Capítulo 31
Balthazar me miraba con cara de póquer. No mostraba ni una sola expresión facial, y eso me tenía de los nervios. Había cometido un error muy grande.
Se habían llevado a Fred en ambulancia, hasta el hospital más cercano y pude notar el intercambio de miradas que se dieron los doctores con Balthazar. Nadie sabría la verdad de lo que había pasado, él tenía contactos… pero eso no minimizaba lo que había hecho.
-Bal… -dije apenas, terminando el resto de su nombre en un susurro inaudible.
Se inclinó sobre su escritorio y cruzó sus manos por delante, mirándome atentamente, esperando que dijera lo que se suponía que tenía que decir. Habíamos estado así por un buen rato, y aun no sabía qué era lo que estábamos esperando.
-¿En que estabas pensando?
Se me hiso un nudo en la garganta, y sin intentar tragarlo, me puse a hablar:
-En… nada –murmuré con voz ahogada.
Balthazar rodó los ojos.
-Me lo imaginaba.
Se me escapó una lágrima, casi carente de agua, que me escoció los ojos como un veneno corrosivo. Era lenta, espesa, dolorosa, pero al fin era una lágrima. Había estado esperando tanto tiempo, para poder volver a sentir una lágrima naciendo en mis ojos y recorriendo mis mejillas, que no pude evitar distraerme con ese acontecimiento.
Me pasé un dedo por la cara y atrapé la lágrima. Me llevé el dedo a la boca, pero sabía muy mal. Era un agua extremadamente salada y agria. Hice un gesto de descontento.
-Clare –Balthazar me llamó la atención.
Levanté la vista. Su expresión había cambiado y ahora tenía el ceño fruncido.
-Si querías sangre de humano debiste haberme avisado. Pudimos ir a la ciudad, allí hay varios vagabundos por los que nadie preguntaría. Casi logras meterme en un lío… Pero le he pedido algo de ayuda a unos amigos, para que las heridas tengan alguna explicación lógica. Supongo que los familiares no estarán muy consientes de que les mienten, con toda la pena de una pérdida.
Fruncí el ceño. ¿Pérdida?
Se me encogió el corazón y comenzó a bombear la sangre de Fred a una velocidad aterradora. Mi expresión debió revelar toda la angustia y la culpa que estaba sintiendo, porque no podía controlarme.
-No… no me digas que lo he matado… -dije con la cabeza gacha y la vos estrangulada.
Balthazar frunció el ceño y bajó la mirada por unos segundos. Cuando volvió a levantarla pude ver por el rabillo del ojo, como hacía una pequeña mueca casi imperceptible. Comprendí inmediatamente que estaba haciendo lo que le había pedido… no me diría que era una asesina.
-Uh…-se me escapó un sollozo.
Pude sentir otra lágrima deslizándose por mi mejilla, pero no le presté la más mínima atención. Continué sollozando con la cabeza gacha mirando mis pies. Mis manos estaban firmemente aferradas a los bordes de la silla en que estaba sentada, y comenzaron a hacerle unos huecos con la forma de mis dedos.
-Soy… -comencé a decir, pero no pude.
Balthazar cogió el hervidor, que había sonado, anunciando que la sangre ya estaba lista y la vertió en mi taza.
-Bebe un poco, te hará bien…
Era una estupidez. ¿Qué bien me podía hacer más sangre si ya estaba llena de la de mi víctima? Me levanté sollozando, rechazando la sangre y partí corriendo hacia el bosque. Me metí entre los árboles y corrí lejos por varias horas.
Me arreglé bien antes de ir al velorio. Se realizaría en una iglesia de la ciudad y ya debían estar ahí, la mayoría de los amigos de Fred del internado. Yo debía ser una de las pocas que lo conocía, que aun permanecía dentro del instituto.
Me puse una polera blanca, porque las únicas negras que tenía ya estaban todas desteñidas y eran demasiado sport. Encima me puse un polerón negro, al que le subí el cierre hasta el cuello para que no se notara ni la polera blanca, ni la marca de la mordida de Danna, ahora que ya no necesitaba el vendaje. Me puse unos pantalones negros y unas zapatillas azul oscuro, porque no tenía otras.
