Capítulo 30
La semana fue difícil. Normal para los demás, pero muy difícil para mí. Nadie parecía darse cuenta de nada raro a excepción de Max, pero no era por las razones que cualquiera imaginaría. No pareció importarle demasiado no poder volver a leerme la mente, aunque quizá no lo intentaba, lo que si le importó fue mi distanciamiento con él.
Ya estaba más que claro que ambos nos gustábamos y Max solo quería ser cariñoso conmigo. Yo también habría correspondido a su flirteo si no me dieran unas ganas terribles de matarlo cada vez que lo tenía cerca, de una sola mordida en el cuello.
No sé si se terminó enojando conmigo por eso, pero luego de algunos días, ya ni me dirigía la palabra. Al principio eso me dio mucha pena, pero al final comenzó a transformarse en rabia y terminé tan enojada como él por haberse enojado conmigo. Él no sabía lo que significaba tener una sed tremenda cada vez que se te acercaba alguien.
También llamé a mi mamá. Estaba furiosa por no haberle contestado en todo este tiempo y me dijo que una carta disculpándome por todo no servía de nada. Al final terminó por compadecerse de mí inventando una escusa por mí: “Claro, debías estar tan cansada y estresada en ese nuevo lugar donde apenas conoces a la gente”
Marie estaba contenta de volver a tenerme en nuestra habitación. La chica se había preocupado de comprarme un estante para mis libros, los había ordenado por autor e incluso lo había llenado con otros que supuso que me gustarían. Acertó en el blanco y comencé a leérmelos en cuanto pude.
Marie era perfecta. Sincera y amigable, la estaba adorando. Lo único que tenía de malo, era su aroma irresistible. No entendía como hacía para llenar toda la habitación.
Debí salir todas las noches para no cometer un error tremendo mientras ella durmiera. No quería hacerle algo así a una persona tan buena.
Lo único malo de mi vuelta a clases, fue que ya no era la misma. Me costaba un montón conciliar el sueño, y cuando logré hacerlo un par de noches, solo había dormido un par de horas soñando el sueño del velorio. Tenía una sed tremenda todos los días a toda hora, y en el único momento en que me podía escapar para cazar un par de pajaritos, era en la noche, cuando lo que más quería era dormir.
A veces me escapaba a la cabaña de Balthazar en el cerro para ver si tenía un poquito de esa sangre humana que tanto me gustaba. El viernes me ofreció a Hannah, yo me mostré muy alterada, pero no necesité negarme demasiado, ya que ella dijo que ni loca se ofrecería con migo, menos siendo novata. Me sentí un poco humillada y entonces si quise morderle, pero supuse más tarde que no habría podido controlarme, como con el conejo… había perdido todo mi raciocinio. Y no quería llevar esa carga de conciencia.
Fue el domingo y fue horrible.
No podía dormirme y tenía una sed intensa. No había bebido nada desde el viernes solo por intentar dormir un poco. Ahora no podía dormir por esa desagradable sensación. Me sentía hambrienta y escuchaba casi como una insinuación, el corazón de Marie dentro de la habitación, cantando para mí. Tun, tun, ven, ven, tun, tun.
Estaba sentada en el tejado, justo sobre nuestra habitación, a ver si me daban ganas de salir a cazar algo, porque tenía que hacerlo. Ya me estaba viendo más pálida de lo normal y eso no parecía saludable sabiendo que aun debía fingir ser humana.
Pensé en Lyan. Quizá si le decía algo sobre esto pudiera ayudarme con su sangre en estos días espantosos, como lo hacía la profesora Fielding con Balthazar. Pero no, yo no podía hacerle eso.
Luego pensé en Max y solté una risita melancólica y pesarosa. Él me mataría si supiera algo… y después de todo, tampoco le haría algo a él.
Y pensé en Fred…
Senté mis músculos vibrar ante la idea. Quería salir corriendo en esos mismos momentos y clavarle los dientes a ese idiota de Fred, sacarle un poco de sangre hasta dejarlo semi inconsciente y para cuando despertara a la mañana siguiente solo creyera que fue un estúpido sueño. ¿Podría resultar?
No, claro que no. Las únicas opciones eran matarlo o convencerlo o asustarlo lo suficiente para que no dijera nada. Lo cual era poco probable que diera resultado.
Aun así, mies piernas se pararon de pronto. Bajé hasta la ventana de mi habitación y me interné en ella silenciosamente. Pero me quedé parada en la puerta, antes si quiera de abrirla.
Aun tenía a Max vigilándome y más aun luego de nuestro repentino enojo. Debería aparentar ir al baño y cerciorarme de estar completamente libre.
Respiré hondo y abrí la puerta. Me dirigí con un paso humano, casi perezoso, hacía los baños de chicas. Por el camino iba prestando toda la atención a mi alrededor, para ver si podía escuchar a mi vigilante y a mi presa por algún lugar.
