sábado, 31 de diciembre de 2011

CLARE Cap. 31

Capítulo 31
Balthazar me miraba con cara de póquer. No mostraba ni una sola expresión facial, y eso me tenía de los nervios. Había cometido un error muy grande.
Se habían llevado a Fred en ambulancia, hasta el hospital más cercano y pude notar el intercambio de miradas que se dieron los doctores con Balthazar. Nadie sabría la verdad de lo que había pasado, él tenía contactos… pero eso no minimizaba lo que había hecho.
-Bal… -dije apenas, terminando el resto de su nombre en un susurro inaudible.
Se inclinó sobre su escritorio y cruzó sus manos  por delante, mirándome atentamente, esperando que dijera lo que se suponía que tenía que decir. Habíamos estado así por un buen rato, y aun no sabía qué era lo que estábamos esperando.
-¿En que estabas pensando?
Se me hiso un nudo en la garganta, y sin intentar tragarlo, me puse a hablar:
-En… nada –murmuré con voz ahogada.
Balthazar rodó los ojos.
-Me lo imaginaba.
Se me escapó una lágrima, casi carente de agua, que me escoció los ojos como un veneno corrosivo. Era lenta, espesa, dolorosa, pero al fin era una lágrima. Había estado esperando tanto tiempo, para poder volver a sentir una lágrima naciendo en mis ojos y recorriendo mis mejillas, que no pude evitar distraerme con ese acontecimiento.
Me pasé un dedo por la cara y atrapé la lágrima. Me llevé el dedo a la boca, pero sabía muy mal. Era un agua extremadamente salada y agria. Hice un gesto de descontento.
-Clare –Balthazar me llamó la atención.
Levanté la vista. Su expresión había cambiado y ahora tenía el ceño fruncido.
-Si querías sangre de humano debiste haberme avisado. Pudimos ir a la ciudad, allí hay varios vagabundos por los que nadie preguntaría. Casi logras meterme en un lío… Pero le he pedido algo de ayuda a unos amigos, para que las heridas tengan alguna explicación lógica. Supongo que los familiares no estarán muy consientes de que les mienten, con toda la pena de una pérdida.
Fruncí el ceño. ¿Pérdida?
Se me encogió el corazón y comenzó a bombear la sangre de Fred a una velocidad aterradora. Mi expresión debió revelar toda la angustia y la culpa que estaba sintiendo, porque no podía controlarme.
-No… no me digas que lo he matado… -dije con la cabeza gacha y la vos estrangulada.
Balthazar frunció el ceño y bajó la mirada por unos segundos. Cuando volvió a levantarla pude ver por el rabillo del ojo, como hacía una pequeña mueca casi imperceptible. Comprendí inmediatamente que estaba haciendo lo que le había pedido… no me diría que era una asesina.
-Uh…-se me escapó un sollozo.
Pude sentir otra lágrima deslizándose por mi mejilla, pero no le presté la más mínima atención. Continué sollozando con la cabeza gacha mirando mis pies. Mis manos estaban firmemente aferradas a los bordes de la silla en que estaba sentada, y comenzaron a hacerle unos huecos con la forma de mis dedos.
-Soy… -comencé a decir, pero no pude.
Balthazar cogió el hervidor, que había sonado, anunciando que la sangre ya estaba lista y la vertió en mi taza.
-Bebe un poco, te hará bien…
Era una estupidez. ¿Qué bien me podía hacer más sangre si ya estaba llena de la de mi víctima? Me levanté sollozando, rechazando la sangre y partí corriendo hacia el bosque. Me metí entre los árboles y corrí lejos por varias horas.

Me arreglé bien antes de ir al velorio. Se realizaría en una iglesia de la ciudad y ya debían estar ahí, la mayoría de los amigos de Fred del internado. Yo debía ser una de las pocas que lo conocía, que aun permanecía dentro del instituto.
Me puse una polera blanca, porque las únicas negras que tenía ya estaban todas desteñidas y eran demasiado sport. Encima me puse un polerón negro, al que le subí el cierre hasta el cuello para que no se notara ni la polera blanca, ni la marca de la mordida de Danna, ahora que ya no necesitaba el vendaje. Me puse unos pantalones negros y unas zapatillas azul oscuro, porque no tenía otras.
No sabía si Balthazar me permitía o no ir al velorio y al entierro, pero yo iría de todas formas, con o sin permiso. Me sentía terriblemente hipócrita yendo a su funeral, siendo yo la causante de su muerte, pero por alguna razón, sentía que debía ir y pedirle disculpas. Quizá tratando de hacer realidad mi pesadilla, esa que había tenido estas últimas noches, en que había podido dormir un poco.
Salté la pandereta trasera, donde nadie pudiera verme salir y caí en la acera. No había nadie, porque era un callejón poco concurrido el que daba a la pandereta trasera cerca del gimnasio. Me metí las manos en los bolsillos de mi pantalón y agaché la cabeza cuando salí del pasaje. No quería que nadie me viera la cara, aun me sentía horrible.
Caminé varias cuadras sin siquiera darme cuenta donde pisaba, sino que simplemente me dejaba llevar por los aromas conocidos de algunos de mis compañeros de clases y amigos de Fred. Hubo un momento en que sentí un aroma demasiado parecido al de Fred, y pensé que podía ser su hermana, o algún otro familiar. No quería pensar que el carro fúnebre hubiera pasado por el mismo lugar.
Cuando llegué a la iglesia, sentí un escalofrío. De pronto sentí una aversión gigantesca hacía la figura de Dios y la de su hijo crucificado. Por algunos momentos me debatí entre quedarme a dar mis condolencias ahí afuera, o marcharme corriendo lo más pronto posible de vuelta al internado, pero terminé por obligarme a entrar, a pesar de lo fastidioso que me parecía.
Se había formado un gran círculo alrededor de un ataúd y el estómago logró revolvérseme a pesar de no  haber comido nada desde el día de la fiesta. Quizá era lo incómoda que me hacía sentir ese lugar, como si me vigilaran con odio constantemente. Supuse que eran cosas mías, porque Dios, si existía, no tenía porque sentir antipatía por mí si yo no era la que había elegido ser un demonio.
Bueno… había matado. ¿No era uno de los diez mandamientos? Y también había mentido. Mucho.
