Capítulo 40
Pasaron algunos días antes de que pudiera retomar la antigua familiaridad que tenía con Fred. Realmente, la clase de cosas como la que había ocurrido con los chicos borrachos la noche en que habíamos salido con Ivi, me dejaban trastocada. Me daban ganas de morir o de dejar de beber sangre, incluso de animal, pero la experiencia me decía, que aquello solo acarreaba más problemas.
Fred se mostró bastante compasivo… a su modo. No era que se me acercara para decirme que todo estaría bien, palmearme el hombro y sonreír amistosamente, simplemente ya no se burlaba de mi “exagerada” reacción.
Él y yo seguíamos juntándonos bastante y la gente no parecía acostumbrarse. Aun no tenía muy claro si nos miraban raro, porque era inusual que Clare se llevara bien con Fred, o porque aun les parecía que mi acercamiento a Greg era de psicópata. Al menos, gracias al insistente consejo de Fred, lo que pensaran los demás de mí, dejó de importarme.
Aunque claro, aun me importaba lo que pensaban mis más cercanos, por lo que me resultó muy difícil confesarle Bob todo lo que había ocurrido aquella noche. No quería que el me odiara.
-Bueno… técnicamente tú no lo mataste… -murmuró medio consternado cuando le conté, el martes por la tarde- Y después de todo, siempre creíste que habías matado a dos personas, tu lista sigue intacta.
Hice una mueca.
-Yo me odio, está bien si tú lo haces también –dije- no intentes restarle importancia. No creo que te de igual.
Bob alzó las cejas y suspiró hondamente.
-No. Pero no quiero juzgarte. Me imagino que ser… así debe ser difícil ¿No?
-Ser así… -murmuré- Bastante.
En cuanto al plan que tenía Fred en mente, de crear nuestro propio clan, no le comenté nada. La verdad es que nunca había querido meter a Bob en esto y me daba miedo decirle. Sabía que aceptaría sin vacilar.
El lunes a la hora de Ciencias, me encontré con una sorpresa. El profesor Hargensen nos pidió silencio mientras nos mostraba una caja con ocho cachorros de distintas razas de perro. Explicó brevemente que lo que pedía en este trabajo, era la utilización del método científico. En grupos de a tres, (y uno de a cuatro, ya que éramos veinticinco en esa clase) debíamos elaborar una hipótesis en cuanto al cachorro, anotar los datos durante su desarrollo y entregar un ensayo bien elaborado. El trabajo podría entregarse a final de año como nota coeficiente tres, mientras que las clases se impartirían de manera normal, con materia paralela a nuestro trabajo.
-Los grupos los definiré yo, al azar.
Pidió a un chico del primer puesto, que anotara bien grande en una hoja los números del uno a veinticinco y que los recortara. Así estuvo trabajando el chico, eficientemente algunos minutos, mientras algunos curiosos aprovecharon de levantarse a mirar a los cachorros.
El profesor mandó a sentarse a todos en cuanto los papeles estuvieron listos. Los metió todos en su estuche para los lentes y fue pasando puesto por puesto para que los alumnos sacasen un papelito sin mirar.
Una chica, a pedido del profesor, se encargó del libro de clases para ir diciendo los nombres de los números que iban saliendo para formar los grupos.
-Número 19, Clare Thompson –dijo Max en voz alta sin tener la necesidad de consultarle a la chica.
El corazón me latió lo más rápido que pudo, por tres razones. Primero, porque le había escuchado pronunciar mi nombre, después de mucho tiempo, en segundo lugar, porque se sabía el número de mi lista, aunque esta era una cosa un poco tonta… y tercero… porque ya antes, el chico que se sentaba tras él, había sacado un papelito que indicaba que estaríamos en el mismo grupo.
Y también con Fred.
Cuando terminaron de dictarse los grupos, me levanté de mi asiento, y junto con Fred nos dirigimos al puesto de Max que estaba más adelante que todos y podíamos ser de los primeros que eligieran un perro.
