La profesora Fielding entró a mi habitación con una expresión mucho más aterrorizada que la mía. Obviamente a cualquier humano, no debía parecerle muy cómodo, acudir a socorrer a una vampira, de entre las garras de hombres lobos, pero seguramente Balthazar había impuesto órdenes estrictas que le señalaran todo lo que debía hacer. Eso esperaba.
Ella miró directamente a la pintura que se había caído de la pared, cuando Billy había arrojado a Max, convenciéndose de que si había pasado algo ahí, antes de que ella llegara, convenciéndose, de que al menos había ayudado en algo.
¿Cómo sabía yo eso? Lo estaba sintiendo, aunque no sabía cómo leerle los pensamientos aun, podía sentir algunas cosas que emanaba la mente de la profesora. Ella estaba aterrada e intentaba controlar el temblor de sus manos.
No llegamos a cruzar palabras en ningún minuto, como si eso entre nosotras estuviera prohibido. No me molestaba y al parecer a ella tampoco, pero no entendía porque eso continuaba así.
Balthazar llegó antes de que pudiera decidirme a decirle algo.
Se coló por la ventana derecha con una sonrisa estúpida que llegó a molestarnos a las dos presentes en la habitación.
¿Quién se creía que era que nos hacía pasar estos sustos mientras él se divertía observando?
-Que divertido que la adrenalina se sienta tan potente aun después de convertidos en vampiros. Eso es lo único que me hace sentirme vivo además de la sangre.
Lo fulminé con la mirada y Hannah se retiró, sintiéndose incomoda en medio de una conversación exclusiva de gente de otro mundo.
-Debiste intervenir. No sabía si atacarlo o salir corriendo.
-Siempre que lo hagas pareciendo humana, me parece bien.
Miré a mis espaldas, hacia la ventana por la que habían desaparecido Billy y Max. Seguramente este último debía de haber tenido que apurarse en llegar a la civilización para ahorrarse una lucha con un oponente visiblemente más fuerte.
Esperaba que Max no fuera lo suficientemente orgulloso para que le importara salir corriendo a esconderse de Billy.
-¿Por qué no interviniste?
-Quería ver qué tal te comportabas improvisando. Creo que está bien que vallas mañana a clases. Supongo que ya estas lista para asumir este papel de chica humana para el resto de tu vida.
Abrí los ojos como platos. ¿Para el resto de mi vida? Yo no quería eso, no, no, no. Nunca había deseado convertir mi vida en una mentira.
Balthazar soltó una carcajada y acercándose a mí me dio una palmada en el hombro.
-No te preocupes, solo para el resto de la vida que se supone que tus conocidos crean que tuviste. Luego de eso, nos iremos lejos, seremos felices cazando perdices en las praderas.
Volvió a reír. Pero a mí continuaba sin gustarme nada sus planes para mi futuro. Yo quería estar con Max.
¡Cielos! ¿Quería estar con Max? ¿Para toda mi existencia? Solo era un simple chico con dotes lobunos. Porqué me atraía así, no era justo, no tenía nada especial, nada que no pudiera tener Lyan o Fred o Todd o Harry, o el otro chico galleta de chocolate. Lo único que tenía demás era la cola y no era algo que me apeteciera.
-¿Quieres salir a cazar? –sugirió al ver mi debate interno.
-¡No! –gruñí sin tener una razón aparente- Déjame sola, quiero dormir.
Volvió a soltar su risita sardónica.
-Parece que a las mujeres inmortales no deja de afectarles sus días especiales del mes.
Me zambullí en la cama y me cubrí hasta la coronilla esperando que Balthazar se marchara de una vez por todas. Que si quería aparecerse en mi cuarto, pues que lo hiciera cuando lo necesitara, no después de eso.
Me dormí refunfuñando, sin darme cuenta si Balthazar había salido o no de la habitación, sin darme cuenta de que ese había sido el primer día en que había podido conciliar el sueño desde mi transformación.
Entonces tuve otro sueño.
Soñé con un velorio. Soñé con la culpa de ser yo la causante del velorio. Soñé que todos mis amigos se encontraban reunidos alrededor de un ataúd abierto al cual yo me acercaba para despedirme. Me sentía terrible y no podía descifrar porqué. No sabía quién era el muerto, porque el camino al ataúd se hacía cada vez más y más largo.
Desperté agitada, luego de que en medio del sueño comenzara a patalear intentando correr hacia mi objetivo.
Solté un grito ahogado cuando por fin recobré la conciencia y extrañé a Marie, preparada con el vaso con agua para ayudar a calmarme.
Era cierto, si, que este sueño no se comparaba en nada con la vivacidad del que había tenido cuando era humana. Era como la primera vez que había soñado con Danna… solo eso, una mala pesadilla de la cual había despertado.
