jueves, 6 de octubre de 2011

Cap. 12 CLARE

(Al fin se ascurre esta Clare...) (Ascurre... con eso quiero decir que al fin pudo hacer calzar algunas piezas del puzle)



Capítulo 12
Permanecimos toda la hora restante de la clase de matemáticas, encerrados en la oficina, por orden de la profesora Button, para reflexionar sobre nuestras acciones. Fred suspiró con fuerza cuando la mujer salió de la habitación y yo, que había estado a punto de llorar en los últimos minutos en los que la profesora me daba un sermón, me relajé tanto como si luego de caer de un barranco, encontrara una colchoneta espumosa sujetándome a mis espaldas.
Fred tomó el encierro para bien. Decía que mientras más clases con esa vieja perdiéramos, mejor sería, así que no tardé en convencerme de que podía disfrutar de eso.
Pero pensar en el castigo me revolvía el estomago con triple fuerza demoledora. Primero, porque lo tendría que cumplir junto con mi NO apreciado compañero de clase. Segundo, porque tendríamos que limpiar los dos baños del edificio de las habitaciones y estos se encontraban repugnantemente sucios. Y tercero, lo peor de todo, era que el castigo se llevaría a cabo el sábado y domingo de este fin de semana. Mi fin de semana con Tyler.
-¿Ahora te arrepientes? –me dijo Fred cuando salíamos de la oficina al tocar la campana del inicio de los quince minutos de descanso.
Pues claro que me arrepentía. Me daban ganas de viajar en el tiempo y patearme la boca cuando le estuviera diciendo a la profesora Button lo que había hecho Fred. Me daban ganas de escabullirme del internado el día del castigo sin que nadie se diera cuenta. Me daban ganas de que fuera posible que nadie se diera cuenta. Pero la vida no era justa.
Me daban ganas de esconderme debajo de una roca por cien años antes que llamar a Tyler y cancelar nuestra especie de cita. Pero tenía que llamarle no solo por eso, sino que también le debía la llamada que se nos había cortado ayer.
Estábamos subiendo las escaleras a mi dormitorio cuando me di cuenta de que Fred aun me estaba siguiendo desde que habíamos salido de la sala de la profesora Button. Le fulminé con la mirada molesta de verlo todavía a mi lado.
-¿Por qué me sigues? No te basta con verme castigada. Ahora tienes que hostigarme con tu presencia.
Puso los ojos en blanco y siguió caminando escaleras arriba.
-Lamento que para llegar a mi habitación también tenga que subir las mismas escaleras  –usó una voz ronca y dobló en la esquina para dirigirse al lado de los chicos.
Me sentí tonta. No me había estado siguiendo, simplemente se dirigía a su cuarto como yo al mío.
Saqué las llaves del banano y me metí en mi habitación vacía. Marie debería estar con sus amigos aprovechando los quince minutos de descanso. Yo ni siquiera sabía que iba a hacer ahí.
Dejé mi cuaderno de matemáticas tirado en el suelo al lado de los demás en la esquina y me tendí en la cama. Tal vez podía llamar a Tyler ahora.
Negué con la cabeza intentando desechar ese pensamiento. Se me ponían los pelos de punta el solo pensar en que le podía decir a Tyler sobre nuestra especie de cita. Quizá podía mentirle y decir que no nos dejaban salir los fines de semana o que ya tenía programada una salida con unas amigas. Pero de todos modos, eso implicaba hablarle y enfrentar todo lo que nos había quedado pendiente.
Podía pedirle la opinión a Marie. Sería un paso más para que nuestra casi especie de amistad fuera consolidándose. Además necesitaba el apoyo de una amiga para estos casos. No me serviría de nada preguntarle a Bob o a Lyan consejos para la vida amorosa de una chica.
Me levanté de mi cama cuando la campana indicó el final del descanso y tomé mis cosas para marcharme a la clase de religión.
Cuando ingresé a la reducida sala de clases y me encontré con miles de pares de ojos mirándome inquisitivamente, entendí porqué me había ido a esconder a mi habitación durante el receso. Estaba huyendo de todas las preguntas que querrían hacerme mis compañeros. ¿En qué líos me había metido a solo un par de días de entrar a clases? ¿Qué había pasado con Fred? ¿Por qué el pómulo morado?
No tardarían en atar cabos y sería conocida como una chica agresiva además de irresponsable y de impuntual. Que mala facha. ¿Quién querría adoptar a un perrito faldero al cual le sale espuma por la boca?