Le dirigí una mueca que intentaba parecer sonrisa y me quedé al otro lado de Fred, para que pudiera taparme el rostro.
-Elijan ustedes –dijo Max cuando el profesor nos apuntó con el dedo. No parecía interesado, o podía ser simplemente que no quería levantarse de su asiento.
Fred y yo nos acercamos a la caja. Quedaban seis cachorros por los que podíamos optar y yo solo tomé uno al azar.
-¿Este?
-Si, ¿Porqué no? –Fred se encogió de hombros.
Lo llevamos a la mesa de Max y éste lo examinó.
-Es macho –dijo Fred, que lo había visto de camino.
Max frunció el ceño.
-Es hembra… -volteó al cachorro hacia él.
-Claro… esa cosa que tiene ahí va a ser de mujer… -se burló Fred.
-A eso se le llama vagina –contestó Max sin pudor.
-Es largo…
-Vamos –bufo un tanto enojado, dejando el perro sobre su mesa- se reconocer a una perra cuando la veo… -me miró directamente.
Al principio pensé que ese intercambio de miradas era por ese pequeño secreto que compartía conmigo. Un lobo u hombre lobo, debía de parecerse en parte a un perro, seguro que no le sería difícil diferenciar entre un macho y una hembra.
Pero al parecer yo era la única que lo había entendido así. Todo el mundo, al menos los que se encontraban más cerca, se había quedado mirando en nuestra dirección, considerando su comentario como un insulto hacia mí.
-Ten cuidado con esa bocota –masculló Fred echándosele encima.
De un golpe, Max cayó al suelo con silla y todo, sin tener tiempo de reaccionar ante el ataque de Fred, que casi al instante se tiró al piso junto con él.
-¡Fred! –le grité como una tonta, asustada por que Max descubriera en esa pelea, su fuerza sobrenatural- ¡Greg! –me corregí.
Algunos chicos se acercaron rápidamente a ayudar, mientras el profesor gritaba algo para que se detuvieran. El resto del curso, solo se había echado para atrás.
No se si Fred habrá recordado su situación, o lo recordó con mi grito, pero apenas alcanzó a propinarle un débil golpe humano, antes de que se dejara sacarse de encima de Max.
-¡¿Qué es lo que les sucede?! –bufó el profesor.
-Este imbécil ofendió a Clare –dijo Fred- todos le escucharon.
-No es así –rebatió Max- yo… lo dije en otro contexto…
Max me miró directamente como intentando explicármelo a mi. Tratando de decirme con la mirada, que con lo de saber diferenciar a una perra cuando la ve, es porque sabe cuando un perro es macho o es hembra. Así quería entenderlo yo…
-¡Vallan a explicarle esto al director! Llévense al perro, y espero que cuando yo hable con el director… Quiero que se lo cuenten y no me mientan… -luego me miró a mí- En cuanto a usted, acompáñelos e intente resolver el “mal entendido”.
Max tomó al perro de su mesa y nos marchamos, en silencio, malhumorados y los unos lo más separados posibles de los otros, hacia la oficina del director.
“Balthazar” le llamé mentalmente, sin ningún deseo de dirigirme al maldito, pero sabiendo que si no le avisaba luego me lo recriminaría.
Le mostré fugazmente todo lo que había pasado en los anteriores escasos minutos, intentando ocultar el momento en que había llamado Fred a Greg, e intentando hacer parecer que en mi mente siempre le tenía por Greg. Balthazar bufó por lo bajo, sin ganas de atender este tipo de nimiedades.
“Hace años que un profesor no me manda algún alumno por mal comportamiento… ¿Porqué tiene que hacerlo?”
Hice como que no tenía idea de porque, y me marché de la conversación. Max, Fred y yo, continuamos caminando en silencio, siempre mirando a cualquier lado, menos a nosotros.