Pero no sudaba. Sonreí después de tocarme el cuello y la nuca. Era gratificante descubrir una de las pocas cosas buenas de esta nueva vida.
Me levanté de un brinco y me di cuenta de que las piernas aun me temblaban.
-Ah –me quejé- tontas hebras de lana…
Hannah entró justo en ese instante con mi uniforme en un brazo y el botiquín de primeros auxilios en la otra.
Como de costumbre, ambas nos dirigimos al baño de mi nueva habitación y luego de cambiar todos los falsos vendajes y el verdadero del hombro, ayudó a vestirme, tal como se hacía con las princesas.
Mi nodriza personal abandonó la habitación, sin haber pronunciado palabra alguna, una vez más.
Quedé mirándome en el espejo. Mi piel ya no estaba tan pálida como hacía unos días. Balthazar me había estado dando dosis exageradas de sangre fresca para que mi piel tomara aquel hermoso tinte rosado rebosante de vida tiñendo mis mejillas.
Aun así mi pelo negro continuaba con su enorme contraste. Quizás debía haber nacido con el pelo rubio y la mortandad de piel no se notaría tanto, ni siquiera después de muerta. Intenté imaginármelo, pero solo pude ver a Danna en mi mente.
Arreglé mi chaleco gris, y alisé mi falda color sangre, revisando que no estuviera levantada por detrás. Me estiré las calcetas y salí del baño y luego de mi habitación, a la que no volvería más.
Balthazar me estaba esperando en su oficina.
-Pasa –dijo desde su sillón, tras un escritorio mucho más moderno que el de la cabaña en la cima del cerro.
Me acerqué a él, y me senté en una de las sillas ante un gesto suyo.
-¿Estas lista?
Asentí en medio de un gran respiro, que intentaba eliminar todos los nervios.
-¿No hay nada que te haga desistir?
Negué.
-Tienes que estar segura, porque no puedes meter las patas por ningún motivo. Ya me pasó a mí una vez con Danna y mira como estas tú ahora por ella.
Asentí nuevamente. Entendía completamente los riesgos que podía significar estar en una sala, repleta de alumnos apetitosos con una sangre fresca corriendo por sus venas, tentándome a cada instante.
Se me hiso agua la boca.
-¿Tienes algo de sangre?
Balthazar alzó una ceja y la comisura de sus labios se curvó unos milímetros hacia arriba.
-Sabes que no puedes malacostumbrarte…
-Lo sé, lo sé… Solo esta vez. No quiero salir a cazar, ya estoy vestida. Si me dieras un poco me sentiría más segura.
Suspiró calmadamente y luego se levantó de su asiento para saltar por la ventana.
-Sígueme –susurró desde abajo.
-¿Tenemos tiempo?
-Faltan dos horas aun para que comiencen tus clases.
Corrimos hacia la cabaña más lento que nunca y todo por mi culpa. Ahora debía preocuparme demasiado por no rozar por casualidad alguna rama que pudiera romper mi uniforme. Tampoco podía ensuciarme y debía estar atenta a no pisar en ningún lugar con barro, pues de seguro eso causaría sospechas, si bien, no en Max, en sus compañeros.
Solo cuando hubieron transcurrido ya las dos horas, Balthazar me dejó marchar de la cabaña.
De pronto, el nerviosismo de antes, había sido reemplazado por una felicidad histérica. De pronto lo único que quería era ver a mis amigos.
Iba cojeando por el pasillo a la sala de matemáticas cuando escuché unos conocidos pasos, acercarse con decisión. No les presté importancia, suponiendo que siendo humana no podría sentirlos y si lo hacía, no podría identificar de quienes eran.
Max me tomó por sorpresa cuando me dio un leve apretoncito en las caderas.
-Hey… -me quejé volteándome.
-¿Estás bien?
-No con ese susto –exageré.
En verdad no me había tomado demasiado desprevenida, tomando en cuenta que lo había escuchado acercarse. Pero no me esperaba que hiciera eso.
-¿Volverás a dormir con Marie?
-Si… la extraño, aunque no puedo negar que tener una habitación enorme para una sola, es bastante agradable.
Sonrió.
-Supongo que también se acabaron las visitas nocturnas… -alzó las cejas en un gesto significativo.
Yo no pude evitar soltar una sonrisa nerviosa que me obligó a bajar la vista.
-Supongo…
Se produjo un silencio un tanto incómodo. Los alumnos pasaban a mi lado sin saber si detenerse a saludarme y preguntarme que tal estaba o si pasar de largo, que era lo más sensato, teniendo en cuenta que apenas si me conocían.
-Oye… –volvió a hablar Max.