La profesora Fielding había llegado justo un par de segundos antes que yo. Pero eso no me haría problemas, incluso habían varios chicos que habían entrado junto conmigo detrás de la profesora.
Me dirigí al puesto vacío junto a Lyan y todos dejaron de mirarme en cuanto la profesora llamó al orden para explicar la lección de hoy.
Pete y Teresa se volvieron sin prestar atención a las instrucciones de la profesora Fielding y me miraron como lo habían estado haciendo todos mis compañeros de clase cuando había salido de matemáticas con Fred y como ahora.
Pete inició con la pregunta más simple. La que más abarcaba.
-Y bien ¿Qué fue lo que pasó? –que rápido corrían los rumores, teniendo en cuenta que Pete no estaba en la clase de matemáticas.
Pensé por un rato. De todos modos Fred podía encargarse de ensuciar mi nombre contando la verdad y ser conocida como una chica agresiva podía hacer dudar a otros antes de pensar de molestarme. Podía sacar ventaja, pero me moría de vergüenza.
-Recibí una carta y Fred me la quitó de las manos.
Teresa puso los ojos en blanco.
-Hay gente tan estúpida. ¿Decía algo muy importante?
-Para mi si, para los demás… no tenía nada interesante por suerte.
-Aun así te molestó bastante parece… -dijo Lyan con una voz extraña
Parecía como enojado conmigo. Le miré por unos momentos esperando que aclarara el tono en el que había hablado. Pero permaneció mudo y yo continué explicándome como si el tono de Lyan no me hubiera molestado.
-Claro que me molestó. Yo no había leído la carta y no sabía si decía algo privado o  no. Incluso así, no pueden leer tu correspondencia, es privada.
-Entonces tú le golpeaste –concluyó Lyan.
Debí haberlo imaginado. Fred debía de haberle contado todo y me había hecho quedar como la mala de la historia. Quizá sí lo era.
-Entonces le golpeé.
Pete abrió los ojos sorprendido y hasta un poco divertido.
-¿Lo dices enserio? El cardenal en su rostro… ¿Fuiste tú?
Asentí lentamente notando como Lyan parecía notablemente molesto. Era su amigo, claro, y yo la agresiva e irreflexiva.
Giré la cabeza hacia un costado de la sala y vi a Fred. Enfurruñado en su asiento apoyado contra la pared, contestaba con monosílabos y frases cortas, todas las preguntas que le hacían sus compañeros. Se estaban burlando.
Me sentí culpable. Quizá me merecía el castigo mucho más de lo que se lo merecía Fred. Quizá yo debía limpiar tres baños y Fred uno. Sería más justo ¿O no?
-Tienes agallas chica –murmuró Teresa.
-Yo no me habría atrevido a golpearlo, se ve como… -Pete hiso una mueca.
-Se ve como esos chicos de las películas, que meten a los tontos a los contenedores de basura –rió Teresa.
Reí nerviosa. Lyan se había quedado callado y no nos miraba en ningún momento.
-Claro que tú no le habrías pegado. Eres hombre, te devolvería el golpe sin dudas –le comenté a Pete.
La profesora fue pasándonos las biblias nuevamente y luego de que nos explicara paso a paso como buscar los versículos para poder acertar esta vez, nadie hizo nada. Teresa y Pete siguieron adulándome, Lyan continuó en su perpetuo silencio ignorándonos, sobre todo a mí y yo, seguí sintiéndome mal.
No dejé de preguntarme en todo momento, que pasaría a la hora de almuerzo. ¿Lyan seguiría de mal humor hasta entonces? ¿Sería incómodo sentarme en el mismo lado de la mesa que Fred? ¿Se cambiaría de mesa? Podía sentarme con Pete y Teresa o con Marie, Gabbe, Todd,  Diego y… Miriam… Marta… ¿Cómo era?
No creí que pudiera uno sentirse así. Llegar pensando que no encajarías en nada. Luego encajas y desencajas, y vueles a encajar, pero haces una estupidez y dejas de encajar nuevamente. Me sentía sola y tonta y quería estar con Bob y Tyler.
Y si probaba con Max y Anne. Tyler no tendría por qué saberlo y podrían resultar buenos chicos, podía ser el lugar en donde podría encajar. Los dos me habían invitado a almorzar con ellos, no podía resultar demasiado incómodo si a ellos no les molestaba.