Me detuve a la entrada del baño y miré al suelo agudizando el oído.
Max no estaba… y ¡Dios! Alguien salía desde la habitación de Fred. Demasiado conveniente, me dije. Era el compañero de mi víctima, Boris, creo. Era un chico lento, que me permitió acercarme por su espalda sin ser vista, antes de que la puerta se cerrara. Me deslicé por el hueco que quedaba lo más veloz que pude, y no sé si habré hecho algún ruido o eran los instintos del chico, pero antes de que se cerrara la puerta, le vi volver la cara como si hubiera captado algo. Pero no había alcanzado a verme y debió pasarlo por alto, porque sentí sus pasos alejarse hacia los baños.
Me quedé plantada ahí de pie observando a Fred dormir. Estaba sin polera y abajo traía puesto solo unos bóxers. Estaba con las tapas en el suelo y solo las sábanas todas arrugadas le cubrían parte de las piernas. Estaba de espaldas todo despaturrado. La imagen de ese chico tenía tanto de sexy como te perturbadora.
Sonreí con una sonrisa traviesa sin darme cuenta todavía de lo que estaba haciendo y lo que planeaba hacer. Esto era para mí, la caza más divertida que hubiera hecho nunca. Ni siquiera cuando había salido a cazar perros con Balthazar.
Me acerqué a él con lentitud y sentí sus sueños. Estaba inquieto, asustado, alguien le hacía daño a un ser querido suyo. Me arrodillé a su lado y le acaricié la mejilla con malicia. Confiaba en mí, el hipócrita.
-Tranquilo Fredie –recordé como le había dicho en el baño su hermana Charlotte- Nadie le hará daño… Lucas estará bien…
No sabía de quien estábamos hablando, pero el nombre pareció surtir algún efecto con mi víctima, pues abrió los ojos de par en par y se encontró con mi mirada.
-¡¿Qué?!
-Shh, está bien… -continué acariciándole esta vez el pelo.
Él se sintió incómodo y se sentó en la cama, mirándome horrorizado. Dio una ojeada a la cama del lado y se tensó al ver que estábamos solos.
-¿Qué pasa Fredie? –me burlé de su miedo.
-¿Qué haces aquí? –pareció tranquilizarse un poco al ver que solo era yo jugándole una broma. Pero pronto volvió a palidecer- ¿Cómo sabes de Lucas?
Me encogí de hombros. Yo no sabía nada en realidad.
Se puso aun más nervioso, y aunque me conocía suponía que los instintos de supervivencia eran mucho más fuertes. Hannibal Lecter se había comido a su hermana después de todo…
Le lanzó una mirada furtiva a su almohada. Comprendí inmediatamente que guardaba algo ahí. La tomé y Fred frunció el ceño.
-¿Cómo…?
-¿Qué tenemos aquí? –dije buscando bajo la funda.
Un cuchillo. Me sentí consternada.
-¿Pensabas atacarme? –me reí.
Fred puso un pie fuera de la cama, pero se detuvo cuando le miré con una expresión furiosa.
-Clare, me estas asustando…
Volví a sonreír casi de forma simpática. Me gustaba que lo confesara. Le tomé del brazo y me senté a su lado impidiendo que pudiera marcharse. Continuamos frente a frente mirándonos a los ojos. Él sentía miedo, pero no tanto como para echarse a correr y yo, estaba divertida con el cuchillo jugando en una mano.
Él lo miraba de vez en cuando un poco nervioso.
-Mira –le dije sosteniendo en alto unas llaves- Son de tu amigo. Se las quité por el camino, así que si llega, tendrá que esperar un poco. De todos modos, vamos un poco más rápido.
Se iba a levantar, pero le así del brazo fuertemente a la cama.
-Supe que te sentías culpable. ¿No es así?
Fred abrió y cerró la boca, aun nervioso.
-Claro que sí. No podías sentirte de otra forma después de lo que hiciste.
-¡Te emborrachaste por tu cuenta!
-Shh…
Le di unos suaves golpecitos en la boca con uno de mis dedos.
-No solo me caí por el barranco sabes… -Inspiré fuerte y su aroma me impregnó los orificios de la nariz- Me mordieron, aquí… mira –no sabía por qué estaba haciendo eso, pero me saqué el parche del hombro y me tiré un poco la polera para mostrarle bien.
Fred miró por un rato, inspeccionando lo rara que era la marca. Efectivamente parecía una mordedura, pero de una boca humana.
-Y ahora Fredie, esa mordedura me hace tener mucha sed. Yo te podría perdonar si tan solo me ayudaras con una cosilla…
Él no entendió nada, así que me acerqué a él casi de forma seductora, por lo que no se negó, y besé la vena más gruesa de su cuello. Sentí como se estremecía bajo mi roce y solté una risita.
-Quiero tu sangre… -le susurré al oído.