Me fui acercando al velorio con pasos de tortuga. Sentía los cuchillos de odiosidad picándome por todos lados. Desde la imagen de algún santo en las paredes, hasta el Cristo colgado en la cruz en la pared del fondo, que parecía estarme mirando receloso y diciéndome: “Demonio, estoy aquí todo ensangrentado, ¿Vendrás por mí también?”
Tragué un montón de veces aquella saliva seca y patosa que había tenido desde mi conversión, antes de llegar junto a mis compañeros.  La imagen de todos sentados alrededor del ataúd, con sus caras largas deformadas por el dolor, me recordó claramente el sueño que había tenido noches anteriores. Ya entendía porque me parecía tan eterno el camino, pues estaba pisando una casa en la que no era bienvenida. Ese era un lugar para los buenos y yo era un demonio.
Cuando llegué al círculo cerrado, mi rostro debió desfigurárseme por el dolor, pues las lágrimas ardientes comenzaron a rodar por mis mejillas escociéndome los ojos al salir. Pero no era un dolor físico, claro que no.
Lyan, se acercó a mí desde algún lugar que no me fijé y me abrazó fuertemente. Apenas pude verle la cara un segundo antes de que la escondiera en mi cabello y comenzara a sollozar. Noté que tenía los ojos rojos y estaba muy cansado… supuse que ahora los tendría más rojos aun.
-No se lo merecía… -murmuró entre babas cerca de mi pelo.
-Lo sé… yo… yo… nunca le deseé esto –me sentí como una hipócrita diciendo eso, sabiendo que yo le había causado la muerte- No estaba realmente enojada con él… era… era como un juego… y él lo sabía… pero… pero…
Mi voz se cortó con un sollozo que me impidió seguir hablando. Comenzamos a caminar abrazados un poco más lejos del círculo, ya que Lyan no quería que todos los que habían logrado mantenerse en calma hasta el momento, se pusieran a llorar por culpa de los dos.
“Charlotte se siente terrible” escuché a Lyan en mi cabeza, tan claro como la voz de Balthazar cuando me había hablado camino a la habitación de Fred.
Pero no se dirigía a mí, simplemente lo había pensado y la confianza que depositaba en mí, me permitía escucharlo.
-Murió creyendo que estaba enojada con él –dije atropelladamente de forma casi inteligible por mi voz ahogada.
Me apretó más fuerte contra sí y no dijo nada.

Marie continuaba leyendo alguna de las primeras páginas del libro que siempre usaba para “no prestar atención a Clare”. Yo sabía que de vez en cuando no aguantaba a darme una mirada calculadora, sopesando la idea de decirme algo o no.
Yo estaba sentada de espaldas a ella y podía verla con el reflejo de la lámpara de noche en la ventana. Las cortinas estaban descorridas permanentemente desde que me había convertido en vampira y Marie había dejado de intentar cerrarlas, luego de que notara que cada vez que despertaba estaban descorridas nuevamente.
Mi mirada voló nuevamente más allá de la ventana, más allá del reflejo de la mirada curiosa de Marie, y volví a recordar el rostro níveo y mortuorio de Fred, dentro del ataúd. Había podido verlo, no como en mi sueño, pero había sido casi tan difícil de llegar a él como entonces. La culpa y la pena hacían que a mis pies les resultara poco agradable moverse un poco más allá cerca de él.
Agité la cabeza de lado a lado con ímpetu, deseando borrar la imagen de mi víctima. Recordé algo que Fred había dicho hacía un tiempo, cuando estábamos limpiando baños: “Pero tú no eres una asesina y yo no soy tú víctima…” Se equivocaba rotundamente.
Me puse a llorar y Marie se levantó inmediatamente para abrazarme. Ya no importaba sentirla tan cerca. Su olor invadía la habitación entera y había tendido que acostumbrarme a ella a la fuerza. Ya no era tan difícil intentar no matar a Marie como al resto de la gente.
Con los días, fui perdiendo el color. Mamá lo notaba incluso en las llamadas.
-¿Clare? ¿Te estás cuidando bien? Te noto enferma. Abrígate cuando salgas. Procura ponerle una frazada más a la cama. No andes a pie pelado. Come bien…
-Lo haré ma…
Pero no… seguí casi todos sus consejos menos lo de comer bien. Ya no quería más sangre luego de lo que había hecho. Solo quería morir, pero no tenía idea de cómo hacerlo. Quizá solo era demasiado cobarde, porque seguramente habría sido demasiado simple entregarme a Billy y él haría todo el trabajo sucio… pero no me atrevía.
Balthazar estaba terriblemente enojado conmigo porque ya no quería las tazas de sangre de humano donada que me ofrecía todas las mañanas. Me perseguía mentalmente todos los días, todo el día. Apenas podía concentrarme en las tareas cotidianas con su vocecilla interna regañándome a cada momento… que no vayas a cometer alguna estupidez… te he dicho que tomes sangre… la necesitas… no quieres matar a alguien más… ven aquí ahora mismo… estás pálida… los lobitos notaran el cambio… Clare…Clare… Clare…
Solo bastó un tiempo para que se aburriera, o quizá logré controlar la forma de mantenerlo a raya.
Todo el mundo podía notar la diferencia de mi rostro. En toda yo. Estaba más pálida, seria y débil. Pero Charlotte parecía igual de demacrada que yo y eso me daba fuerzas para seguir adelante con mi huelga interna. Ni una gota de sangre más y mi cuerpo se secaría como una pasa y pasaría a mejor vida. O eso era lo que creía.
Max aprovechó un día en el que había decidido sentarme sola a la hora de almuerzo, para hacerme un par de preguntas. Me comía la comida por pura inercia y casi parecía desabrida, pese a que se veía muy gustosa.
-¿Qué es lo que te pasa? –preguntó con brusquedad- Ya ha pasado más de una semana y ustedes ni siquiera se llevaban bien.
No nos llevábamos mal, de eso estaba segura. Ahora, nos veía a Fred y a mí, como un par de cachorros hermanos, que se gruñen y muerden solo para pasar el rato. Así éramos nosotros.
-¿Qué te pasa conmigo? –se inclinó sobre la mesa esperando que levantara la mirada de mi bandeja y le prestara atención- Yo creí…
Apreté los dientes y la mandíbula llegó a dolerme. Continué mirando mi bandeja con un dolor punzante en las sienes, como se siente cuando uno aguanta demasiado las lágrimas.
-Clare… -dijo con voz suave.