Pero no se trataba simplemente del almuerzo. Simplemente son los momentos en los que se tiene oportunidad de buscar un lugar. Me molestaba no saber con quién me juntaría en los descansos y si molestaría en el almuerzo. Inseguridad. Solo buscaba un espacio en donde sentirme cómoda, no fuera de lugar, tranquila, con la seguridad de que puedo pertenecer a algo y sonreír relajada, como en casa.
-¿Se puede llevar el almuerzo a la biblioteca? –pregunté a Teresa sintiéndome tonta. La campana había sonado hacía un par de minutos y todos salíamos de la sala con mucho gusto.
Teresa me había estado hablando de lo mucho que odiaba la religión, cualquiera. Me estaba contando sobre algo de ser ateo a lo que yo no le prestaba atención en medio de mis cavilaciones cuando la interrumpí con mi estúpida pregunta.
-Eh… ¿Qué? ¿Por qué quieres almorzar ahí? ¿Cómo quieres que sepa si se puede o no, cuando yo también soy nueva?
-Oh, claro, solo preguntaba… tenía deseos de leer.
-¿Es porque no quieres almorzar con tu amigo Mejilla-morada? –bromeó.
Sonreí girando la cabeza a un lado. No era tanto por eso, temía que Lyan se hubiera enojado demasiado conmigo. Era lo más cercano a un amigo.
-¿Tú almuerzas con Pete?
-Sí, y con Lyan y tú amigo mejilla-morada. Lyan nos invitó. Siéntate con nosotros, al lado mío si quieres y hablamos de cualquier cosa para no sentirnos incomodas. Pero no me abandones, tú eres mi única amiga mujer aquí, me sentiría extraña rodeada de cavernícolas.
La miré con una enorme sonrisa. ¿Así que no era la única que me sentía de esa manera? Dos piezas que no encajaban, podían ser de otro puzle, entonces ¿Por qué no unirnos? La unión hace la fuerza.
-Bien.
Bien. Si Lyan estaba enojado conmigo y no me invitaba nuevamente a su mesa, no importaba. Teresa ya se había encargado de reintegrarme. Y si tener a Fred en frente podía resultar extraño, al menos tendría a Teresa como apoyo. Una amiga, eso era lo que quería, lo que necesitaba.
Nos sentamos en una paredes caídas echas de grandes piedras color gris claro que se encontraban a unos pocos metros del frondoso bosque. Recordé a Bob y a Max. Si, ambos me debían una explicación. Bob debía decirme por qué estaba aquí y por qué había huido de mí, y Max debía explicarme eso que me había hecho prometer. ¿Cómo sabía lo de Bob? ¿Por qué el bosque era peligroso… para mí? No entendía por qué había enfatizado esas últimas dos palabras. Me sentía igual de vulnerable que cualquier que pudiera entrar al bosque y enfrentarse a cualquier cosa que ahí pudiera encontrar.
Tyler podría haberme explicado un par de cosas de no ser por mi gran bocota que me había metido en un lío innecesario.
Terminé ocupando todo el descanso, en prestar inútilmente, atención al parloteo exagerado de Teresa. Ella se daba cuenta de que algo extraño invadía mis pensamientos, y en vez de ponerme nerviosa con preguntas infructuosas, se limitaba a hablarme de cualquier cosa con tal de distraerme.
Se lo agradecí en el alma. Y así también conseguí llegar justo a la hora de la próxima clase, pudiendo evadir los comentarios con que Anne podría aprovecharse antes del toque de la campana.
Me senté detrás de la chica después de dirigirles un tímido saludo a su amigo y a ella.
El profesor Hargensen ya había hecho silenciar a toda la clase, con su simple presencia. Y no era que diera miedo, ni que fuera autoritario, simplemente infundía respeto.
A la mitad de la hora me llegó un papel con dos mensajes escritos con distintos colores de pluma. El que estaba arriba, escrito con azul era de Max  y el de rosa de Anne. Me sonreí por un instante al ver como compartían el mismo trozo roñoso de papel pero luego comencé a leer.
¿No has ido al bosque? ¿Has hablado con Bob? Sé que debes querer entender un par de cosas, pero ya ves que es más fácil la inocencia de niño antes de saber cómo van las cosas. Max
Podrías sentarte con nosotros en el almuerzo. Digo, con migo y con Max, sería más divertido que tener a todos los demás cavernícolas rodeándonos. Me pareces simpática Clare, y me gustaría saber un par de chismes tuyos. Anne.
