Entramos a clases luego de un rato. Ya el chico se había ido y había alcanzado a preguntarle a Max si sabía su nombre, antes de que Button me hiciera entrar.
Se llamaba Nataniel, un nombre poco común, pero no difícil de memorizar. Max se había burlado de mí por eso. ¿Cómo era posible que no me supiera su nombre si me sentaba casi todos los días a comer con ellos? Pero no era mí culpa que le quedara mucho mejor el apodo de “chico galleta de chocolate”.
Fue terrible cuando Button me empujo dentro de su clase y me azotó con la fuerza de mil vampiros un aroma espeluznante. Y digo espeluznante, porque nunca en mi vida había olido algo mejor. Era como entrar en una cocina de un restaurante profesional en la que ya tenían preparados los platos más deliciosos que se me pudiera ocurrir. Una cocina llena de platos y postres recién preparados, y solo para mí.
Me senté rígida como una tabla en mi asiento de siempre a la izquierda de Lyan.
-¿Cómo estás? –me preguntó en un susurro intentando no enfadar a la profesora Button que ya había comenzado a pasar la lista.
Asentí en su dirección justo en el momento en que la chica que se sentaba detrás de mí, me tocaba la espalda con su dedo índice para llamar mi atención.
-¿Estás mejor? –sonrió dulce.
Le devolví la sonrisa en forma de afirmación.
-¿Te duele mucho? –preguntó otra chica.
-¿Dónde estuviste todo este tiempo? –preguntó otro más curioso que preocupado.
-¿Qué fue lo que pasó en realidad?
-¿Cómo te caíste?
-¿Cómo te encontraron?
-¿De verdad estabas borracha? –preguntó otra en un tono despectivo.
-¡Silencio! –Button elevó la voz lo suficiente para que los susurros increchendo de mis compañeros terminara de una vez.
Había quedado con la boca abierta sin poder responder a ninguna de sus preguntas y en cierto modo agradecía que Button hubiera ocupado su poder de intimidación natural en contra de todos los curiosos. No estaba lo suficientemente concentrada para poder responder algo coherente. Escuchaba el tum-tum de veintinueve corazones latiendo llenos de sangre fresca y eso inundaba toda mi mente.
Intenté concentrarme en la clase y apenas si contesté a la lista cuando Button me nombró casi de las últimas. Creía que el aroma de Max era embriagador, pero estar en una sala repleta de alumnos olorosos y sabrosos me tenía totalmente fuera de mí.
Podía incluso imaginarme un alimento para cada uno de ellos. Fred, era una frutilla, dulce, jugosa y con pecas. Me relamí los labios. Lyan era un helado de vainilla, blanco, frio, sedoso… quizá también de piña. Harry, era un trozo de chocolate y su amigo “galleta de chocolate”, Nataniel, me parecía ahora un pollo frito, quizá por lo escandaloso. Habían algunos que parecían comidas mezcladas, como Bebida y Malvaviscos, otros eran un montón de dulces, otros eran cosas saladas, como pedazos de carne y masas. Todos tenían su propio alimento y mi boca se me hacía agua de pensar que podía comerlos todos yo sola.
Button tenía un aroma casi tan agradable como los demás, pero aun así prefería la sangre joven. A Kate no me la habría comido de puro resentimiento. Al ver su rostro me había acordado de lo mucho que la había odiado el día de la fiesta, cuando Max le había pedido disculpas por mi comportamiento. Quizá me arrepentía un poco y me sentía un tanto avergonzada, pero aun así continuaba desagradándome.
Kate, no había conseguido ser ningún alimento rico. Era solo el cuesco del durazno, la nata de la leche, las pepas de la sandía, el palito de la guinda, el hueso del pollo, la espina del pescado, el mondadientes de la aceituna, era todo aquello que uno deja de lado o escupe con desprecio a la hora de comer. A Kate no me la habría tragado ni con mil litros de agua.
La clase pasó así, lenta y atormentadora, impidiéndome actuar con normalidad. Odié por primera vez en mi vida, aquella maldita sala de clases sin ninguna ventana ni ningún tipo de ventilación, que se llevara parte del precioso aroma de mis compañeros. Eso lo hiso mucho peor, porque el aire permanecía ahí estancado, sin que pudiera echarlo a ningún lado.
