Entonces todo fue para peor.
Como si de una droga se tratara, la sangre me llamaba a gritos para que volviera a probarla. El cigarrillo, aunque agradable, no me causaba ni cosquillas en comparación con la necesidad que sentía de sangre. Solo quería volver a ser normal… rehabilitarme.
El asiento vacío de Fred era como una constante picazón en la cabeza, que me hacía recordar de forma inevitable, el horrible día en que, presa por la la sed de sangre y de una venganza juguetona, había cometido el error más tremendo de mi vida. Le veía bajo mis garras, suplicando por su vida con palabras ahogadas por la presión de mi mano. Veía su rostro aterrado cuando había entrado a su habitación y…
No me había dado cuenta hasta entonces que Fred y yo compartíamos todas las clases. El asiento vacío se repetía todos los días, a cada hora… lo peor había sido en clases de gimnasia, ya que ahí era mi compañero de partido.
El profesor me había dejado de lado en un principio, por compasión, pero luego habían trasladado de clase a otro chico que no tenía pareja en otro horario y lo había puesto conmigo provisionalmente.
-No… -le dije al entrenador cuando me dio la noticia presentándome a Jev, el pelirrojo- no…
-ESTA ES MI CLASE, SON MIS NORMAS –me gruñó en un tono bastante condescendiente.
-No… este no es mi compañero –me eché a llorar como una bebita.
Marie, que para entonces había logrado invertir el papel de hermana mayor conmigo, llegó a mi lado y me abrazó sin más.
El entrenador no dijo nada y se alejó con el chico, para ponerlo con la pareja de Marie. Esa clase nos dejó tranquilas y se olvidó por completo de nosotras, pero al día siguiente, el chico Jev, volvió a su propia clase y el entrenador anunció el cambio de juego.
-¡BALONCESTO! SUPONGO QUE SABEN BOTEAR UNA PELOTA. LA ARROJAN CONTRA EL SUELO Y CUANDO VUELVA ARRIBA USTEDES LE DAN UN GOLPE CON LA PALMA DE LA MANO EXTENDIDA. NI ASI, NI ASI, NI ASI –colocó su mano en un puño, luego con el dorso de la mano hacia abajo y al final con el costado se su mano como un karateca- ¿ENTENDIDO? CON LA PALMA DE LA MANO.
Continuó dando explicaciones sobre la actividad que haríamos a continuación y poco le presté atención. No me interesaba verdaderamente, ya sabía cómo había que botear una pelota y con eso me bastaba.
Fue a comienzos de julio cuando todo comenzó a ponerse color de hormiga. Me resultaba un suplicio entrar a las clases, con un montón de sangre joven restregándome en las narices. Ya casi no pasaba tiempo con mis amigas, pues sabía que podía descontrolarme en cualquier momento. Entraba a mi habitación solo cuando Marie se hallaba demasiado cansada para permanecer despierta mucho rato más, y así podía escaparme casi inmediatamente por la ventana cuando callera dormida.
Teresa no me hablaba. Hacía tiempo que había dejado de sentir lástima por mí y ahora estaba enojada conmigo, casi tanto como yo misma.
Lyan era el único que aun estaba de mi lado. No nos hablábamos tampoco, pero se sentía muy apenado por mí. Aun podía leerle los pensamientos y eso me hacía sentir menos sola.
El clima comenzaba a hacerse cada vez más frío para los humanos. Solo con mirarlos comprendía que tanta ropa debía llevar puesta para no parecer anormal. Los profesores se pasaban de clase en clase, siempre con un café en mano, por lo que junto con el frío intenso y todas las capas de ropa, su capacidad motora se hacía cada vez más mala.
Estaba justo saliendo de la clase de lengua, un día de los más fríos del mes, cuando el profesor Koth, con un montón de cuadernos y papeles en un solo brazo, con el café en otro e intentando pasar por entre los alumnos, tropezó con sus propios pies, o quizá con el viento y dejó caer todo de sus manos con tal de salvar el café.
De lejos, una de sus hojas de apuntes llamó la atención. Estaban anotados en ella, el nombre de Max y todos sus compañeros lobos. A un lado estaba mi nombre entre dos signos de pregunta, como si aun estuviera en duda y al final, luego de un asterisco, se encontraba el nombre de Fred.
No pude leer más, pues fue la primera hoja que recogió. Era obvio que no quería que nadie lo viera.
Me produjo un escalofrío darme cuenta de que alguien estaba sospechando de mi nuevo mundo. No asistí a clases de gimnasia a la hora siguiente y me fui inmediatamente a avistarle a Balthazar.
-¿El profesor de literatura?
Asentí.
Estaba extrañado. No estaba acostumbrado a que se le pasara algo por alto y esperaba que yo me equivocara.
-¿Estás completamente segura?
-A no ser que no confíes en la buena capacidad de visión de una vampira.
-Está bien… le diré a Hanna que revise las cosas de su casillero en la sala de profesores.
-A menos que lo tenga en su habitación.
-Si ella no encuentra nada, revisaré su cuarto. Pero de momento, no creo que un humano sea una complicación verdadera. Lo que me preocupa, es que no hayas tomado sangre desde la muerte del chico.