Él también estaba sintiendo ese mismo dolor en las sienes. Aun confiaba en mí, podía sentir un montón de pensamientos confusos provenientes de su cabeza. Se me escapó una risita parecida a un sollozo… realmente estaba hecho un lío.
Una lágrima traviesa recorrió mi mejilla. Ya me estaba acostumbrando al escozor.
Volví a contenerme y desvié aun más la mirada hacia el suelo a un lado.
-Perdón… se que te sientes mal. Fred… aun no entiendo bien qué relación tenían. Siempre se miraban con odio –rió sin ganas- pero era un odio distinto, lo sé. No sabía que podía dolerte tanto… estas igual que Charlotte… ¡Pero ella era su hermana! –Inspiró hondo- Todo el mundo cree… y yo también a veces… que ustedes dos… tenían algo… más…
Soltó una risita nerviosa.
-Vamos di algo –se acercó aún más y su olor me embriagó.
El corazón me latía tan fuerte que era difícil controlarme. Al menos con Marie, no tenía tantas distracciones como con Max. Él, era todo lo que se necesitaba para que mi capacidad de control y razonamiento, pasara a un plano tan profundo que me hiciera provocar un error abismal.
-No… -dije en un susurro casi inaudible.
Seguramente él lo tomó como que no quería decir nada, pero yo me refería a que no quería que siguiera acercándose.
-Hace tanto que no escucho una palabra tuya dirigida a mí –rogó.
Me eché para atrás.
-¿Qué es entonces? ¿Es por Tyler?
Me vino a la mente el montón de cartas de Tyler que me habían comenzado a llegar. Primero para concretar una cita. Luego para preguntarme se había recibido la primera carta, que porqué no había asistido, luego… un montón de cartas, día tras día, preguntándome que era lo que me pasaba…
Y yo lo ignoraba tan deliberadamente como a Max.
Max frunció el ceño y me di cuenta de que se sentía terriblemente humillado por haber venido a intentar hacer las paces y verse despechado por mí una vez más. Volvió a enojarse, pero más que un enojo… estaba dolido.
Y a mí me dolía el corazón mil veces peor. Por él, por Fred, por todo.
-¿Es porque soy lo que soy? –susurró tan bajo, pero a mí me pareció como un grito.
Negué con la cabeza.
-Estoy siendo ridículo… ya simplemente… no me quieres y punto. Me estoy humillando. Soy un idiota. Pero al menos esperaba, que me dijeras algo… No entiendo nada de lo que está pasando contigo ahora. Me gustaría, que de la misma manera en que yo confié en ti por sobre las ordenes de Billy, tú confiaras en mí ahora y me dijeras lo que pasa. Ya ni siquiera puedo leerte la mente. No lo intenté hasta que ya no soporté más tu silencio… sé que no te gusta que lo haga, pero quería encontrar alguna respuesta… pero entonces ya no confiabas en mí.
Inspiré profundamente y resultó un suspiro entrecortado de los peores. Tragué con fuerza el nudo en la garganta y con los puños apretados sosteniendo la bandeja, los ojos vidriosos y las sienes doliendo, me levanté de la mesa alejándome nuevamente de él.
-Te quiero, Max… -susurré cuando me levantaba marchándome.

Feliz año nuevo!!! Se nos viene el 2012!!

Feliz año nuevo a todo el mundo! Otra vuelta que da la tierra alrededor de sol, sin siquiera proponérselo, y causa esdandalos y celebraciones a nivel mundial. No soy partidaria de tanta fiesta, pero aun así me la he pasado bien y es una hermosa instancia para compartir en familia. Hemos viajado con mi madre y mi hermana a la casa de mis abuelos en el campo para pasar la navidad y año nuevo con ellos. Esta tarde, mis primos y mis tíos han llegado de sorpresa luego de un largo viaje por Europa. (No puedo negar que a veces me dan un poco de envidia. Con tan solo trece y dieciséis años, mis primos han conocido más países de los que yo conozco... bueno, eso es una exajeración jijiji)
Lo único que me ha puesto un poco triste (aunque intento echarle la culpa a mis días especiales del mes) es que mi padre no haya venido con nosotras. Las cosas han estado un poco mal en mi familia y no le veo desde el 23 de Diciembre. Hoy le he pedido que viniera, pero me dijo muy a su modo que era complicado... nunca me había pasado que hubiera deseado cortar la llamada lo más pronto posible porque la voz se me estaba por cortar en cualquier momento. Luego de cerrar el teléfono me escondí bajo las sábanas de mi cama y me eché a llorar por al menos un minuto. No me gusta llorar, por lo que me obligué a tragarme el resto de las lágrimas y me levanté a llamar a una amiga. Ya me había desahogado lo suficiente con las pocas lágrimas que derramé.
Ahora estoy en el computador de mi primo. Me sentía completamente aislada hasta que llegaron mis primos como un salvavidas que se le arroja a un náufrago en el mar. Apenas si tenía un par de barras de señal en mi celular y no me servía para hacer llamadas. Así que mi madre debió prestarme el suyo.
Poco me falta tener que ir a pararme sobre alguna vaca para obtener alguna tercera barrita de señal. Pero bueno, justo ayer vi la película de Hanna Monttana y me sentí casi terriblemente identificada. Yo, la chica de ciudad, con sus amigos (Falsos y verdaderos) siempre con el computador (escribiendo...  en el chat... leyendo... bloggeando) y de pronto, cuando le dicen que tiene que viajar a ver a sus abuelos al campo, intenta     esbozar una sonrisa, pero por dentro se le cae el alma al suelo. Fue una especie de moraleja. Me acordé de una foto de cuando era pequeña y estaba sentada dentro de la maletera del auto con un pollito en la mano, me acordé de las miles de veces que montaba a la "Cola Larga" (La llegua) junto con mis primos... o cuando jugabamos a Narnia por entre los Paltos y los Olivos y luego nos metíamos en el ropero de la habitación de mis abuelos. (Justo eramos cuatro. Dos hijas de Eva y dos hijos de Adan. Mi primo, el mayor figuraba como Peter, yo la que le seguia era Susan, mi primo menor era Edmon y mi hermana, mas chica aun era Lucy... que tiempos aquellos) Me había olvidado de todo eso y creo que ahora me la he pasado mejor.
Sacamos el cotillon y nos pusimos a tocar los silvatos casi de forma molesta.
Los fuegos artificiales los tiraban en el cerro de la ciudad, pero como nosotros estabamos a varios quilómetros en lo rural, solo tuvimos el honor de escucharlos, atronadores, potenetes, invisibles...
