que tenía claro que el chico no la estaba mirando. Las lágrimas volvieron a producirle un dolor agudo en sus sienes, así como el pitido de su pulsera, y a formar un gran nudo en la garganta. Tenía que volver con su padre ahora. O quizá con Lerón… ¿Dónde estaba? ¿Por qué no había venido tras ella y le había impedido ponerse tan sensible con un asesino?
Observó casi con gusto que el dolor que sentía el chico, fuera tan grande que le impidiera ponerse de pié rápidamente. Tenía su cabeza vuelta hacia el lado opuesto de la chica, apoyándola contra el desbaratado coche automatizado. Mantenía los ojos fuertemente cerrados y sus cejas fruncidas casi llegaban a tocarse.
Lavel comenzó a ponerse de pie justo en el momento en que un coche independiente se detenía frente a ella en forma paralela al coche que utilizaban como fuerte en esos momentos.
Las puertas plateadas se descorrieron hacia los lados casi con brusquedad, transformando el típico zumbido amortiguado en un sonido chirriante y desde dentro comenzaron a descender uno a uno, cuatro personajes tan encapuchados como lo había estado el chico de cabellos oscuros hacía un rato.
L a chica se echó a correr casi inmediatamente, haciendo caso por primera vez en su vida a la vocecilla que le susurraba consejos de supervivencia en su interior, pero el más alto de todos los hombres le cortó el paso con una agilidad increíble.
-¡Te ha visto la cara, inútil! –gritó una voz femenina hacia el herido.
-¡¿Qué le ha pasado a tu brazo?! –gruñó otro sin esperar una respuesta. Era obvio lo que le había pasado y todos se daban cuenta.
El color morado oscuro y lo hinchado que se iba extendiendo hasta su hombro y hasta su codo, se podía notar a varios metros de distancia.
-Frus, Idy, ayúdenme con Itan, si no nos damos prisa, perderá el brazo…
Dos más bajaron del carro.
-¿Y la chica? –preguntó el más alto, que aun tenía a Lavel inmovilizada, pateando, gruñendo y escupiendo sin resultado alguno, bajo sus fuertes garras.
-Llév… llévenla –logró articular Itan a modo de orden.
Frus, Idy y la mujer intentaron poner de pié al chico, que estaba mucho más mareado de lo que se veía. Ya ni siquiera podía enfocar bien la vista y cuando entreabría los parpados, sus ojos deambulaban por toda su cuenca sin ningún sentido.
-No llevamos rehenes, Itan –gruñó con voz profunda aquel que parecía el más preocupado del grupo, mientras le tomaba de los pies.
-¡Le ha visto la cara! –gruñó la mujer que concordaba perfectamente con la determinación de Itan de comenzar a convertirse en secuestradores.
El hombre preocupado bufó roncamente y bajó la cabeza. Lavel pensó que habría sido mucho más conveniente que la palabra de aquel hombre tuviera un poco más de peso en los demás… era lo lógico con esa voz potente que tenía…
Pero las manos de gigantesco opresor hicieron caso al último veredicto, y junto con Itan, fue lanzada nuevamente como un saco de papas hacia el interior del vehículo independiente. En cuanto el último pié estuvo dentro, el conductor echó pié al acelerador y de improviso, producto de la exagerada aceleración, todos se vieron impulsados hacia la parte posterior del carro.
Lavel continuó con su griterío, ahora suplicando incoherencias sobre su difunto padre. Si no hubiera sido por Itan, Kella, la mujer, habría terminado amordazándola y atándola de pies y manos para conseguir el preciado silencio.
-Si no… si no somos secuestradores… ahg… al menos, no actuemos como ellos… ahg… ya entenderá… que todo esto… es… es… por el bien mayor…
Ante aquello, Lavel se había quedado paralizada, recordando que las últimas cuatro palabras pronuncias por Itan, estaban prolijamente gravadas en el dardo que aun conservaba escondido en el puño de su mano. Un frío aturdidor invadió su pecho y en cosa de segundos, la tristeza más dolorosa y más profunda se había apoderado de ella.
Por el resto del camino, los únicos sonidos existentes dentro de aquel automóvil independiente, fueron los sollozos silenciosos de Lavel y los quejidos amortiguados por un paño en la boca de Itan, que sostenía con fuerza el brazo de uno de sus compañeros, aquel de voz profunda.

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