Guardé el papel en mi regazo cuando el profesor pasó caminando por mi lado. Explicaba algo de las células a lo que yo no ponía atención. Pero, aunque me interesaba todo lo relacionado con la ciencia y la biología, la nota me había impresionado.
Sería como matar dos pájaros de un tiro, o tres, o cuatro si estaba lo suficientemente animada. Tendría con quien sentarme y no sería incómodo, aprovecharía de saber que tal eran ese par de chicos, podía obtener algunas respuestas de Max. Y si no me equivocaba, y Anne estaba enterada de varias cosas, podía encontrar en ella una amiga a la cual confiar varios de mis secretos.
Cuando sonó la campana recordé a Teresa. En esos momentos debía de estar saliendo de matemáticas con la profesora Button. Pobre de ella. Y más todavía cuando se enterara de que no comería con ella. Pero no lamentaba mi repentino cambio de planes, necesitaba matar pájaros luego, y en la mesa con Lyan solo gastaría mis balas al aire.
Cerré mi cuaderno y tomé mis lápices. Debía comprarme un bolso como los demás, en vez de llevar todo cargando en las manos.
Anne se apoyó en mi mesa y me miró inquisitivamente con sus potentes ojos color avellana y su largo cabello castaño chocolate. El solo mirarla me daba hambre, literalmente, no como podría sucederme con algún chico.
-¿Y qué dices?
Le sonreí ampliamente y levanté mi dedo pulgar en aprobación.
-¡Genial! –exclamó más contenta de lo que podría imaginarme.
Me tomó del brazo y me arrastro junto a Max para tomarle el brazo a él también. Los tres nos dirigimos a la cafetería para unirnos a la cola de la comida.
Un enorme bistec apenas dejando espacio para un acompañamiento de ensalada era lo que me apetecía, pero no había y tuve que conformarme con una presa pequeña de pollo y mucho arroz. Echaba de menos esos asados en casa de Tyler que hacía su padre.
Como los días anteriores, no nos sentamos en los grandes mesones ni en los largos banquillos, sino que nos fuimos al fondo del comedor, donde una sobresaliente en la pared nos servía cómodamente como asientos. Allí nos acomodamos con nuestras bandejas en las piernas entrecruzadas al lado del gran macetero de greda que contenía una planta trepadora.
Busqué con la mirada a Teresa entre la multitud. Esperaba que no se ofendiera por mi decisión de último minuto. Después de todo me había pedido expresamente que no la abandonara y aun así lo había hecho sin pensarlo dos veces.
-No sé que le ves. Es demasiado rubio, parece oso polar –murmuró Anne con la boca llena.
Seguramente se estaba refiriendo a Lyan, al ver que mis ojos buscaban en la misma dirección. Pero yo buscaba a Teresa, y no la encontraba.
-Es solo un amigo… y no le miraba a él.
-Oh… entonces a Fred… ¿Qué fue lo que pasó en realidad? Dicen que le golpeaste, pero no pareces ser una persona descontrolada…
Me rasqué la barbilla. Esperaba respuestas, no preguntas, pero no sabía cómo preguntar.
-Si le golpeé. Supongo que se lo merecía, aunque no debí haberlo hecho.
Max abrió los ojos con sorpresa. No se lo esperaba, pero no parecía molestarle como a Lyan. Anne en cambio sonrió abiertamente como habían hecho Teresa y Pete.
-¿Y qué hiso él? –preguntó Max.
-Leyó una carta que me había llegado…
-Mmm, y ¿Esaw erag do un shiko? –Anne volvió a hablar con la boca llena.
-De un amigo de mi anterior escuela.
-¿Bob? –sugirió Max. Negué con la cabeza- ¿Tyler…?
Asentí. No creía que lo conociera. Solo lo había visto, según yo, en la playa. Pero Tyler conocía a Billy, no cabía duda de que había muchas posibilidades de que se hubieran visto antes.
De repente, una hipótesis, una potencial respuesta más que hipótesis, surgió en mi cabeza jugando con las fechas. Bob y Max se habían conocido hacia un par de años, más o menos la misma fecha en que Bob había conocido al hombre lobo que lo había convertido. De algo no había duda: Max tenía que ver con algo de lo sobrenatural. De otra manera Bob no habría llegado contando a mi casa, todos los fines de semana, historias sobre Lobos y Zombis. Exhalé fuertemente decidida a algo.
-Tú eres un hombre lobo –susurré en dirección a Max.

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