Al final nos hemos ido a acostar temprano y es que Mis primos y Mis tíos han llegado recien de su largo viaje de Europa a America y estaban agotadísimos. Yo, que soy buena para las sábanas, tengo cuerda aun para rato, pero de seguro, mañana, como siempre, seré la última en levantarme. Lástima que mi Abuelo ya no tenga gallinas, quizá sería tentadora la idea de levantarme a buscar huevos. Antes me resultaba muy divertido, excepto cuando estaban llenos de caca seca.
Bueno... ahora continuaré escribiendo la maldita historia de Clare. Tengo varias otras en mente y una en especial que mis amigas me han dicho que es bastante original. Quiero terminar luego con esta otra historia para continuar con las miles y miles que se acumulan en la cola archivadas en "asuntos pendientes".
Muy buenas noches y Feliz año nuevo! Vivan a Full este nuevo año, pues según muchos es el último para toda la humanidad, aunque claro... también puede ser el último para cualquiera de nosotros.
Los quiere mucho...
La sensible... (Y gruñona tambien... y saben, mis Días Especiales)
Elizabeth Grey

viernes, 23 de diciembre de 2011

CLARE Cap. 30

Capítulo 30

La semana fue difícil. Normal para los demás, pero muy difícil para mí. Nadie parecía darse cuenta de nada raro a excepción de Max, pero no era por las razones que cualquiera imaginaría. No pareció importarle demasiado no poder volver a leerme la mente, aunque quizá no lo intentaba, lo que si le importó fue mi distanciamiento con él.
Ya estaba más que claro que ambos nos gustábamos y Max solo quería ser cariñoso conmigo. Yo también habría correspondido a su flirteo si no me dieran unas ganas terribles de matarlo cada vez que lo tenía cerca, de una sola mordida en el cuello.
No sé si se terminó enojando conmigo por eso, pero luego de algunos días, ya ni me dirigía la palabra. Al principio eso me dio mucha pena, pero al final comenzó a transformarse en rabia y terminé tan enojada como él por haberse enojado conmigo. Él no sabía lo que significaba tener una sed tremenda cada vez que se te acercaba alguien.
También llamé a mi mamá. Estaba furiosa por no haberle contestado en todo este tiempo y me dijo que una carta disculpándome por todo no servía de nada. Al final terminó por compadecerse de mí inventando una escusa por mí: “Claro, debías estar tan cansada y estresada en ese nuevo lugar donde apenas conoces a la gente”
Marie estaba contenta de volver a tenerme en nuestra habitación. La chica se había preocupado de comprarme un estante para mis libros, los había ordenado por autor e incluso lo había llenado con otros que supuso que me gustarían. Acertó en el blanco y comencé a leérmelos en cuanto pude.
Marie era perfecta. Sincera y amigable, la estaba adorando. Lo único que tenía de malo, era su aroma irresistible. No entendía como hacía para llenar toda la habitación.
Debí salir todas las noches para no cometer un error tremendo mientras ella durmiera. No quería hacerle algo así a una persona tan buena.
Lo único malo de mi vuelta a clases, fue que ya no era la misma. Me costaba un montón conciliar el sueño, y cuando logré hacerlo un par de noches, solo había dormido un par de horas soñando el sueño del velorio. Tenía una sed tremenda todos los días a toda hora, y en el único momento en que me podía escapar para cazar un par de pajaritos, era en la noche, cuando lo que más quería era dormir.
A veces me escapaba a la cabaña de Balthazar en el cerro para ver si tenía un poquito de esa sangre humana que tanto me gustaba. El viernes me ofreció a Hannah, yo me mostré muy alterada, pero no necesité negarme demasiado, ya que ella dijo que ni loca se ofrecería con migo, menos siendo novata. Me sentí un poco humillada y entonces si quise morderle, pero supuse más tarde que no habría podido controlarme, como con el conejo… había perdido todo mi raciocinio. Y no quería llevar esa carga de conciencia.
Fue el domingo y fue horrible.
No podía dormirme y tenía una sed intensa. No había bebido nada desde el viernes solo por intentar dormir un poco. Ahora no podía dormir por esa desagradable sensación. Me sentía hambrienta y escuchaba casi como una insinuación, el corazón de Marie dentro de la habitación, cantando para mí. Tun, tun, ven, ven, tun, tun.
Estaba sentada en el tejado, justo sobre nuestra habitación, a ver si me daban ganas de salir a cazar algo, porque tenía que hacerlo. Ya me estaba viendo más pálida de lo normal y eso no parecía saludable sabiendo que aun debía fingir ser humana.
Pensé en Lyan. Quizá si le decía algo sobre esto pudiera ayudarme con su sangre en estos días espantosos, como lo hacía la profesora Fielding con Balthazar. Pero no, yo no podía hacerle eso.
Luego pensé en Max y solté una risita melancólica y pesarosa. Él me mataría si supiera algo… y después de todo, tampoco le haría algo a él.
Y pensé en Fred…
Senté mis músculos vibrar ante la idea. Quería salir corriendo en esos mismos momentos y clavarle los dientes a ese idiota de Fred, sacarle un poco de sangre hasta dejarlo semi inconsciente y para cuando despertara a la mañana siguiente solo creyera que fue un estúpido sueño. ¿Podría resultar?
No, claro que no. Las únicas opciones eran matarlo o convencerlo o asustarlo lo suficiente para que no dijera nada. Lo cual era poco probable que diera resultado.
Aun así, mies piernas se pararon de pronto. Bajé hasta la ventana de mi habitación y me interné en ella silenciosamente. Pero me quedé parada en la puerta, antes si quiera de abrirla.
Aun tenía a Max vigilándome y más aun luego de nuestro repentino enojo. Debería aparentar ir al baño y cerciorarme de estar completamente libre.
Respiré hondo y abrí la puerta. Me dirigí con un paso humano, casi perezoso, hacía los baños de chicas. Por el camino iba prestando toda la atención a mi alrededor, para ver si podía escuchar a mi vigilante y a mi presa por algún lugar.
Me detuve a la entrada del baño y miré al suelo agudizando el oído.
