Capítulo 35
(¿Que tal si no pongo ninguna imagen?)
El entrenador Kelem, volvió a hacernos practicar tenis con nuestras antiguas parejas y como la mía había muerto, no lo quedó otra que asignarme al más parecido.
-FRED, VEN AQUÍ QUE ESTA SEÑORITA TE NECESITA –pidió el entrenador son su voz estridente.
A varios nos produjo una mezcla de incomodidad y pesadumbre el que se hubiese equivocado en el nombre de chico, pero este le corrigió extrañado, con una perfecta sonrisa y un marcado seño fruncido.
-Greg, entrenador, me llamo Greg Harrison.
-ESO ES LO QUE HE DICHO, GREG, ES EL ECO DEL GIMNASIO EL QUE LOS HACE OIR OTRAS COSAS –y yo desee que fuera así, que simplemente fueran los nombres los parecidos y no las personas las que nos hicieran confundirnos- AHORA NO ME RETARDES MÁS Y VALLAOS A PRACTICAR.
Entonces nos marchamos a un costado de la cancha de básquetbol y ensayamos los saques, haciéndolos lo más difícil posible, y ensayamos los efectos y procuramos tirarnos lanzamientos difícil para que nos costara contestar. Al rato, ambos estábamos o fingíamos, en mi caso, estar muy cansados, y nos acercamos a conversar un rato, acordando explicar al entrenador, si es que nos preguntaba, que solo estábamos debatiendo algunas ideas.
-Eres bueno –le adulé.
-Eh, gracias, tu igual –dijo sin prestar interés- Oye, Clare, dime una cosa… ¿Cómo se llamaba el chico que murió?
Se me revolvió el estómago al recordar, pero compuse la misma expresión alegre que intentaba mantener a toda costa frente a Greg.
-Fred –respondí.
Asintió complacido.
-Ah, ok, ya lo entiendo. Y supongo que tengo algún parecido…
Muy buen deductor. Suspiré.
-No sabes cuánto.
Asintió con una sonrisa considerándolo simpático e inusual, una respuesta divertida al porqué del trato receloso hacia él y pronto recordé algo que había dicho él mismo. “Yo no he pasado por nada de lo de ustedes y debo ser un bicho raro y entrometido”.
Hiso rodar su raqueta en sus manos un tanto nervioso, sin saber muy bien que podía agregar y supuse que lo mejor sería que volviéramos al juego. Pero el entrenador Kelem se nos adelantó y nos llamó a todos a un lado de la cancha de tenis.
Comenzarían los partidos.
Fui presentando a todos los jugadores a Greg a medida que iban pasando delante de a cuatro.
Cuando fue el turno de nosotros, me sorprendí que apenas nos costara un rato para haber vencido a nuestros contrincantes. Greg y yo no errábamos ni una sola vez.
Cuando estuvimos frente a frente con Max y Kate, disputando el primer lugar, no tuve ninguna duda de que teníamos grandes posibilidades de poder ganarles. Solo esperaba que Kate, se distrajera un poco por el parecido de Greg con su buen amigo Fred y nos otorgara la ventaja.
Realmente fastidiamos al lobito y doy por sentado que Max estuvo a punto de romper la barrera de la humanidad en frente de toda la clase. Nunca le había visto en la necesidad de hacer eso, y estaba muy contenta por nuestra nueva victoria.
Solo habría deseado que Fred hubiera estado vivo para poder disfrutar de esto.
-Vaya, vaya… -dijo Greg con la respiración agitada e intenté imitarle lo mejor posible- me siento un poco culpable
-¿Porqué? –le pregunté.
-Pues pareció por un momento, que mi compañera de juego tenía habilidades más parecidas a las de la mujer maravilla que a las de huna humana común y corriente. Siento que no he hecho nada.
Me estremecí, no podía ser que Fred… Greg, pensara que yo podía tener algo de sobrenatural. Simplemente nos habíamos conocido hacia un día y su comentario había sido una incómoda coincidencia.
Aun así no podía dejar de recordar las sospechas que el profesor Koth albergaba en cuanto a mí y a los lobitos. Estaba casi cien por ciento segura de que a su lista se había agregado un nuevo nombre: Hannah Fielding y que a un lado se hallaba un gran asterisco y que quizá estuviese unido con una línea al nombre de Fred y apuntando con una flecha al mío.
¿Podía un humano cualquiera sacar conclusiones tan certeras como me estaba imaginando? Deseaba que no, y que solo fuera mi paranoia la que le otorgara un poder de deducción tan elevado a un hombre cualquiera.
Pero entonces albergué otro tipo de sospechas más alentadoras, que eran casi tan imposibles como mis primeras ideas.
Fue al día siguiente cuando decidí poner el plan en marcha, el cual, si resultaba como yo esperaba, sería una sorpresa muy, muy grata, y si no, pues no tenía nada que perder y solo me llevaría una decepción muy, muy grande, pero que solo me ganaba, al tener tan incoherentes y banales esperanzas.