Hice girar mis ojos en redondo, demostrando mi exasperación. No quería que me viniera con ese tema nuevamente, alguien como no merecía la sangre de ningún ser vivo corriendo por mis venas.
-Me tengo que ir. Mañana me pedirán de seguro un justificativo por haberme ausentado a clases de gimnasia. Si pudieras…
-Sí, sí… No te preocupes…
Sirvió la sangre de la hervidora en mi taza y me la tendió.
-Ahora toma…
Negué con la cabeza y me marché de la cabaña. Debí sortear el recorrido que estaban haciendo los lobitos de Billy en ese momento, para que no fueran a sentirme siquiera y llegué a mi habitación, justo cuando Marie estaba saliendo del baño, con su corta melena rubia aun mojada.
Cerró la puerta tras de sí y arrojó todas sus cosas sobre la cama. Se dejó caer de espaldas sobre su cama, haciendo que un montón de aire con su olor se moviera a su alrededor.
Me descontrolé totalmente y salté de mi cama hacia la puerta, con la misma expresión que habría tenido en vida, que si hubiera querido vomitar. Rodé el pomo de la puerta con una mano, mientras que con la otra me tapaba la nariz y la boca.
El aire fresco en el pasillo me alivió bastante, como si me arrojaran un cubo de agua fría en la cabeza. Aun persistía un leve olor, del de todos los alumnos del internado, pero ya podía sentirme un poco mejor.
-¿Estás bien?
Pegué un gritito nervioso. Era Max… seguiría vigilándome.
-Sí, sí, estoy perfecto…
Y me marché lo más rápido de su lado, hacia el patio, donde el aire libre confundía un poco el aroma de mis compañeros. Me senté en el pasto, con la espalda apoyada en una de las paredes caídas y me dediqué a respirar profundo.
Nadie me veía en mi precario escondite y así pasé varias horas sintiéndome culpable.
Balthazar llegó a mi lado, cuando el sol se había escondido tras las copas de los arboles tras el bosque, y el internado se teñía de un rojizo anaranjado adormecedor.
-Acabo de ver n conejo bien gordo corriendo por el bosque…
Negué con la cabeza.
-Hay pájaros… no tienen mucha sangre, pero te calmaría un poco.
Volví a negar. No, no, no, no…
-Los ratones también son una buena alternativa. La gente los mata solo para deshacerse de ellos, estarías contribuyendo…
-No, Balthazar, solo quiero estar sola un rato.
Él se sentó a mi lado y dio un largo suspiro.
-Si no quieres ir a clases mañana, está bien. Puedes pasar la noche en la cabaña… yo le avisaré a tu compañera de cuarto que te has sentido mal y que vas a pasar la noche en la enfermería.
Levanté la cabeza al cielo y asentí. Me levanté de un salto y me dirigí al bosque casi sin ser consciente de mí alrededor. Sabía que corría peligro con un montón de lobos vigilando el perímetro, pero no estaba de ánimo para ponerme en alerta. Si pasaba algo, me pondría a correr y como había dicho Balthazar… los vampiros éramos bastante más rápidos que ellos.
Entré en la cabaña, casi a paso humano… me sentía totalmente aletargada y aun continuaba sin prestarle atención a nada a mí alrededor.
-¿Clare?
Abrí los ojos como platos al levantar la vista. ¿Qué era lo que estaba haciendo Bob ahí adentro?
Iré hacia mis espaldas, fuera de la cabaña, como si sintiera que todo esto era una trampa. Billy podría haber convencido a Bob de unirse a su causa malvada y ahora estaba atrapada.
Pero también tenía un par de razones para tirarme sobre él. Quería abrazarlo con todas mis fuerzas luego de que pasara tanto tiempo sin que nos viéramos. Y quería probar con mi boca, lo que mi nariz había olido justo al entrar en la cabaña.
-Bob…
-Venía al internado y he sentido un fuerte olor tuyo por aquí… -se mostraba escéptico, como si de pronto no confiara en mí- ¿Qué se supone que este lugar?
Titubeé.
-Yo… yo… Bob, yo también tengo un secreto.
-Sí, Tyler me dijo que estaban saliendo juntos. ¿Por qué no me habías contado?
No sabía porque, pero me había dado el impulso de contarle todo a Bob. No sabía que inventarme, aunque me figuraba que no sería muy difícil pensar en algo. Pero no quería mentirle
-Bob, deberías irte pronto… estoy a punto de matarte.
Mi sinceridad y tranquilidad, le extrañó y asustó tanto como a Fred la noche en que lo había matado. Frunció el ceño e inmediatamente percibió, como lo hacen todas las presas, que yo tenía algo que le hacía querer correr… o en su caso, como hombre lobo, querer atacarme.
-Somos amigos, Clare –me recordó- Yo te he contado todo…
Un extraño sentimiento de remordimiento me invadió y sentí unos deseos enormes de poder confiarle mi secreto a Bob. El no tenía nada que ver con todo lo que planeaba Billy contra mí y seguramente no tendría tanta aversión a los demonios como Max.