Max no estaba… y ¡Dios! Alguien salía desde la habitación de Fred. Demasiado conveniente, me dije. Era el compañero de mi víctima, Boris, creo. Era un chico lento, que me permitió acercarme por su espalda sin ser vista, antes de que la puerta se cerrara. Me deslicé por el hueco que quedaba lo más veloz que pude, y no sé si habré hecho algún ruido o eran los instintos del chico, pero antes de que se cerrara la puerta, le vi volver la cara como si hubiera captado algo. Pero no había alcanzado a verme y debió pasarlo por alto, porque sentí sus pasos alejarse hacia los baños.
Me quedé plantada ahí de pie observando a Fred dormir. Estaba sin polera y abajo traía puesto solo unos bóxers. Estaba con las tapas en el suelo y solo las sábanas todas arrugadas le cubrían parte de las piernas. Estaba de espaldas todo despaturrado. La imagen de ese chico tenía tanto de sexy como te perturbadora.
Sonreí con una sonrisa traviesa sin darme cuenta todavía de lo que estaba haciendo y lo que planeaba hacer. Esto era para mí, la caza más divertida que hubiera hecho nunca. Ni siquiera cuando había salido a cazar perros con Balthazar.
Me acerqué a él con lentitud y sentí sus sueños. Estaba inquieto, asustado, alguien le hacía daño a un ser querido suyo. Me arrodillé a su lado y le acaricié la mejilla con malicia. Confiaba en mí, el hipócrita.
-Tranquilo Fredie –recordé como le había dicho en el baño su hermana Charlotte- Nadie le hará daño… Lucas estará bien…
No sabía de quien estábamos hablando, pero el nombre pareció surtir algún efecto con mi víctima, pues abrió los ojos de par en par y se encontró con mi mirada.
-¡¿Qué?!
-Shh, está bien… -continué acariciándole esta vez el pelo.
Él se sintió incómodo y se sentó en la cama, mirándome horrorizado. Dio una ojeada a la cama del lado y se tensó al ver que estábamos solos.
-¿Qué pasa Fredie? –me burlé de su miedo.
-¿Qué haces aquí? –pareció tranquilizarse un poco al ver que solo era yo jugándole una broma. Pero pronto volvió a palidecer- ¿Cómo sabes de Lucas?
Me encogí de hombros. Yo no sabía nada en realidad.
Se puso aun más nervioso, y aunque me conocía suponía que los instintos de supervivencia eran mucho más fuertes. Hannibal Lecter se había comido a su hermana después de todo…
Le lanzó una mirada furtiva a su almohada. Comprendí inmediatamente que guardaba algo ahí. La tomé y Fred frunció el ceño.
-¿Cómo…?
-¿Qué tenemos aquí? –dije buscando bajo la funda.
Un cuchillo. Me sentí consternada.
-¿Pensabas atacarme? –me reí.
Fred puso un pie fuera de la cama, pero se detuvo cuando le miré con una expresión furiosa.
-Clare, me estas asustando…
Volví a sonreír casi de forma simpática. Me gustaba que lo confesara. Le tomé del brazo y me senté a su lado impidiendo que pudiera marcharse. Continuamos frente a frente mirándonos a los ojos. Él sentía miedo, pero no tanto como para echarse a correr y yo, estaba divertida con el cuchillo jugando en una mano.
Él lo miraba de vez en cuando un poco nervioso.
-Mira –le dije sosteniendo en alto unas llaves- Son de tu amigo. Se las quité por el camino, así que si llega, tendrá que esperar un poco. De todos modos, vamos un poco más rápido.
Se iba a levantar, pero le así del brazo fuertemente a la cama.
-Supe que te sentías culpable. ¿No es así?
Fred abrió y cerró la boca, aun nervioso.
-Claro que sí. No podías sentirte de otra forma después de lo que hiciste.
-¡Te emborrachaste por tu cuenta!
-Shh…
Le di unos suaves golpecitos en la boca con uno de mis dedos.
-No solo me caí por el barranco sabes… -Inspiré fuerte y su aroma me impregnó los orificios de la nariz- Me mordieron, aquí… mira –no sabía por qué estaba haciendo eso, pero me saqué el parche del hombro y me tiré un poco la polera para mostrarle bien.
Fred miró por un rato, inspeccionando lo rara que era la marca. Efectivamente parecía una mordedura, pero de una boca humana.
-Y ahora Fredie, esa mordedura me hace tener mucha sed. Yo te podría perdonar si tan solo me ayudaras con una cosilla…
Él no entendió nada, así que me acerqué a él casi de forma seductora, por lo que no se negó, y besé la vena más gruesa de su cuello. Sentí como se estremecía bajo mi roce y solté una risita.
-Quiero tu sangre… -le susurré al oído.
Pero Fred no me prestó mucha atención y como buen idiota que era, desvió su rostro hasta que nuestros labios se tocaron. Cerró los ojos y no pude evitar hacerlo yo también. Comenzamos a besarnos casi apasionadamente hasta que caímos de espaldas en el colchón sin almohada.
Dejé de distraerme y apunté el cuchillo sobre su garganta.
-Y me la vas a dar… -susurré un poco más imperante.
Le cubrí la boca antes de que pudiera gritar, cuando clavé el cuchillo sobre su cuello. La sangre brotó caliente y suave por la herida esperando que yo la probara.
Fred se removía inquieto bajo mi cuerpo, dando gritos roncos que eran sofocados por mi fuerte mano. Era una presa fácil, pero emocionante, y de una sangre muy sabrosa.
Me descontrolé bebiendo aquella sangre tan caliente, no como la que me daba Balthazar calentada en un hervidor. Esta sangre ardía en mi lengua trayendo más y más, casi inagotable, fresca, y de un sabor espeluznantemente gustoso.
Si no me hubiera asustado el golpeteo de unos nudillos contra la puerta, no me habría dado cuenta de que Fred ya no luchaba por su vida bajo mis garras. Me asusté, lo había dejado inconsciente… aun respiraba y escuchaba el lento latir de su corazón.
-Lokwood, me he quedado afuera inútil, déjame entrar… -golpeaba el chico.
Me asusté un poco pero tomé una rápida determinación. Puse rápidamente la almohada en donde debía estar, bajo la cabeza de Fred, enterré el cuchillo bajo la funda y dejé la funda cerca de la herida de Fred, para que pareciera que se lo había enterrado por accidente. Esperaba que no se notara. Lo único que me faltaba, era la sangre tiñendo las sábanas, pero ya la tenía toda dentro de mí, no podía permitirme sacarle un poco más para ayudar con mi escena del crimen, eso podía matarlo.