Fui a sentarme en mi habitual puesto de matemáticas a un lado de Lyan, luego de haber saludado al mismo, al chico que tenía a su derecha, Greg y a los dos galletas de chocolate con una simple sonrisa.
Ese día era otro de los tantos en que teníamos examen y como había acostumbrado a hacer desde ya hacía bastante, no había estudiado nada. Y ni que hablar lo difícil que estaba.
Penas respondí unas cuatro o cinco preguntas con seguridad y todas las demás las marqué al azar.
Dejé mi pluma en la mesa y esperé a que los demás terminaran, pero antes de que pasara mucho rato, el rabillo de mi ojo sintió un cosquilleo al sentir que me estaban mirando. Giré un poco la cabeza para atrapar a Greg mirándome a hurtadillas.
Desvió la mirada inmediatamente al verse sorprendido, pero yo continué mirando en su dirección decidida a llevar a cabo parte de mi valioso plan.
Me mantuve mirándole por un buen rato, hasta que este decidió hacer lo mismo. Le dirigí una débil sonrisa, que luego de que me la correspondiera, cambié rápidamente a una sonrisa burlona y me rocé con la yema del dedo gordo el pómulo derecho, tal como había hecho con Fred hacía bastante tiempo.
Y ahí estaba. Aunque fue apenas perceptible, la sombra de la sorpresa y perplejidad estaba ahí en su rostro. No podía ser cosa mía, porque a pesar de que aquel débil gesto duró una milésima de segundo, la falsa sonrisa confundida que le siguió a continuación fue suficientemente forzada para echar el suelo todas mis dudas
Ese era Fred. Y al final terminé por contarle todo a Bob esa tarde.
-Estás completamente chalada –se rió de mí- ¿Segura que no escuchas voces en tu cabeza? Ups, ya estamos mal con eso…
Si, si, muy gracioso. Le di un manotazo en el hombro. Estaba hablando en serio, y estaba casi completamente eufórica, por lo que un poco de su apoyo no vendría mal.
-Clare, debes admitir que esas no son pruebas suficientes para desenmascarar al chico. Además, ¿No lo habías matado?
-Quizá solo nos tendió una broma a todos… -sugerí esperanzada.
-Vamos, no digas bobadas… -comenzaba a perder la paciencia realmente- Solo te pido prudencia, no vaya a ser que el pobre Greg te crea una loca psicópata. Si se parece tanto a tu amigo, puede que ustedes se lleven bastante bien de todos modos.
Cedí por el momento, pero estaba decidida a continuar con mi plan de descubrimiento lo más disimuladamente posible.
El segundo fin de semana de Julio, fui obligada por Marie a salir del internado. Se estaba sintiendo culpable dejándome aquí sola mientras ella se divertía en la ciudad. Pero aunque a mí no me producía ningún atractivo el viaje, decidí complacerla.
Nos subimos al autobús escolar a eso de las cuatro de la tarde y partimos hasta el centro de la ciudad, ahí donde había estado de compras con Marie y Teresa hacía tanto tiempo ya. Me parecía realmente una eternidad.
Me senté junto a mi amiga rubia y le presté toda la atención posible al libro de dibujos que me ponía delante. En verdad era una artista genial, pero teniendo sentados justo al otro lado del pasillo del bus, a nada más y a nada menos que a mis vigilantes, no podía concentrarme.
No salían cuando yo me quedaba en el internado y eso me estaba haciendo dudar si Billy les había devuelto el puesto o solo continuaban queriendo protegerme.
O solo desean saber si continuas siendo tan inocente como antes, susurró esa vocecilla interior que siempre quería molestarme.
-Mira, esa es de Tyler. ¿Crees que se parece?
Noté los ojos de Max disimuladamente posados en mí mientras me crispaba.
-Sí, ya lo creo, pasa la hoja –le pedí.
-Lo hice para ti, no está terminado, pero como no los he visto juntos de nuevo, no recuerdo algunos detalles.
Suspiré nerviosamente, removiéndome inquieta en el asiento del transporte.
-¿Se verán hoy? Supongo que no habrías aceptado tan rápidamente en acompañarme si no fuera así –ahora Max tenía la cabeza completamente vuelta hacia nosotras y Anne solo fruncía el ceño- No te preocupes por mí, planeo molestar a Teresa un rato.
Le quité el libro de las manos, con toda la suavidad de la que fui capaz. Le pasé a la hoja rápidamente, para que el rostro afable que había plasmado Marie en grafito, no siguiera mirándome y haciéndome sentir traicionera.
-No, no lo veré.
-¿Y todas esas cartas que te llegan fuera de plazo? Aun no me explico cómo… pero bueno…
Eché un vistazo hacia mi derecha y me encontré con la mirada de Max. Rehuí rápidamente, pero aun podía verle por el rabillo del ojo.
Escuché que Anne le susurraba algo así como que dejase de entrometerse y con su mano empujó la mejilla de Max hasta que le dejó mirando por la ventanilla.
