Capítulo 36
El día Lunes me lo pasé pensando en que artimaña usar para atrapar a Fred en su farsa. Bob, con quien me había reunido luego de la conversación con Balthazar, seguía insistiendo que mi idea era una soberana tontería y comenzaba convencerme de que eso era cierto.
Al primer descanso fui con Lyan y Harry a dar un paseo por el campus y no dejaron de hablar de un montón de tonterías de fútbol que no me interesaban. Fue más un tiempo que dediqué para pensar que para prestar atención a mi entorno y a nadie pareció importarle.
La clase de religión fue distinta ahora. Desde que la profesora Fielding había pasado a mejor vida gracias a mí, nos habían mandado a nuestras habitaciones o a desaparecernos un rato del mapa cuando nos tocara una de sus clases. Pero ya habían arreglado lo del reemplazante y nunca me lo habría esperado.
Estaba sentada junto a Lyan, conversando con Pete y Teresa sobre lo mucho que nos hubiera gustado que las “no clases” siguiera tal como estaban, cuando por la puerta de la salita de religión, entró Balthazar. Al principio, creí que venía a anunciar al nuevo profesor, pero quedé atónita cuando se anunció como tal.
-¿No crees que es muy guapo? –me preguntó Teresa dándose vuelta.
Pete bufó con una sonrisita sardónica pintada en su rostro.
-¿No crees que es muy joven para ser director? –se obligó a buscar algo malo, dando justo en el clavo.
-Pues le queda muy bien. Si hubiera sabido antes que el director era tan joven y guapo, no me preocuparía demasiado por portarme bien. Clare, tu le habías visto antes, no dijiste nada… -me recriminó.
Intenté rehuir a aquella situación, fingiendo que una risita divertida se escapaba de mi garganta y giré mis ojos en redondo, como si me pareciera extremadamente alocado eso que Teresa estaba diciendo. Cambié de tema inmediatamente.
-Oye, Lyan, ¿Así que dentro de pocos días se viene uno de los partidos importantes? –le miré interesada, sabiendo que cogería el anzuelo inmediatamente.
Comenzó a contar y a contar, mientras yo fingía estar muy interesada, pero más que nada le prestaba atención a Balthazar. No me había informado de este cambio y eso me tenía un poco disgustada, pero al verle tan relajado hablando de muchas cosas del pasado bíblico, creí que no era algo a lo cual darle mucha importancia.
“Recuerda que mi creador fue Gedeón-Esec” me susurró en la mente mientras hablaba del nacimiento de cristo.
“Y ese… venia…” Mi mente rellenó el resto con imágenes que no podía expresar en palabras, no porque no conociera la apropiada, solo que no me lo creía totalmente.
“Así es, del infierno. Él venía del infierno, así que todos los años que estuvimos juntos, pude enterarme de muchos detalles que nadie conoce”
Sonreí a algo que decía Lyan y miré atentamente a Pete cuando comentaba algo sobre el vozarrón del entrenador. Balthazar continuaba explicando y leyendo algunas cosas, con el propósito de dejarnos más tarde, algún molesto trabajo.
“No sabía que creyeras en Dios”
“Que sea un demonio no significa que no crea en él. Al contrario, esto me hace aun más creyente, sé que existe… Eso no significa que esté de su lado. ¿Tú lo estás?
“Yo nunca creí en ningún ser omnipotente…”
“Pues bien, ahora sabes que si existe uno”
“No creo que sea tan benévolo como lo retratan…” De no ser así, no estaría viviendo todo esto… Pero procuré bloquear mi mente en esos momentos, para que Balthazar no supiera esto último.
Luego de la conversación interna que había tenido con Balthazar, éste nos dio el rato libre luego de pedirnos que nos leyéramos “El Caballo de Troya I” de J. J. Benítez, para la última semana del mes. Así que lo único que hicimos el resto de la hora, fue conversar con nuestros compañeros de puesto y aquellos que se encontraban cerca.
Y así debió hacer Greg también, que ya comenzaba a llevarse mejor con los mismos amigos con los que Fred se sentaba en esa clase, ya que al poco rato de otorgado el rato libre por el nuevo profesor, escuché una estridente risa proveniente de una esquina de la sala, la opuesta a la puerta de entrada.
Por un momento, toda la clase quedó en silencio mirando en su dirección y Greg debió creer que había sido muy escandaloso. Pero no, si hubiera sido cualquier otro, nadie le habría puesto importancia, pero aquella risa se asemejaba tanto a la típica de Fred, que todos habíamos quedado pasmados, creyendo que él había vuelto de entre los muertos sin que nos diéramos cuenta.