Pero Fred no me prestó mucha atención y como buen idiota que era, desvió su rostro hasta que nuestros labios se tocaron. Cerró los ojos y no pude evitar hacerlo yo también. Comenzamos a besarnos casi apasionadamente hasta que caímos de espaldas en el colchón sin almohada.
Dejé de distraerme y apunté el cuchillo sobre su garganta.
-Y me la vas a dar… -susurré un poco más imperante.
Le cubrí la boca antes de que pudiera gritar, cuando clavé el cuchillo sobre su cuello. La sangre brotó caliente y suave por la herida esperando que yo la probara.
Fred se removía inquieto bajo mi cuerpo, dando gritos roncos que eran sofocados por mi fuerte mano. Era una presa fácil, pero emocionante, y de una sangre muy sabrosa.
Me descontrolé bebiendo aquella sangre tan caliente, no como la que me daba Balthazar calentada en un hervidor. Esta sangre ardía en mi lengua trayendo más y más, casi inagotable, fresca, y de un sabor espeluznantemente gustoso.
Si no me hubiera asustado el golpeteo de unos nudillos contra la puerta, no me habría dado cuenta de que Fred ya no luchaba por su vida bajo mis garras. Me asusté, lo había dejado inconsciente… aun respiraba y escuchaba el lento latir de su corazón.
-Lokwood, me he quedado afuera inútil, déjame entrar… -golpeaba el chico.
Me asusté un poco pero tomé una rápida determinación. Puse rápidamente la almohada en donde debía estar, bajo la cabeza de Fred, enterré el cuchillo bajo la funda y dejé la funda cerca de la herida de Fred, para que pareciera que se lo había enterrado por accidente. Esperaba que no se notara. Lo único que me faltaba, era la sangre tiñendo las sábanas, pero ya la tenía toda dentro de mí, no podía permitirme sacarle un poco más para ayudar con mi escena del crimen, eso podía matarlo.
Me escapé por la ventana, hundiendo mis garras en las grietas, para llegar al techo lo más pronto posible. Me fui corriendo hasta el techo de mi habitación con Marie, y me metí por la ventana hecha una bala. Realmente había sido una idiota.
Me escondí en mi cama, bajo las sábanas, haciéndome la dormida, como si eso pudiese servir, para revertir la estupidez que había hecho.
Marie respiraba apacible en la cama del lado, mientras yo me moría de culpa. No pude pegar ojo en toda la noche, como hacía varias noches, pero ahora la razón era que mis oídos no escuchaban más que al compañero de Fred, pidiendo que le abriera la puerta.
Eran cerca de las cinco de la madrugada ya. Y el tal Boris, golpeó por última vez, pero no le habían abierto, simplemente se había cansado. Al poco rato volvió a insistir, pero en una puerta vecina. Allí le abrieron al cabo de unos pocos segundos.
Le explicó lo que le había pasado y le dejaron entrar a regañadientes, pero casi a la media hora de parloteo, decidieron salir los tres. Estaban un poco preocupados, porque Fred no era tan HDP, ni se llevaba mal con Boris, para dejarlo fuera el resto de la noche.
Golpearon por bastante rato hablándole en serio, diciéndole que llamarían a los profesores si seguía con la bromita. Al final, como no abrió, decidieron que Fred no estaba bromeando.
Salieron otros pocos, preguntando por qué tanto escándalo. Al final ya se habían reunido varios chicos vecinos bastante preocupados, debatiendo entre que podían hacer.
-¿Y si solo es una broma? –dijo uno- Se imaginan a Fred riéndose allá adentro, y nosotros aquí con cara de idiotas.
-Él se estaría metiendo en problemas de todas formas, no es tan idiota como parece –escuché a Lyan.
Optaron por que lo mejor sería llamar a algún profesor. Ya eran pasadas las seis de la mañana cuando llegó el profesor Koth de Lengua, acompañado de los chicos que habían ido a buscarlos. La multitud había ido agrandando con el paso de los minutos.
El profesor llamó y nadie contestó. Ahora así estaban todos alarmados. Corrieron casi cinco alumnos…creí contar… a buscar al director. Koth en tanto, estaba intentando hacer que todos los demás volvieran a sus habitaciones, por si lo que encontraban dentro no era del gusto de todos.
Balthazar llegó con apremio, pensando en mí.
“¿Qué mierda?” me llamó mentalmente.
Me sobresalté por eso, nunca había escuchado a nadie en mi mente. Apenas si era capaz de captar algunas ideas de los demás.
“Si estás adentro, sal inmediatamente” me pidió y yo me escondí más aun en mis sábanas.
Abrieron la puerta y el profesor Koth, Boris y dos chicos más, que no habían querido retirarse a sus habitaciones luego de que el profesor se los pidiera, soltaron una exclamación ahogada, por lo que veían. Balthazar se limitó a gruñir tanto para los demás como para mí, mentalmente.

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