No golpeé la puerta antes de entrar, pero en modo de disculpas por mi intromisión, me asomé lo más despacio que pude, pidiendo con la mirada, el permiso para pasar.
-Entren rápido y díganme que es lo que les trae aquí con esa cara de pocos amigos –nos dijo.
Nos acercamos a su escritorio y nos quedamos de pié uno al lado del otro sin decir nada. Max dejó al perro en el suelo y éste salió corriendo lo más lejos posible de nosotros. Parecía estar muerto de miedo y pensé que quizá su instinto le decía que nosotros no éramos como cualquier otro de los humanos que conocía.
-Hablen ya… -dijo el director, que recién levantaba la vista de unos papeles que tenía sobre el mesón.
Fred carraspeó, Max se pasó el dedo índice por debajo de la nariz y yo cambié mi peso a la pierna derecha.
-Este imbécil le ha dicho “perra” a Clare –dijo Fred de improviso, mirando con odiosidad a Max.
Si no hubiera sido porque yo estaba en medio de los dos, podía dar por sentado de que en ese mismo instante, Fred se le lanzaría encima otra vez.
-Yo no he dicho eso –contestó Max, tal como había hecho antes- he dicho que se diferenciar a un perro de una perra, refiriéndome al perro que traía el profesor Hargensen.
Fred bufó lanzando una risita sardónica.
-Claro, dilo de esa manera ahora… todos lo han entendido como yo…
-Yo no… -dije con timidez.
De cierto modo, quería que Max supiera que yo había entendido lo que quería decir. Solo que ahora, Fred me estaba haciendo dudar. Max me miró por unos segundos, pero no pude descifrar su expresión ¿Qué pensaba ahora?
-Él se me ha tirado encima y me ha golpeado –Max alzó las cejas como si en realidad no quisiera hacer más problema con lo sucedido, pero queriendo cumplir con lo que el profesor Hargensen nos había mandado.
Balthazar miró a Fred, esperando su confesión.
Fred se encogió de hombros y asintió cansinamente.
-Se lo merecía… Lástima que me hayan quitado de encima. Alguien tiene que enseñarle como se tratan a las mujeres… no porque esté despechado debe faltarle el respeto.
Me estremecí e intenté hacerme invisible. No resultó realmente, por lo que me conformé por agachar la mirada y esconderla en el suelo.
-¡Tú no te metas! –le bufó Max indignado- ¡Tú no sabes…! ¡No le he faltado el respeto!
-¡A ver! –Balthazar golpeó la mesa fuertemente con la palma de su mano- Usted y usted, afuera –nos apuntó a mi y a Max con el dedo- quiero hablar con cada uno a solas.
Entendí que quizá, lo que quería hablar conmigo y con Fred no tenía mucha relación con nuestro comportamiento como alumnos humanos, sino nuestro comportamiento como vampiros para con los alumnos normales. Seguro nos llevaríamos una reprimenda.
Max y yo salimos, dejando a Fred con el director. Debíamos esperar en el pasillo, donde estaríamos solos, luego de todo… Suspiré ruidosamente, una vez Max hubo cerrado la puerta.
-Clare –me dijo. Me giré y le miré nerviosa- Lo siento si te ofendí. Yo no me refería a eso, lo digo en serio, creí que me entenderías. De verdad, lo siento…
-No te preocupes –dije.
Caminó lentamente hasta la pared del pasillo, opuesta a la puerta de la oficina del director. Se apoyó en ella y se dejó caer sentado en el suelo. Nos quedamos mirando por largos minutos, mientras escuchábamos la aburrida conversación humana que sostenían Greg y el director dentro de la oficina. La verdadera conversación debía de estar desarrollándose mentalmente.
Desvié la mirada, afectada por los sentimientos que me producía la suya y contuve la respiración apretando fuertemente la mandíbula. Me acerqué hasta donde él estaba y me senté a su lado, aun sin mirarle y aun sin respirar… esperaba que no lo notara.