-Que linda es esta –intenté centrar su atención a un dibujo de su madre, para no tener que contestar a la pregunta sobre las cartas- ¿Y qué son estos?
En la siguiente página había un montón de pequeños retratitos. Muchos rostros pertenecías a gente del internado y otros no los conocía en absoluto.
-Es que dibujo a toda la gente que conozco aquí. Como sacarles una foto de carnet. Luego, a los más importantes y cercanos, les concedo un retrato especial.
Observé atentamente. Cada retrato traía un nombre debajo.
Jill O. Penélope S. Brandy L. Helga K. Laura A… estaba Lyan, Harry… oh, y era Nataniel no Daniel como había creído que se llama el segundo galleta de chocolate. Charlotte, Gabbe, Todd, muchas chicas del club de cheerleader, estaba yo, aunque claro, también me había visto antes en un retrato especial.
-Eres una gran artista Marie –le elogié con una enorme sonrisa.
Cuando levanté mis vista del cuadernito para mirarle, pude ver por sobre su rubia cabeza, que los ojos de Max se habían vuelto nuevamente hacia nosotras y eso ya comenzaba a irritarme.
-Gracias –dijo Marie.
Fue una tarde muy agradable la que pasamos en la ciudad. Nos la pasamos la mayor parte del tiempo sentadas en una tienda de comida, tomando una taza de café bien caliente para paliar el frío. Conversamos la mayor parte del tiempo y como no fue nada sobre mí, ni que me relacionara, logré ser una animada partícipe.
Teresa me susurró al oído, cuando veníamos de vuelta al autobús, que estaba muy contenta de que volviera a ser la misma de siempre, y aunque quería que me lo tomara como un cumplido por mi excelente estado de ánimo aquel día, no pude evitar volver a sentirme culpable, por mi falta de disposición los días anteriores.
Ya estábamos de vuelta en el internado cerca de las siete y media de la tarde. El cielo estaba nublado y había oscurecido tanto que podía decirse que era de noche hacía bastante. Hacía frio, además, pero yo solo podía notarlo gracias a las quejas de mis amigas.
Procuré quejarme un poco yo también, antes de que pudiera pasar por bicho raro.
Al día siguiente, Balthazar me mandó a llamar telepáticamente. Fue casi como si me hubiera llegado un telegrama mental. Tan breve, tan falto de sentimiento, que no me ayudaba en nada a saber que esperar.
“Ven” era lo único que me había dicho.
Llegué a la cabaña dentro de pocos minutos. No golpeé la puerta antes de entrar, pero la abrí tan sigilosamente y me asomé con tanto cuidado, que parecía que en vez de estar haciendo una visita, hubiera entrado a robar.
-Pasa y siéntate –me ordenó con un tono cándido y sereno.
Casi pensaba que podía llegar a sonreír. Pero no, no después de lo que había hecho.
-Quiero pedirte disculpas por mi comportamiento –dijo al cabo de un rato- creo que he sido excesivo.
No dije nade, pues no tenía idea si debía darle en la razón, contradecirle atribuyéndome toda la culpa o si simplemente debía callar.
La tercera opción me pareció más certera. Cuando no sabías la respuesta, era mejor omitir, que errar, todo lo contrario a lo que había hecho en mi examen de matemáticas el otro día.
-Debes saber, que mi relación con Hannah, no era tan íntima como para que pudiera afectarme en tal grado su muerte. Lo que más me ha enfurecido ha sido tu falta de conciencia. Te había estado repitiendo desde la muerte del señor Lockwood que bebieras sangre y no cometieras ninguna estupidez, pero al verme ignorado perdí completamente el control mi niña. Odio tanto que me contradigan cuando se trata de un asunto tan serio. –hiso una pausa los bastante larga para que ambos comenzáramos a sentirnos incómodos- Me gustaría que me prometieras que desde ahora ya no tendremos estos problemas sin razón y que intentarás seguir mis consejos por más ilógicos que te parezcan. –adoptó una expresión torturada que nunca había visto nunca en su rostro- Sabes muy bien lo desafortunado que he sido con mis hijos. Yo no he podido criarlos ni verlos crecer y desde que te conozco, he sentido que una fuerte lazo nos ata y por el cariño que he desarrollado hacia ti, no me gustaría nada perderte.
Me sentí conmovida por sus palabras y fue tanta la emoción de ser perdonada, que casi me arrojo por encima del escritorio para poder abrazarle. Pero me contuve. Aun no creía que fuéramos tan cercanos como para darle un abrazo, nuestra relación se parecía más a la que tenían hacía siglos, los hijos con sus padres, cuando apenas podían tartamudear la palabra señor para dirigirse a ellos.
-Me lo prometes ¿No?
Tragué saliva ruidosamente y le sonreí asintiendo con fiereza.
-Te lo prometo, aunque aconsejes que lo más sensato sería arrojarme de un precipicio, te prometo que lo haría.
-Claro –sonrió- de todas formas no morirías.
No hay comentarios:
Publicar un comentario