No sabía si Balthazar me permitía o no ir al velorio y al entierro, pero yo iría de todas formas, con o sin permiso. Me sentía terriblemente hipócrita yendo a su funeral, siendo yo la causante de su muerte, pero por alguna razón, sentía que debía ir y pedirle disculpas. Quizá tratando de hacer realidad mi pesadilla, esa que había tenido estas últimas noches, en que había podido dormir un poco.
Salté la pandereta trasera, donde nadie pudiera verme salir y caí en la acera. No había nadie, porque era un callejón poco concurrido el que daba a la pandereta trasera cerca del gimnasio. Me metí las manos en los bolsillos de mi pantalón y agaché la cabeza cuando salí del pasaje. No quería que nadie me viera la cara, aun me sentía horrible.
Caminé varias cuadras sin siquiera darme cuenta donde pisaba, sino que simplemente me dejaba llevar por los aromas conocidos de algunos de mis compañeros de clases y amigos de Fred. Hubo un momento en que sentí un aroma demasiado parecido al de Fred, y pensé que podía ser su hermana, o algún otro familiar. No quería pensar que el carro fúnebre hubiera pasado por el mismo lugar.
Cuando llegué a la iglesia, sentí un escalofrío. De pronto sentí una aversión gigantesca hacía la figura de Dios y la de su hijo crucificado. Por algunos momentos me debatí entre quedarme a dar mis condolencias ahí afuera, o marcharme corriendo lo más pronto posible de vuelta al internado, pero terminé por obligarme a entrar, a pesar de lo fastidioso que me parecía.
Se había formado un gran círculo alrededor de un ataúd y el estómago logró revolvérseme a pesar de no haber comido nada desde el día de la fiesta. Quizá era lo incómoda que me hacía sentir ese lugar, como si me vigilaran con odio constantemente. Supuse que eran cosas mías, porque Dios, si existía, no tenía porque sentir antipatía por mí si yo no era la que había elegido ser un demonio.
Bueno… había matado. ¿No era uno de los diez mandamientos? Y también había mentido. Mucho.
Me fui acercando al velorio con pasos de tortuga. Sentía los cuchillos de odiosidad picándome por todos lados. Desde la imagen de algún santo en las paredes, hasta el Cristo colgado en la cruz en la pared del fondo, que parecía estarme mirando receloso y diciéndome: “Demonio, estoy aquí todo ensangrentado, ¿Vendrás por mí también?”
Tragué un montón de veces aquella saliva seca y patosa que había tenido desde mi conversión, antes de llegar junto a mis compañeros. La imagen de todos sentados alrededor del ataúd, con sus caras largas deformadas por el dolor, me recordó claramente el sueño que había tenido noches anteriores. Ya entendía porque me parecía tan eterno el camino, pues estaba pisando una casa en la que no era bienvenida. Ese era un lugar para los buenos y yo era un demonio.
Cuando llegué al círculo cerrado, mi rostro debió desfigurárseme por el dolor, pues las lágrimas ardientes comenzaron a rodar por mis mejillas escociéndome los ojos al salir. Pero no era un dolor físico, claro que no.
Lyan, se acercó a mí desde algún lugar que no me fijé y me abrazó fuertemente. Apenas pude verle la cara un segundo antes de que la escondiera en mi cabello y comenzara a sollozar. Noté que tenía los ojos rojos y estaba muy cansado… supuse que ahora los tendría más rojos aun.
-No se lo merecía… -murmuró entre babas cerca de mi pelo.
-Lo sé… yo… yo… nunca le deseé esto –me sentí como una hipócrita diciendo eso, sabiendo que yo le había causado la muerte- No estaba realmente enojada con él… era… era como un juego… y él lo sabía… pero… pero…
Mi voz se cortó con un sollozo que me impidió seguir hablando. Comenzamos a caminar abrazados un poco más lejos del círculo, ya que Lyan no quería que todos los que habían logrado mantenerse en calma hasta el momento, se pusieran a llorar por culpa de los dos.