Cambió la posición de su cuerpo, apoyando su brazo en su rodilla flectada, su cabeza en su mano y su otra pierna completamente estirada, con la mano izquierda apoyada sobre su muslo, en forma de puño.
Deslicé mi mano derecha, lentamente por el espacio que quedaba entre nosotros y con una valentía casi extinguida la apoyé sobre la suya. Volteó la cabeza rápidamente y volvimos a mirarnos, mientras relajaba la tensión de su mano y dejaba que entrecruzara mis dedos con los suyos.
Abrí la boca para decir algo, pero realmente no sabía que explicación podía darle. Me dediqué a escuchar simplemente y por primera vez me pude percatar de la rapidez con la que latía su corazón por mi causa.
No pude evitar curvar mis labios en lo que parecía una sonrisa. Él me miró extrañado pero también sonriente. Me incliné tímidamente y rocé un beso en la comisura de sus labios.
-¿Qué…? -preguntó confuso.
-Yo… Perdón –murmuré.
Max dio un pequeño apretoncito a mi mano.
-La verdad es que… no se que decir –confesó Max- Anne me decía…
Silenció de pronto y agachó la mirada. Fruncí el ceño, queriendo saber que era lo que Anne le decía… ¿Acaso le había contado de la sospecha que tenía de mí? ¿Cuál era su sospecha?
-¿Qué decía?
-No importa –sonrió.
-¿Sobre mi?
-Bueno, si –suspiró riendo con desgano- ella creía que tu indiferencia era por algo importante, que no querías ignorarme, pero que necesitabas hacerlo, porqué… -volvió a reír, como si todo lo que dijera fuera algo muy estúpido. Me asusté un poco por dos razones: Primero esperaba que Balthazar no estuviera escuchando o que no le importara y segundo, porque me parecía que Anne si sabía todo y se lo había dicho a Max- Ella ha estado muy extraña este último tiempo y no me ha querido contar mucho, pero insistía en que esperara un tiempo y no me enojara contigo.
Me sentí aun más confundida todavía, y de seguro se notaba con claridad en mi rostro. Pero Max esperó a que se aclararan las ideas en mi cabeza y pudiera formular las preguntas que me comenzaba a plantear.
-¿Tienes alguna clase de pacto con Anne o que? ¿Por qué simplemente no le has leído la mente? –inquirí.
-Créeme, si hubiera podido ya lo habría hecho a estas alturas, pero Anne puede bloquear su mente. Algunos humanos, con bastante concentración, práctica y constancia, logran esta especie de pared mental, y logran mantenerla durante todo el día, todos los días. Es como un grado más avanzado de meditación.
-¿Así que tú no puedes leerle la mente? –insistí.
-No, al menos, no cuando ella no quiere, y eso ha sido muy seguido últimamente.
Me levanté de un brinco soltándole le mano. Esto lo cambiaba todo.
Sonreí para mis adentros, en tanto que Max me miraba desde el suelo, entre sonriente y confundido por mi reacción.
Quise salir corriendo al encuentro de Anne. Ella me había dicho que podía confiar en ella, que comprendería, ya que sospechaba de lo que ocultaba… me ayudaría y Max no tendría porqué enterarse. Sería mucho mejor así, no quería imaginarme como le caería la noticia, si es que se enteraba de que era una vampira. No quería arriesgarme a su rechazo.
-Perdón, estoy actuando como una tonta –murmuré- Si no te molesta, iré al baño. Si me llaman ¿Podrías decir que no me demoraré mucho? –dije con la intención de sacar a Anne de clase con alguna escusa.
-Claro –respondió Max, justo al instante en que Fred salía de la oficina del director.
Fred hiso un gesto desinteresado con la mano para indicarle a Max que pasara. Dejó la puerta abierta mientras se dirigía a mí y me susurraba mentalmente que teníamos que hablar, interfiriendo completamente con mis atarantados planes anteriores.
“Ya le dije que sabías que era yo”
-¿Ah?
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