Sonó el timbre más fuerte de lo habitual. Quizá era porque me había hecho despertar de mi largo adormecimiento demasiado repentinamente o simplemente porque ahora oía todo mucho más fuerte.
Me levanté y me dispuse a levantar todo de mi mesa, pero me sorprendí al darme cuenta de que no había sacado ningún cuaderno.
-La perdono por hoy… -me gruñó Button exasperada- Supongo que mañana será capaz de habituarse nuevamente a las clases. Aunque lo dudo, conociéndola como la conozco, continuará igual de irresponsable que siempre.
Incliné la cabeza en un leve asentimiento, sin prestarle demasiada atención y salí de la sala. Lyan estaba afuera, esperando con una sonrisa forzada, para poder hablar conmigo.
Si, lo extrañaba, pero me ponía nerviosa todos esos sentimientos raros que parecía sentir por mí.
Además, no quería perder a Lyan, solo porque se pusiera celoso de verme con Max de vez en cuando.
Por suerte, Fred llegó al lado de Lyan, en el mismo instante que yo.
-Hola chicos –saludé con la mejor sonrisa que podía fingir.
Se suponía que debía alegrarme volver a la normalidad y en realidad lo hacía, solo que la cara de Lyan me hacía sentir incómoda aún.
-¿Cómo te encuentras? –preguntó nuevamente Lyan.
-Ya estoy mejor, si.
Comenzamos a caminar.
-No se como lo haces para meterte en tantos problemas… -se burló Fred.
-Esto no es un problema… -mentí en un tono de voz bastante hosco. Para mí, morir, era un problema enorme- Simplemente fue un accidente.
Fred rodó los ojos.
-Pero supongo que te castigaran o algo por haberte emborrachado.
Lyan frunció el ceño sin entender. Seguramente al director se le había olvidado mencionar ese detalle de entre todo lo demás que me había pasado. Y en verdad, ¿A quien le importaba una simple borrachera cuando habías pasado a mejor vida?
-¿Estabas borracha?
Ignoré su pregunta continuando la conversación con Fred.
-Tú también lo estabas.
-Nadie se dio cuenta.
Torcí mis labios en una sonrisa de picardía.
-Eso es lo que crees. Todo el mundo se dio cuenta. El director comentó algo de que no debió haber dejado circular el alcohol, pero no creía que causara algo como lo que me pasó a mí, que nunca se había descontrolado tanto una fiesta en el internado –mentí- dijo que la próxima vez requisaría a los chicos que tenía en la mira como los causantes de tanto alboroto… Conor, Lockwood y este chico Dilan… no recuerdo su apellido.
Fred palideció y murmuró un juramento. De repente recordé que estaba totalmente enfadada con ese chico. Al menos había sido lo suficientemente desagradable en la brevísima conversación que habíamos tenido.
-¿Lyan?
-¿Qué?
-¿Me acompañas a buscar a Marie y a Teresa? Las he echado de menos.
Lyan sonrió al mismo tiempo en que Fred fruncía el ceño, comprendiendo que deliberadamente me estaba deshaciendo de él. No dijo nada y se marchó antes de que Lyan y yo comenzáramos a caminar en la dirección opuesta.
Encontré a Teresa saliendo de su habitación, justo cuando me disponía para entrar a la mía y saludar a mi compañera de cuarto. Me dio un abrazo casi tan fuerte como el que me había dado… rayos, el chico galleta de chocolate… nuevamente había olvidado su nombre. ¿Era Daniel?
Intenté no quejarme del dolor que me había producido sus brazos en mi hombro, pero ella debió ver mi expresión y se alejó de mí rápidamente. Pero por sobretodo, debí contenerme las ganas que me habían dado de darle una buena mordida en su cuello pálido, donde tenía bien marcada una vena.