“Charlotte se siente terrible” escuché a Lyan en mi cabeza, tan claro como la voz de Balthazar cuando me había hablado camino a la habitación de Fred.
Pero no se dirigía a mí, simplemente lo había pensado y la confianza que depositaba en mí, me permitía escucharlo.
-Murió creyendo que estaba enojada con él –dije atropelladamente de forma casi inteligible por mi voz ahogada.
Me apretó más fuerte contra sí y no dijo nada.
Marie continuaba leyendo alguna de las primeras páginas del libro que siempre usaba para “no prestar atención a Clare”. Yo sabía que de vez en cuando no aguantaba a darme una mirada calculadora, sopesando la idea de decirme algo o no.
Yo estaba sentada de espaldas a ella y podía verla con el reflejo de la lámpara de noche en la ventana. Las cortinas estaban descorridas permanentemente desde que me había convertido en vampira y Marie había dejado de intentar cerrarlas, luego de que notara que cada vez que despertaba estaban descorridas nuevamente.
Mi mirada voló nuevamente más allá de la ventana, más allá del reflejo de la mirada curiosa de Marie, y volví a recordar el rostro níveo y mortuorio de Fred, dentro del ataúd. Había podido verlo, no como en mi sueño, pero había sido casi tan difícil de llegar a él como entonces. La culpa y la pena hacían que a mis pies les resultara poco agradable moverse un poco más allá cerca de él.
Agité la cabeza de lado a lado con ímpetu, deseando borrar la imagen de mi víctima. Recordé algo que Fred había dicho hacía un tiempo, cuando estábamos limpiando baños: “Pero tú no eres una asesina y yo no soy tú víctima…” Se equivocaba rotundamente.
Me puse a llorar y Marie se levantó inmediatamente para abrazarme. Ya no importaba sentirla tan cerca. Su olor invadía la habitación entera y había tendido que acostumbrarme a ella a la fuerza. Ya no era tan difícil intentar no matar a Marie como al resto de la gente.
Con los días, fui perdiendo el color. Mamá lo notaba incluso en las llamadas.
-¿Clare? ¿Te estás cuidando bien? Te noto enferma. Abrígate cuando salgas. Procura ponerle una frazada más a la cama. No andes a pie pelado. Come bien…
-Lo haré ma…
Pero no… seguí casi todos sus consejos menos lo de comer bien. Ya no quería más sangre luego de lo que había hecho. Solo quería morir, pero no tenía idea de cómo hacerlo. Quizá solo era demasiado cobarde, porque seguramente habría sido demasiado simple entregarme a Billy y él haría todo el trabajo sucio… pero no me atrevía.
Balthazar estaba terriblemente enojado conmigo porque ya no quería las tazas de sangre de humano donada que me ofrecía todas las mañanas. Me perseguía mentalmente todos los días, todo el día. Apenas podía concentrarme en las tareas cotidianas con su vocecilla interna regañándome a cada momento… que no vayas a cometer alguna estupidez… te he dicho que tomes sangre… la necesitas… no quieres matar a alguien más… ven aquí ahora mismo… estás pálida… los lobitos notaran el cambio… Clare…Clare… Clare…
Solo bastó un tiempo para que se aburriera, o quizá logré controlar la forma de mantenerlo a raya.
Todo el mundo podía notar la diferencia de mi rostro. En toda yo. Estaba más pálida, seria y débil. Pero Charlotte parecía igual de demacrada que yo y eso me daba fuerzas para seguir adelante con mi huelga interna. Ni una gota de sangre más y mi cuerpo se secaría como una pasa y pasaría a mejor vida. O eso era lo que creía.
Max aprovechó un día en el que había decidido sentarme sola a la hora de almuerzo, para hacerme un par de preguntas. Me comía la comida por pura inercia y casi parecía desabrida, pese a que se veía muy gustosa.