La clase completa se obligó a volver a sus asuntos, guardando para sí la impresión que habían tenido de eso. Yo hice lo mismo, pues por mi mente pasaron todas las pruebas que me apuntaban a creer que Greg era Fred disfrazado.
Los ojos, las pecas, el rostro, su cuerpo, sus movimientos, sus gustos, su voz, su risa. Solo su forma de ser me hacía dudar, pero aun tenía la explicación para eso… solo fingía.
“¡Clare!” me regañó Balthazar, mentalmente. “¿Estás desconfiando de mí? ¿Crees que no me cercioré de que Fred Lockwood estuviera muerto? ¿Crees que pude pasar por alto semejante calamidad?
Miré turbada en su dirección, sin saber que responder. No era esa la impresión que quería darle de mis pensamientos, ni siquiera quería que tuviera la oportunidad de tener una impresión. Había olvidado poner la habitual barrera que ponía entre mi mente y la de Balthazar luego de nuestra conversación.
“Son solo ideas tontas…” repliqué asustada. No había nada peor que la furia de un hombre afable. No quería hacerle enojar y sabía que esta supuesta falta de desconfianza le había molestado. “Sabes cuánto desearía que mis estúpidas suposiciones fueran ciertas”
Cerré mi mente inmediatamente dejando paso solo a alguna respuesta de Balthazar.
“Lo sé. No quiero que pienses más esas tonterías”
Asentí con movimientos tan cortos y rápidos de la cabeza, que parecía que estaba tiritando. Mis compañeros a mi lado me miraron con extrañeza y luego se rieron.
-¿Quieres que te preste mi chaqueta? –me preguntó Lyan, posando su mano sobre el respaldo de su silla, donde tenía colgado lo que me ofrecía.
Negué lentamente, para que no volviera a parecer que tenía frío.
-¿Quizá un abrazo le haría bien? –sugirió Pete a Lyan.
Éste sonrió avergonzado, pero su rostro, perfectamente pálido, no enrojeció. Eso era lo bueno de Lyan, no daba indicios de que por su cuerpo corriera alguna gota de sangre, era leche pura y la leche a mi no me gustaba.
El aroma era distinto. Olía tan bien como cualquier otro humano y en ese aspecto, no parecía que le faltara nada de sangre. Pero ya me era más fácil ignorarle, cuando bebía sangre de animal casi todos los días.
Ya en el siguiente descanso, yo y Teresa, no podíamos ir a las paredes caídas. El frío era intenso y yo no podía hacer como si no me importara, así, que como casi todo el mundo, teníamos que quedarnos en el comedor o en las habitaciones.
Pero nosotras, o al menos yo, no éramos como casi todo el mundo, por lo que le pedí a Teresa que fuéramos a refugiarnos del frío en la biblioteca.
Nos sentamos en dos de los sillones luego de ponerlos uno al lado del otro y Teresa comenzó a hablar.
-¿Porqué no dejas de jugar con Lyan? Tu le gustas, está más que claro y si te conozco bien, podría jurar que a ti también.
Fruncí el ceño, creí que Teresas era más perceptiva.
-Que poco me conoces entonces…
Teresa se mostró impresionada.
-¿No te gusta? No lo puedo creer. Podría jurar que de todas las personas que existen, con quien más tiempo pasas es con Lyan.
Me reí sin querer. Si hablábamos de horas con una persona, el que ganaba era Balthazar. A Lyan solo le veía en los descansos y en clases de religión, puesto que luego de clases, siempre me desaparecía.
-Teresa, deberías dejar de creer que puedes jurar un montón de cosas…
Chasqueó la lengua.
-Pues en lo último tengo razón.
Decidí no rebatir, porque confesarle que pasaba más tiempo con el director del instituto sería de lo más extraño.
-Me extraña. Ustedes se verían tan bien juntos –señaló.
-Ya te estás portando igual de paranoica que Marie.
Suspiró hondamente.
-Entonces ¿Si te gustaba Fred? Son rumores, solamente y no me lo había creído hasta ahora, que se de tus propios labios que no sientes nada por Lyan, como yo creía.
Cerré los ojos y apreté los dientes con fuerza. La culpa volvió a apoderarse de mí trayendo consigo ese horrible dolor que solo otorga la muerte de un ser querido.