-Lo siento, es que te echaba tanto de menos, estábamos todos tan preocupados. Supimos que te habías caído por un barranquillo y que encima estabas borracha… pudiste haber muerto. Gracias a Dios que la profesora de religión te encontró antes de que se hiciera muy tarde. Con el frío que está haciendo por las noches y encima toda machucada. Suerte que no caíste en algún lugar peor –exageraba y hablaba como nunca había visto hacer a Teresa, era impresionante lo que podía hacer la preocupación en una persona. Prosiguió:- He dormido con Marie estos días… No le gusta estar sola por las noches. Me di cuenta de que a veces es un poco extraña. No lo había notado cuando estaba con nosotras en otras ocasiones, solo un poco, pero es simpática –Dio un suspiro y miró de reojo a Lyan sin prestarle verdadera atención- El pobre idiota de Fred se ha sentido culpable toda la semana. Dijo que el tenía toda la culpa de que salieras borracha para el bosque, pero que no creía que pudieras ponerte así de loca –lanzó una risita- Me da un poco de pena, pero se lo merece, es un tipo medio raro. No al estilo de Marie, su locura es dulce, Fred es raro.
Me sentí un poco mal por como había tratado a Fred hacía un rato, deshaciéndome de él de forma deliberada. Estaba enojada con él, porque tenía toda la razón en sentirse culpable por lo que me había pasado. Se sentiría aun peor si sabía que no solo me había hechos unos machucones sino que había causado mi muerte verdaderamente.
Me sentí mal, pero como Teresa decía, el raro de Fred se lo merecía, por bruto. Ya me vengaría yo más tarde, le echaría todo en cara y al final lo perdonaría piadosamente, porque no era tan mala. Que ahora fuera un demonio no significaba que ya no tuviera compasión y en realidad, ni siquiera sabía muy bien que era lo que significaba serlo. ¿Tomar sangre?
Teresa golpeó la puerta de mi habitación, la veintisiete, pero nadie abrió. Estuve a punto de sacar las llaves de mi banano, pero Teresa me tomó del brazo con una mano y con la otra tomó a Lyan, para que la siguiéramos a otro lado del colegio.
-Ya se donde puede estar.
Dimos unas cuantas vueltas, por pasadizos y sombras y entonces nos paramos de frente ante las enormes puertas de la biblioteca.
-Ella no sabía que volverías hoy, nadie lo sabía. Te tiene una sorpresa, bueno, es de las dos. Íbamos a moverlo hoy, pero supongo que querrá verte antes.
-¿No estará arruinando la sorpresa? –preguntó Lyan.
Teresa dudó un poco. Se paró en seco en medio de dos estanterías repletas de libros con nosotros dos agarrados por sus fuertes manos.
Me miró dubitativa.
-Está bien. Es que creí que Marie querría verte inmediatamente. Me he dejado llevar por la emoción –miró a Lyan- Ve a avistarle que ha llegado, para que lo muevan rápido, yo la distraigo un rato por ahí, para que no sepa que tiene le hicimos una sorpresa –dijo irónica sintiéndose culpable por haber revelado el secreto.
Entonces soltó a Lyan y me llevó fuera de la biblioteca nuevamente. Fuimos a sentarnos a las paredes caídas, como hacíamos de costumbre, solo que era un poco raro hacerlo en el primer recreo. Por el camino se me acercaron algunos de mis compañeros de clases para saludarme y preguntarme como estaba.
-¿Dónde estuviste?
-En una habitación cerca de los profesores. Entre la profesora Fielding y el director… Contrataron una enfermera para que me fuera a curar las heridas. –agregué rápidamente.
Teresa asintió lentamente, imaginando lo muy cerca de ellos que había estado todo este tiempo. Uhm, ¿Cómo sabía que estaba imaginando eso? Simplemente lo sabía, Dios mío, ella confiaba mucho en mí.
-Eres muy tonta / Eres una buena amiga –dijimos ambas a la vez.
Teresa se rió de mí sintiéndose un poco culpable por llamarme tonta, justo cuando yo la llamaba buena a miga. Pero lo dejó pasar y siguió riéndose.
-¿Cómo se te ocurre emborracharte? ¿Tienes quince… dieciséis años?
-Dieciséis.