Me escapé por la ventana, hundiendo mis garras en las grietas, para llegar al techo lo más pronto posible. Me fui corriendo hasta el techo de mi habitación con Marie, y me metí por la ventana hecha una bala. Realmente había sido una idiota.
Me escondí en mi cama, bajo las sábanas, haciéndome la dormida, como si eso pudiese servir, para revertir la estupidez que había hecho.
Marie respiraba apacible en la cama del lado, mientras yo me moría de culpa. No pude pegar ojo en toda la noche, como hacía varias noches, pero ahora la razón era que mis oídos no escuchaban más que al compañero de Fred, pidiendo que le abriera la puerta.
Eran cerca de las cinco de la madrugada ya. Y el tal Boris, golpeó por última vez, pero no le habían abierto, simplemente se había cansado. Al poco rato volvió a insistir, pero en una puerta vecina. Allí le abrieron al cabo de unos pocos segundos.
Le explicó lo que le había pasado y le dejaron entrar a regañadientes, pero casi a la media hora de parloteo, decidieron salir los tres. Estaban un poco preocupados, porque Fred no era tan HDP, ni se llevaba mal con Boris, para dejarlo fuera el resto de la noche.
Golpearon por bastante rato hablándole en serio, diciéndole que llamarían a los profesores si seguía con la bromita. Al final, como no abrió, decidieron que Fred no estaba bromeando.
Salieron otros pocos, preguntando por qué tanto escándalo. Al final ya se habían reunido varios chicos vecinos bastante preocupados, debatiendo entre que podían hacer.
-¿Y si solo es una broma? –dijo uno- Se imaginan a Fred riéndose allá adentro, y nosotros aquí con cara de idiotas.
-Él se estaría metiendo en problemas de todas formas, no es tan idiota como parece –escuché a Lyan.
Optaron por que lo mejor sería llamar a algún profesor. Ya eran pasadas las seis de la mañana cuando llegó el profesor Koth de Lengua, acompañado de los chicos que habían ido a buscarlos. La multitud había ido agrandando con el paso de los minutos.
El profesor llamó y nadie contestó. Ahora así estaban todos alarmados. Corrieron casi cinco alumnos…creí contar… a buscar al director. Koth en tanto, estaba intentando hacer que todos los demás volvieran a sus habitaciones, por si lo que encontraban dentro no era del gusto de todos.
Balthazar llegó con apremio, pensando en mí.
“¿Qué mierda?” me llamó mentalmente.
Me sobresalté por eso, nunca había escuchado a nadie en mi mente. Apenas si era capaz de captar algunas ideas de los demás.
“Si estás adentro, sal inmediatamente” me pidió y yo me escondí más aun en mis sábanas.
Abrieron la puerta y el profesor Koth, Boris y dos chicos más, que no habían querido retirarse a sus habitaciones luego de que el profesor se los pidiera, soltaron una exclamación ahogada, por lo que veían. Balthazar se limitó a gruñir tanto para los demás como para mí, mentalmente.

CLARE Cap. 29


Entramos a clases luego de un rato. Ya el chico se había ido y había alcanzado a preguntarle a Max si sabía su nombre, antes de que Button me hiciera entrar.
Se llamaba Nataniel, un nombre poco común, pero no difícil de memorizar. Max se había burlado de mí por eso. ¿Cómo era posible que no me supiera su nombre si me sentaba casi todos los días a comer con ellos? Pero no era mí culpa que le quedara mucho mejor el apodo de “chico galleta de chocolate”.
Fue terrible cuando Button me empujo dentro de su clase y me azotó con la fuerza de mil vampiros un aroma espeluznante. Y digo espeluznante, porque nunca en mi vida había olido algo mejor. Era como entrar en una cocina de un restaurante profesional en la que ya tenían preparados los platos más deliciosos que se me pudiera ocurrir. Una cocina llena de platos y postres recién preparados, y solo para mí.
Me senté rígida como una tabla en mi asiento de siempre a la izquierda de Lyan.
-¿Cómo estás? –me preguntó en un susurro intentando no enfadar a la profesora Button que ya había comenzado a pasar la lista.
Asentí en su dirección justo en el momento en que la chica que se sentaba detrás de mí, me tocaba la espalda con su dedo índice para llamar mi atención.
-¿Estás mejor? –sonrió dulce.
Le devolví la sonrisa en forma de afirmación.
-¿Te duele mucho? –preguntó otra chica.
-¿Dónde estuviste todo este tiempo? –preguntó otro más curioso que preocupado.
-¿Qué fue lo que pasó en realidad?
-¿Cómo te caíste?
-¿Cómo te encontraron?
-¿De verdad estabas borracha? –preguntó otra en un tono despectivo.  
-¡Silencio! –Button elevó la voz lo suficiente para que los susurros increchendo de mis compañeros terminara de una vez.
Había quedado con la boca abierta sin poder responder a ninguna de sus preguntas y en cierto modo agradecía que Button hubiera ocupado su poder de intimidación natural en contra de todos los curiosos. No estaba lo suficientemente concentrada para poder responder algo coherente. Escuchaba el tum-tum de veintinueve corazones latiendo llenos de sangre fresca y eso inundaba toda mi mente.
Intenté concentrarme en la clase y apenas si contesté a la lista cuando Button me nombró casi de las últimas. Creía que el aroma de Max era embriagador, pero estar en una sala repleta de alumnos olorosos y sabrosos me tenía totalmente fuera de mí.
Podía incluso imaginarme un alimento para cada uno de ellos. Fred, era una frutilla, dulce, jugosa y con pecas. Me relamí los labios. Lyan era un helado de vainilla, blanco, frio, sedoso… quizá también de piña. Harry, era un trozo de chocolate y su amigo “galleta de chocolate”, Nataniel, me parecía ahora un pollo frito, quizá por lo escandaloso. Habían algunos que parecían comidas mezcladas, como Bebida y Malvaviscos, otros eran un montón de dulces, otros eran cosas saladas, como pedazos de carne y masas. Todos tenían su propio alimento y mi boca se me hacía agua de pensar que podía comerlos todos yo sola.
Button tenía un aroma casi tan agradable como los demás, pero aun así prefería la sangre joven. A Kate no me la habría comido de puro resentimiento. Al ver su rostro me había acordado de lo mucho que la había odiado el día de la fiesta, cuando Max le había pedido disculpas por mi comportamiento. Quizá me arrepentía un poco y me sentía un tanto avergonzada, pero aun así continuaba desagradándome.