-No, no me gustaba, simplemente nos llevábamos tan mal, que era hasta divertido.
-¿En verdad se llevaban mal? Algunos dicen que era solo para aparentar frente a los demás…
Fruncí el ceño, extrañadísima. ¿A quién se le ocurría inventar tanta tontería?
-¿Hablemos de otra cosa Teresa? Esto no me sienta bien.
-Sí, claro, lo siento…
Terminó el descanso y la bibliotecaria gruñona nos mandó de vuelta a clases. Iba saliendo de la biblioteca, cuando un estúpido chico pasó corriendo frente a mí empujándome fuertemente.
-¡Eh, pedazo de idiota! –le grité enfadada.
El chico se detuvo dándose la vuelta, mostrando la típica sonrisa burlona de Fred.
-Tranquila chica, que genio… -comenzó a decir, pero su sonrisa se borró poco a poco al mirarme a la cara.
Recordé nuestro encontrón cuando Marie había leído mi carta.
Mi expresión de furia también se borró, cambiando súbitamente a la impresión contenida. Sentí como un gritito ahogado explotaba en mi interior, sin que le permitiera subir por mi garganta para que fuera escuchado por los demás.
Greg, forzó una sonrisa intentando parecer amable a modo de ofrecer una disculpa y se marchó rápidamente. Yo hice lo mismo, por el lado opuesto, sin ofrecerle ninguna explicación a Teresa, que caminaba a mí lado, con su mejor expresión de “Dime lo que eso significa”.
Pudimos haber bajado por las mismas escaleras por las que había bajado Greg, pues nos quedaba mucho más rápido para llegar a nuestras respectivas clases, pero Teresa no reclamó y supuso que era obvio que quería evitarle.
“Claro, hemos estado hablando justamente de Fred y se le cruza su clon por delante” escuché la mente de mi amiga y creí que la Teresa perceptiva había vuelto una vez más. Así era más fácil, odiaba dar explicaciones y ella procuraba dárselas solas.
Me despedí de Teresa antes de entrar a mi clase de biología y debí esperar un poco a que Greg, quién se había detenido un rato fuera de la sala a conversar, se dignara a entrar. Esperaba no volver a toparme con él por casualidad y encontrarme con otro parecido a Fred. Era solo un chico nuevo y esa sonrisa forzada de disculpa, no era porque se hubiera acordado del personaje que debía fingir, sino que al ver que era yo, su compañera de gimnasia, no pudo más que ser cortés.
Cuando pude al fin, entrar en clases de Biología, me encontré con mi otro problemilla.
No sabía si era el lugar en que Max estaba sentado que hacía que fuera el primer alumno al que uno le dirigía la mirada al entrar o era yo la que no podía evitar mirarle aunque sea por un segundo cuando tenía la oportunidad.
Como había hecho desde que nos habíamos dejado de hablar, me metí por el primer pasillo de puestos y debí pedirle permiso a Norbert, para que me dejara pasar por detrás suyo. Suerte que el chico ya se había acostumbrado y en cuanto entraba en la sala, el ya se echaba para adelante.
Así, de esta forma tan infantil, había solucionado el problema de no tener que pasar por su lado a diario obligándonos a reprimir el saludo y retirar las miradas.
El profesor Hargensen entró en la sala, antes de que Anne terminara de decir “hola”. Pidió silencio y el silencio se hiso.
Al rato, me llegó un papelito desde el asiento de adelante, que decía así:
“Sospecho de ti, Clare... No creas que eso lo digo de forma amenazadora, porque no es así, solamente es que sospecho todo lo que está pasando y porqué te comportas como te comportas. Aunque no lo creas, soy mucho más perceptiva que los demás y he venido atando clavos desde hace tiempo. Max solo está dolido y no tiene tiempo de pensar en nada coherente. Creo que si le dijeras la verdad, podríamos solucionarlo los tres juntos, verás que no era tan terrible como creías”
“Anne”
Solté una risita disimulada, que seguramente Anne no escucharía. No me harían caer tan rápido. Era obvio que ambos habían planeado esto, para poder sonsacarme la información, pero no era tan idiota. Y aunque Anne dijera la verdad, y solo ella supiera todo esto, ya se lo habría dicho a todos sus amiguitos lobos mentalmente, ellos podían leerle los pensamientos, tan fácil como yo se los leía a Lyan. Y como aun no me habían venido a asesinar, podía estar segura de que Anne no sabía nada.