-¿Qué? –inquirí levantando la cabeza. Se estaba demorando demasiado.
-No, nada.
Volvió a producirse ese silencio, pero esta vez no fuimos tan tontos para hacerlo evidente quedándonos de pie, sino que comenzamos a caminar lentamente hacia la sala de matemáticas.
Decidí inventarme algo que decir antes de que el silencio incómodo se volviera aun peor.
-Recuerdas esa vez… fue mi primer día de clases y llegaba tarde a la clase de matemáticas.
El asintió lentamente con una sonrisa torcida.
-¿Porqué estabas ahí afuera para abrirme la puerta?
Soltó una risita un poco nervioso.
-Creerás que fui muy caballeroso.
Fruncí el ceño.
-La verdad me pareciste demasiado sospechoso. Tyler… -deseé no haber pronunciado su nombre- me había dicho que desconfiara de ustedes, así que verte ahí, abriéndome la puerta, de una clase que ni siquiera yo sabía que tenía, sin que te importara llegar tarde a tu clase, no me pareció de lo más caballeroso… o común.
Max hiso un gesto distraído con su mano. Ya habíamos llegado a la sala de matemáticas y esperábamos afuera, apoyados contra la pared, a que tocaran el inicio de clases.
-Ya sabes que soy tu vigilante… o lo era. También me pareció sospechoso que una chica recién llegada, decidiera separarse del grupo de chicas que siempre van juntas al baño y se pusiera a correr por los pasillos para que no la vieran tramando cosas malas.
Me reí de su suposición.
-Tú parecía más sospechoso de todos modos.
-En ese entonces, cualquier cosa que hiciera me parecía sospechoso.
-Tampoco me gustaba mucho que preguntaras tanto por Bob.
Su sonrisa se ensanchó nuevamente y comenzó a deslizarse muy disimuladamente por la pared acercándose poco a poco hasta mí. Crucé mis brazos sobre mi pecho para crear una barrera entre los dos, casi tan disimulada como su acercamiento.
-Tenía que saber si Bob te había contado algo sobre mí.
-Bob no haría eso. Se sentiría muy culpable. Imagínate que se sintió terrible por haberme ocultado su cola por tan tiempo… no te habría delatado nunca.
La tensión del silencio, parecía haberse ido por completo y era reemplazada por los nervios. Max se encontraba muy cerca de mí y tenía mi barbilla apresada entre sus dedos índice y pulgar. Lyan pasó por nuestro lado con una expresión terriblemente torturada, aunque pretendía habernos ignorado por completo.
Me sentí un poco mal y comencé a alejarme de Max. Además no quería que se diera cuenta de que todo ese tiempo había estado conteniendo el aliento.
-No eres su novia, Clare –me recriminó Max al captar el motivo de mi incomodidad.
-Lo sé, pero es mi amigo, no quiero que sienta así.
Volví a alejarme y Max me sostuvo por el brazo.
-No tiene porqué dejar de ser tu amigo solo porque te guste alguien más.
Me removí incómoda intentando soltarme del brazo de Max. No sabía muy bien que tanta fuerza debía utilizar para ello y continuar pareciendo humana.
-Tampoco estoy siendo justa con Tyler… -recordé sintiendo culpa de pronto.
Entonces me soltó del brazo y quedamos a una distancia prudente.
-Uhm, si, había olvidado decirte…
Pero se detuvo de pronto cuando escuchó al chico galleta de chocolate amigo de Harry, acercársele por la espalda. Cuando ya estuvo lo suficientemente cerca, rodeó a Max y se me lanzó encima para abrazarme.
-¡Clare! - ¡Ay! –dijimos al mismo tiempo.
Había pasado sus brazos por sobre mis hombros y me había cargado muy bruscamente en la única herida verdadera que me había quedado luego de la dolorosa mordida de Danna.
El chico se retiró inmediatamente, sintiéndose culpable y yo me llevé protectoramente, en cuanto pude, mi mano al hombro.
-Disculpa –dijo sin poder disimular una sonrisa de alegría- es que estábamos todos muy preocupados por ti. Al fin Clare ha vuelto de entre los muertos.
Nadie podía imaginarse que tan poca gracia me hacía esa expresión. Imagine que Balthazar podría estarse matando de la risa de solo ver mi cara.
-Sí –intenté sonreír a pesar del dolor- pero aun estoy un poco amoreteada.
-¡Dios mío! –dijo riendo- ¡No digo yo que el alcohol es solo para hombres!
Le miré ceñuda.
-Que frase más machista –se burló Max.
-Seguro tu piensas lo mismo, pero no te atreves a decirlo… el alcohol no es para mujeres.
-No estoy de acuerdo con eso. Yo creo que el alcohol… -me miró significativamente-No Es Para Clare.
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