Kate, no había conseguido ser ningún alimento rico. Era solo el cuesco del durazno, la nata de la leche, las pepas de la sandía, el palito de la guinda, el hueso del pollo, la espina del pescado, el mondadientes de la aceituna, era todo aquello que uno deja de lado o escupe con desprecio a la hora de comer. A Kate no me la habría tragado ni con mil litros de agua.
La clase pasó así, lenta y atormentadora, impidiéndome actuar con normalidad. Odié por primera vez en mi vida, aquella maldita sala de clases sin ninguna ventana ni ningún tipo de ventilación, que se llevara parte del precioso aroma de mis compañeros. Eso lo hiso mucho peor, porque el aire permanecía ahí estancado, sin que pudiera echarlo a ningún lado.
Sonó el timbre más fuerte de lo habitual. Quizá era porque me había hecho despertar de mi largo adormecimiento demasiado repentinamente o simplemente porque ahora oía todo mucho más fuerte.
Me levanté y me dispuse a levantar todo de mi mesa, pero me sorprendí al darme cuenta de que no había sacado ningún cuaderno.
-La perdono por hoy… -me gruñó Button exasperada- Supongo que mañana será capaz de habituarse nuevamente a las clases. Aunque lo dudo, conociéndola como la conozco, continuará igual de irresponsable que siempre.
Incliné la cabeza en un leve asentimiento, sin prestarle demasiada atención y salí de la sala. Lyan estaba afuera, esperando con una sonrisa forzada, para poder hablar conmigo.
Si, lo extrañaba, pero me ponía nerviosa todos esos sentimientos raros que parecía sentir por mí.
Además, no quería perder a Lyan, solo porque se pusiera celoso de verme con Max de vez en cuando.
Por suerte, Fred llegó al lado de Lyan, en el mismo instante que yo.
-Hola chicos –saludé con la mejor sonrisa que podía fingir.
Se suponía que debía alegrarme volver a la normalidad y en realidad lo hacía, solo que la cara de Lyan me hacía sentir incómoda aún.
-¿Cómo te encuentras? –preguntó nuevamente Lyan.
-Ya estoy mejor, si.
Comenzamos a caminar.
-No se como lo haces para meterte en tantos problemas… -se burló Fred.
-Esto no es un problema… -mentí en un tono de voz bastante hosco. Para mí, morir, era un problema enorme- Simplemente fue un accidente.
Fred rodó los ojos.
-Pero supongo que te castigaran o algo por haberte emborrachado.
Lyan frunció el ceño sin entender. Seguramente al director se le había olvidado mencionar ese detalle de entre todo lo demás que me había pasado. Y en verdad, ¿A quien le importaba una simple borrachera cuando habías pasado a mejor vida?
-¿Estabas borracha?
Ignoré su pregunta continuando la conversación con Fred.
-Tú también lo estabas.
-Nadie se dio cuenta.
Torcí mis labios en una sonrisa de picardía.
-Eso es lo que crees. Todo el mundo se dio cuenta. El director comentó algo de que no debió haber dejado circular el alcohol, pero no creía que causara algo como lo que me pasó a mí, que nunca se había descontrolado tanto una fiesta en el internado –mentí- dijo que la próxima vez requisaría a los chicos que tenía en la mira como los causantes de tanto alboroto… Conor, Lockwood y este chico Dilan… no recuerdo su apellido.
Fred palideció y murmuró un juramento. De repente recordé que estaba totalmente enfadada con ese chico. Al menos había sido lo suficientemente desagradable en la brevísima conversación que habíamos tenido.
-¿Lyan?
-¿Qué?
-¿Me acompañas a buscar a Marie y a Teresa? Las he echado de menos.
Lyan sonrió al mismo tiempo en que Fred fruncía el ceño,  comprendiendo que deliberadamente me estaba deshaciendo de él. No dijo nada y se marchó antes de que Lyan y yo comenzáramos a caminar en la dirección opuesta.
Encontré a Teresa saliendo de su habitación, justo cuando me disponía para entrar a la mía y saludar a mi compañera de cuarto. Me dio un abrazo casi tan fuerte como el que me había dado… rayos, el chico galleta de chocolate… nuevamente había olvidado su nombre. ¿Era Daniel?
Intenté no quejarme del dolor que me había producido sus brazos en mi hombro, pero ella debió ver mi expresión y se alejó de mí rápidamente. Pero por sobretodo, debí contenerme las ganas que me habían dado de darle una buena mordida en su cuello pálido, donde tenía bien marcada una vena.
-Lo siento, es que te echaba tanto de menos, estábamos todos tan preocupados. Supimos que te habías caído por un barranquillo y que encima estabas borracha… pudiste haber muerto. Gracias a Dios que la profesora de religión te encontró antes de que se hiciera muy tarde. Con el frío que está haciendo por las noches y encima toda machucada. Suerte que no caíste en algún lugar peor –exageraba y hablaba como nunca había visto hacer a Teresa, era impresionante lo que podía hacer la preocupación en una persona. Prosiguió:- He dormido con Marie estos días… No le gusta estar sola por las noches. Me di cuenta de que a veces es un poco extraña. No lo había notado cuando estaba con nosotras en otras ocasiones, solo un poco, pero es simpática –Dio un suspiro y miró de reojo a Lyan sin prestarle verdadera atención- El pobre idiota de Fred se ha sentido culpable toda la semana. Dijo que el tenía toda la culpa de que salieras borracha para el bosque, pero que no creía que pudieras ponerte así de loca –lanzó una risita- Me da un poco de pena, pero se lo merece, es un tipo medio raro. No al estilo de Marie, su locura es dulce, Fred es raro.
Me sentí un poco mal por como había tratado a Fred hacía un rato, deshaciéndome de él de forma deliberada. Estaba enojada con él, porque tenía toda la razón en sentirse culpable por lo que me había pasado. Se sentiría aun peor si sabía que no solo me había hechos unos machucones sino que había causado mi muerte verdaderamente.
Me sentí mal, pero como Teresa decía, el raro de Fred se lo merecía, por bruto. Ya me vengaría yo más tarde, le echaría todo en cara y al final lo perdonaría piadosamente, porque no era tan mala. Que ahora fuera un demonio no significaba que ya no tuviera compasión y en realidad, ni siquiera sabía muy bien que era lo que significaba serlo. ¿Tomar sangre?