Arrugué el papel con una mano y lo metí dentro del bolso de Marie, el que me había rehusado a aceptar como regalo.
En cuanto terminé la clase, me fui casi corriendo a donde mis amigos, pues no quería que Anne me cortara el paso de pronto y me obligara a responder a su nota.
Me puse en la cola para comprar la comida, mientras buscaba con la mirada, a alguien conocido de entre la multitud. No me fijé hasta muy tarde, que quien estaba delante de mí era Greg. Iba a salirme inmediatamente, pero él me saludó antes y no podía marcharme siendo tan obvia.
-Lamento haberte golpeado al pasar. Tenía que ir al baño antes de que comenzaran las clases –soltó una risita que poco se parecía a las de Fred y me hiso pensar que era fingida.
-No importa, al menos ahora no tenía ni una carta en la mano.
Sentí como eso le hacía reaccionar y que su expresión titubeaba casi imperceptiblemente. Pero era un buen actor. Si, esperaba que fuera Fred el buen actor que Greg, un tipo común y corriente.
-Se dice, un “as bajo la manga” me corrigió. ¿Pero a que te refieres?
Si, muy inocente. Al parecer muchas de las personas que conocía me tenían por tonta. Primero Anne, ahora Fred, porque no podía ser otro ese chico, a menos que me estuviera volviendo loca.
-No lo sé… vamos avanza –le pegué un empujoncito al ver que el último chico de la fila, antes que él, ya estaba a varios metros.
Nos quedamos apoyados sobre el mesón en el que se veían las comidas calientes. Ambos dejamos la mirada perdida en la multitud de las mesas, mientras la fila avanzaba, y no volvimos a hablarnos, hasta la hora de gimnasia, pues entonces, decidí dejarme de rodeos e ir al grano.
Bob ya me había advertido que podía quedar como una loca psicópata ante los ojos de Greg y yo lo tenía completamente claro, pero ya no podía más con la intriga y estaba dispuesta a asumir las consecuencias. Y es que a mi hipótesis se había agregado un argumento mucho más realista que lo de la broma y el disfraz.
-¡Fred! –le llamé antes de que pudiera entrar al gimnasio.
Greg se comenzó a dar la vuelta, luego se detuvo y finalmente decidió dar la vuelta completa. Me acerqué a él al trote.
-Clare –me saludó con tu típica sonrisa fingida de cuando le atrapaba en su farsa.
Le miré casi furiosa y con los ojos llenos de lágrimas. Me las sequé inmediatamente con el dorso de la mano y tragué el nudo que tenía en la garganta.
-¿Porqué te has dado la vuelta cuando llamé a Fred?
Su falsa sonrisa se borró inmediatamente y luego de mirar a todos lados respondió:
-Pues, creo que es porque siempre me confunden con él –respondió casi convincentemente.
Inspiré profundamente, asegurándome de que aún estaba firme de seguir con mi plan hasta el final. Estaba decidida a continuar, pasase lo que pasase, incluso si al final de todo Greg resultaba ser Greg y yo terminaba siendo una loca psicópata.
-Dime la verdad que no soporto más… -susurré tan bajo, que la voz quebrada apenas se notó.
Greg se quedó mudo mirando al suelo por sobre mi hombro. Le puse una mano en su mejilla para que me mirara y en parte también, porque eso era parte de mi plan.
-Todos están mirando para acá –me informó de lo que estaba sucediendo en las puertas del gimnasio.
Me encogí de hombros.
-No importa… Solo quiero que me digas la verdad. ¿Quién eres?
Greg cerró los ojos y murmuró:
-Soy Greg Harrison –pero eso sonó como si en verdad intentara convencerse de ello, como si lo hubiera estado repitiendo varias veces esa mañana frente al espejo para creer que era verdad- soy Greg Harrison.
Asentí lentamente.
-Bien, ahora solo quiero probar una cosa más.
Y antes de que pudiera saber lo que me proponía, curvé el dedo pulgar de la mano que tenía en su mejilla y le hice un fino corte de un par de centímetros con mi uña.
Greg dio un respingo más de sorpresa que de dolor y abrió los ojos en aquel mismo instante. Mirándome y preguntándome que era lo que me proponía.
-Fred… -susurré con la certeza del corte en su rostro.
La pequeña herida apenas había soltado una sola gota de sangre y luego de eso, la línea se volvió blanca y luego la carne se juntó rápidamente, terminando por cicatrizar en tan solo unos segundos, dejando una fina franja blanca que se confundió con la piel.