-Nos tenías muy preocupados. Varios vimos como Max salía corriendo tras tuyo y se formó un barullo tremendo a los alrededores del bosque. Luego Max desapareció, también nos asustamos, pensamos que podía perderse estando tan oscuro. Llamamos a los profesores, trajimos linternas, solo supimos que la profesora Fielding te había encontrado mucho más allá después de varias horas. Max había salido un poco antes, por suerte no se había perdido, y dijo que estaba muy oscuro, que no sabía donde te podías haber metido. Él estaba horrorizado.
Claro que lo estaba. Él sabía que había una demonio ahí afuera acechando y yo me podía haber metido en problemas. No, pero no era eso lo que debía haberlo tenido así, sino mi excesivamente pronta desaparición. Ni con sus sentidos lobunos había podido dar conmigo. Debía haber pensado lo peor, que había estado equivocado todo este tiempo sobre mí y que Billy tenía toda la razón.
Con razón había puesto esa cara de pánico cuando había entrado por la ventana de mi habitación la primera noche. Debí haber sido bastante convincente para que se tragara la mentira tan fácilmente.
-Nos mandaron a acostarnos después de eso. Estábamos todos cansados y asustados.
-Ya lo creo –dije con pesadumbre.
Me molestaba haberles causado tantos problemas y dolores de cabeza. Y toda la culpa se la llevaba Fred. Si, yo también tenía mucha responsabilidad en esto, pero aun así, quería echarle la culpa a alguien. Podía echársela a Max, pero me gustaba más de lo que me enojaba con él.
-Al día siguiente el director nos llamó a todos a un salón enorme que no sabía que existía y por lo que me enteré, tampoco nadie más sabía, de los que llevan aquí más tiempo. Uh, y el director, nunca me lo imaginé así. Es tan joven, no parece director y es tan guapo. Si se vistiera como alumno, podría pasar desapercibido entre nosotros.
Me reí. Por alguna extraña razón a mí ya no me parecía tan joven ni me haría gracia tenerlo como compañero de clases. Para mí tenía más de cuatrocientos años y era un demonio, el pupilo de un verdadero prófugo del infierno. Me caía bien en cierto modo, porque era el que me daba sangre en taza.
-Bueno, la cosa es que nos llamaron para decirnos que estabas bien dentro de lo posible. Que te tenían con cuidados médicos y que pronto te mejorarías. Decían que estabas más asustada que otra cosa, que no recordabas mucho.
Eso era verdad, pero para cuando Teresa y los demás estaban escuchando eso, yo aún estaba inconsciente. Yo había despertado al tercer día después de la fiesta… “Y al tercer día resucité de entre los muertos”
-Preguntamos si podíamos ir a verte, pero no nos dejaron. Dijeron que necesitabas descansar y que no podías recibir visitas. Marie, se enojó, nunca había visto a Marie enojada. Nos devolvimos a las habitaciones y todo el camino se vino maldiciendo.
-¿Enojada? ¿Marie? –pregunté incrédula- Yo creo que me hablas de alguien más.
Reímos.
-En serio. No se enojó como cualquier otra persona. Era un enojo estilo Marie, pero no sabría explicártelo, tendrías que verlo por ti misma.
-Supongo que pasará mucho tiempo antes de que pueda volver a ver eso.
Tocó la campana que anunciaba el inicio de la próxima clase. Teresa y yo caminamos hasta la sala de religión y saludé con un asentimiento de cabeza a la profesora Fielding. Era incómodo.
Tampoco hablamos entonces. Era realmente como si nuestras bocas no pudieran formular ni una sola palabra que fuera dirigida hacia la otra. Al menos así era en mi caso, pero suponía que la profesora Fielding tenía algún tipo de resentimiento hacia mí.
Por primera vez en la vida, me percaté de que su blusa dejaba al descubierto una pequeña media luna en su cuello. La otra estaba escondida bajo su ropa. ¿Max y los demás no habían reparado nunca en eso? Que descuidada era, quizá debería advertirle a Balthazar para que le dijera algo, pues claro, no podíamos hablar directamente, mi boca era muda para con ella.
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