Teresa golpeó la puerta de mi habitación, la veintisiete, pero nadie abrió. Estuve a punto de sacar las llaves de mi banano, pero Teresa me tomó del brazo con una mano y con la otra tomó a Lyan, para que la siguiéramos a otro lado del colegio.
-Ya se donde puede estar.
Dimos unas cuantas vueltas, por pasadizos y sombras y entonces nos paramos de frente ante las enormes puertas de la biblioteca.
-Ella no sabía que volverías hoy, nadie lo sabía. Te tiene una sorpresa, bueno, es de las dos. Íbamos a moverlo hoy, pero supongo que querrá verte antes.
-¿No estará arruinando la sorpresa? –preguntó Lyan.
Teresa dudó un poco. Se paró en seco en medio de dos estanterías repletas de libros con nosotros dos agarrados por sus fuertes manos.
Me miró dubitativa.
-Está bien. Es que creí que Marie querría verte inmediatamente. Me he dejado llevar por la emoción –miró a Lyan- Ve a avistarle que ha llegado, para que lo muevan rápido, yo la distraigo un rato por ahí, para que no sepa que tiene le hicimos una sorpresa –dijo irónica sintiéndose culpable por haber revelado el secreto.
Entonces soltó a Lyan y me llevó fuera de la biblioteca nuevamente. Fuimos a sentarnos a las paredes caídas, como hacíamos de costumbre, solo que era un poco raro hacerlo en el primer recreo. Por el camino se me acercaron algunos de mis compañeros de clases para saludarme y preguntarme como estaba.
-¿Dónde estuviste?
-En una habitación cerca de los profesores. Entre la profesora Fielding y el director… Contrataron una enfermera para que me fuera a curar las heridas. –agregué rápidamente.
Teresa asintió lentamente, imaginando lo muy cerca de ellos que había estado todo este tiempo. Uhm, ¿Cómo sabía que estaba imaginando eso? Simplemente lo sabía, Dios mío, ella confiaba mucho en mí.
-Eres muy tonta / Eres una buena amiga –dijimos ambas a la vez.
Teresa se rió de mí sintiéndose un poco culpable por llamarme tonta, justo cuando yo la llamaba buena a miga. Pero lo dejó pasar y siguió riéndose.
-¿Cómo se te ocurre emborracharte? ¿Tienes quince… dieciséis años?
-Dieciséis.
-Nos tenías muy preocupados. Varios vimos como Max salía corriendo tras tuyo y se formó un barullo tremendo a los alrededores del bosque. Luego Max desapareció, también nos asustamos, pensamos que podía perderse estando tan oscuro. Llamamos a los profesores, trajimos linternas, solo supimos que la profesora Fielding te había encontrado mucho más allá después de varias horas.  Max había salido un poco antes, por suerte no se había perdido, y dijo que estaba muy oscuro, que no sabía donde te podías haber metido. Él estaba horrorizado.
Claro que lo estaba. Él sabía que había una demonio ahí afuera acechando y yo me podía haber metido en problemas. No, pero no era eso lo que debía haberlo tenido así, sino mi excesivamente pronta desaparición. Ni con sus sentidos lobunos había podido dar conmigo. Debía haber pensado lo peor, que había estado equivocado todo este tiempo sobre mí y que Billy tenía toda la razón.
Con razón había puesto esa cara de pánico cuando había entrado por la ventana de mi habitación la primera noche. Debí haber sido bastante convincente para que se tragara la mentira tan fácilmente.
-Nos mandaron a acostarnos después de eso. Estábamos todos cansados y asustados.
-Ya lo creo –dije con pesadumbre.
Me molestaba haberles causado tantos problemas y dolores de cabeza. Y toda la culpa se la llevaba Fred. Si, yo también tenía mucha responsabilidad en esto, pero aun así, quería echarle la culpa a alguien. Podía echársela a Max, pero me gustaba más de lo que me enojaba con él.
-Al día siguiente el director nos llamó a todos a un salón enorme que no sabía que existía y por lo que me enteré, tampoco nadie más sabía, de los que llevan aquí más tiempo. Uh, y el director, nunca me lo imaginé así. Es tan joven, no parece director y es tan guapo. Si se vistiera como alumno, podría pasar desapercibido entre nosotros.
Me reí. Por alguna extraña razón a mí ya no me parecía tan joven ni me haría gracia tenerlo como compañero de clases. Para mí tenía más de cuatrocientos años y era un demonio, el pupilo de un verdadero prófugo del infierno. Me caía bien en cierto modo, porque era el que me daba sangre en taza.
-Bueno, la cosa es que nos llamaron para decirnos que estabas bien dentro de lo posible. Que te tenían con cuidados médicos y que pronto te mejorarías. Decían que estabas más asustada que otra cosa, que no recordabas mucho.
Eso era verdad, pero para cuando Teresa y los demás estaban escuchando eso, yo aún estaba inconsciente. Yo había despertado al tercer día después de la fiesta… “Y al tercer día resucité de entre los muertos”
-Preguntamos si podíamos ir a verte, pero no nos dejaron. Dijeron que necesitabas descansar y que no podías recibir visitas. Marie, se enojó, nunca había visto a Marie enojada. Nos devolvimos a las habitaciones y todo el camino se vino maldiciendo.
-¿Enojada? ¿Marie? –pregunté incrédula- Yo creo que me hablas de alguien más.
Reímos.
-En serio. No se enojó como cualquier otra persona. Era un enojo estilo Marie, pero no sabría explicártelo, tendrías que verlo por ti misma.
-Supongo que pasará mucho tiempo antes de que pueda volver a ver eso.
Tocó la campana que anunciaba el inicio de la próxima clase. Teresa y yo caminamos hasta la sala de religión y saludé con un asentimiento de cabeza a la profesora Fielding. Era incómodo.
Tampoco hablamos entonces. Era realmente como si nuestras bocas no pudieran formular ni una sola palabra que fuera dirigida hacia la otra. Al menos así era en mi caso, pero suponía que la profesora Fielding tenía algún tipo de resentimiento hacia mí.
Por primera vez en la vida, me percaté de que su blusa dejaba al descubierto una pequeña media luna en su cuello. La otra estaba escondida bajo su ropa. ¿Max y los demás no habían reparado nunca en eso? Que descuidada era, quizá debería advertirle a Balthazar para que le dijera algo, pues claro, no podíamos hablar directamente, mi boca era muda para con ella.