Tragué un montón de saliva antes de hablar y desvié mi mirada avergonzada al suelo.
-Promete que no me odiaras… yo nunca quise.
-¿No eres humana? –adivinó- Pero no eres como yo… no… ¿Qué…?
Suspiré hondo y solté todo.
-Soy una maldita chupasangre y lo que más estoy deseando en estos momentos es arrojarme sobre ti y poder alimentarme. No lo he hecho en bastante tiempo.
Bob se sorprendió por un momento, pero su rostro volvió a la calma en un solo segundo. Noté inmediatamente que no quería mostrarse asustado por mí… para que supiera que podía contar con él.
-Clare, yo puedo defenderme… -dijo en tono de broma.
Negué con la cabeza.
-Aun así me siento terrible… además podría hacerte daño. Tu olor me llega hasta aquí –dije apegándome al marco de la puerta, que aun continuaba abierta.
Bob se mantuvo apoyado contra el escritorio de Balthazar.
-¿Cómo pasó? ¿Qué es este lugar? ¿Desde hace cuanto? –sonrió con ternura- Mataré a quien te hiso esto… si es que no te gusta… no pareces feliz. Te dije que si tenías problemas me llamaras. Creo que has tenido más de los que creía posible y aun así no he sabido nada de ti.
Terminé por contarle todo a Bob. Debimos sentarnos lo más lejos el uno de otro, pero mientras más me acostumbraba a su aroma, más cerca podíamos estar. Al cabo de un par de horas, ambos estábamos sentados en cada reposa brazos del sillón, separados únicamente por los tres asientos.
Bob quiso matar a Danna, luego a Max por no intervenir antes de que todo ocurriera. Luego a Billy y también a Balthazar. Les tomó inquina a cada uno de los que había conocido en el internado incluso a Fred y a Lyan. Comenzó a llamar a Marie, como “tu amiga la loca”.
Pero más que preocupado, se mostraba emocionado. Era como si le estuviera contando una historia de aventuras, de acción y fantasía. Imaginaba que todas las historias de hombres lobos que había llegado contando a mi casa, cuando se juntaba con Max, debían de tener algo de verdad. Lástima que no les hubiera tomado atención.
Bob se quedó dormido cerca de las dos de la madrugada, sentado en el sillón. Ya habíamos podido sentarnos uno al lado del otro, pero aun estaba nerviosa por perder el control, por lo que me levanté y me fui a pasar la noche… despierta… en el sillón de Balthazar.
Sabía que esa noche había salido a cazar, así que aun tenía tiempo de explicarle que era lo que hacía Bob en su cabaña secreta.
En la mañana me puse en pié temprano. Debía encontrarme con Balthazar antes de que llegara y se encontrara con mi amigo. No tenía ningún deseo de ir hasta el internado, puesto que ahí el aroma a sangre fresca me enloquecía. Pero no tenía más opciones, él llegaría al bosque por el lado del gimnasio.
Noté que estaban todos en el descanso. Vi a Teresa sentada en las paredes caídas con Marie y a Lyan conversando en el comedor con Harry y… Daniel… creo. Procuré esconderme entre los arboles hasta que tocaran la campana.
El patio quedó vacío en unos cuantos minutos a excepción de la profesora Fielding que miraba hacia el bosque con expresión melancólica.
Salí de entre los árboles y ella dio un saltito de susto.
-Ha… -rayos, ¿Cómo debía llamarla? Era incómodo- Profesora Fielding…
-¿Porqué estás aquí? Balthazar me ha dicho que estás sedienta. ¿Te has alimentado? –su tono era grotesco y despectivo, como si estuviera en una cena criticándome por no saber de modales.
Comencé a caminar hacia ella, con un paso titubeante. ¿Nadie nos veía ahí verdad? Había puesto atención a nuestro entorno entonces y los lobos se hallaban muy lejos para escuchar nada.
-¿Ha visto a Balthazar? Necesito decirle…
Hanna se sacudió el cabello con una de sus regordetas manos y una ráfaga de viento arrojó el aroma dulzón de su sangre hacia mis narices. Seguramente esa pobre mujer tenía diabetes y a mí me parecía perfecto.
Me lancé sobre ella totalmente fuera de mí y le clavé los dientes en el cuello. Me costó un poco encontrar una buena vena en medio de toda esa grasa, pero cuando la sangre broto a borbotones dentro de mi boca, sentí un placer tremendo.
Hanna apenas emitió un débil gruñido de protesta antes de que le rompiera el cuello. Estábamos tendidas en el suelo y una fugaz imagen se cruzó por mi mente produciéndome apenas un cosquilleo de culpabilidad. Realmente parecía un animal sobre su presa, despedazándola, saboreándola… sobre todo saboreándola.
Sus huesos se rompían apenas con un débil crak, que no llegaba a escuchar en medio de mi aturdimiento. La sangre era deliciosa, como el dulce postre luego de la cena. Muy, muy dulce…
Y… ¡Paf!
Alguien me empujó bruscamente, varios metros lejos de mi víctima.


No hay comentarios:
Publicar un comentario