-¿Qué es lo que te pasa? –preguntó con brusquedad- Ya ha pasado más de una semana y ustedes ni siquiera se llevaban bien.
No nos llevábamos mal, de eso estaba segura. Ahora, nos veía a Fred y a mí, como un par de cachorros hermanos, que se gruñen y muerden solo para pasar el rato. Así éramos nosotros.
-¿Qué te pasa conmigo? –se inclinó sobre la mesa esperando que levantara la mirada de mi bandeja y le prestara atención- Yo creí…
Apreté los dientes y la mandíbula llegó a dolerme. Continué mirando mi bandeja con un dolor punzante en las sienes, como se siente cuando uno aguanta demasiado las lágrimas.
-Clare… -dijo con voz suave.
Él también estaba sintiendo ese mismo dolor en las sienes. Aun confiaba en mí, podía sentir un montón de pensamientos confusos provenientes de su cabeza. Se me escapó una risita parecida a un sollozo… realmente estaba hecho un lío.
Una lágrima traviesa recorrió mi mejilla. Ya me estaba acostumbrando al escozor.
Volví a contenerme y desvié aun más la mirada hacia el suelo a un lado.
-Perdón… se que te sientes mal. Fred… aun no entiendo bien qué relación tenían. Siempre se miraban con odio –rió sin ganas- pero era un odio distinto, lo sé. No sabía que podía dolerte tanto… estas igual que Charlotte… ¡Pero ella era su hermana! –Inspiró hondo- Todo el mundo cree… y yo también a veces… que ustedes dos… tenían algo… más…
Soltó una risita nerviosa.
-Vamos di algo –se acercó aún más y su olor me embriagó.
El corazón me latía tan fuerte que era difícil controlarme. Al menos con Marie, no tenía tantas distracciones como con Max. Él, era todo lo que se necesitaba para que mi capacidad de control y razonamiento, pasara a un plano tan profundo que me hiciera provocar un error abismal.
-No… -dije en un susurro casi inaudible.
Seguramente él lo tomó como que no quería decir nada, pero yo me refería a que no quería que siguiera acercándose.
-Hace tanto que no escucho una palabra tuya dirigida a mí –rogó.
Me eché para atrás.
-¿Qué es entonces? ¿Es por Tyler?
Me vino a la mente el montón de cartas de Tyler que me habían comenzado a llegar. Primero para concretar una cita. Luego para preguntarme se había recibido la primera carta, que porqué no había asistido, luego… un montón de cartas, día tras día, preguntándome que era lo que me pasaba…
Y yo lo ignoraba tan deliberadamente como a Max.
Max frunció el ceño y me di cuenta de que se sentía terriblemente humillado por haber venido a intentar hacer las paces y verse despechado por mí una vez más. Volvió a enojarse, pero más que un enojo… estaba dolido.
Y a mí me dolía el corazón mil veces peor. Por él, por Fred, por todo.
-¿Es porque soy lo que soy? –susurró tan bajo, pero a mí me pareció como un grito.
Negué con la cabeza.
-Estoy siendo ridículo… ya simplemente… no me quieres y punto. Me estoy humillando. Soy un idiota. Pero al menos esperaba, que me dijeras algo… No entiendo nada de lo que está pasando contigo ahora. Me gustaría, que de la misma manera en que yo confié en ti por sobre las ordenes de Billy, tú confiaras en mí ahora y me dijeras lo que pasa. Ya ni siquiera puedo leerte la mente. No lo intenté hasta que ya no soporté más tu silencio… sé que no te gusta que lo haga, pero quería encontrar alguna respuesta… pero entonces ya no confiabas en mí.
Inspiré profundamente y resultó un suspiro entrecortado de los peores. Tragué con fuerza el nudo en la garganta y con los puños apretados sosteniendo la bandeja, los ojos vidriosos y las sienes doliendo, me levanté de la mesa alejándome nuevamente de él.
-Te quiero, Max… -susurré cuando me levantaba marchándome.

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