Capitulo 1
Estaba sentada junto a Bob y Tyler en un gigantesco tronco blanco de árbol que había sido arrastrado hasta la playa por el mar, luego del terremoto y posterior tsunami. Estábamos nada más conversando sobre la vida cuando la mano de Bob comenzó a hurguetear al interior de uno de los bolsillos de su chaqueta negra.
-¿Quieres? –me preguntó sacando una cajetilla de cigarrillos y apuntándome el que se encontraba más arriba de todos.
Me sorprendí tontamente y mi expresión debió de ser bastante estúpida, porque Bob y Tyler comenzaron a burlarse de mí con risitas disimuladas dándome leves empujoncitos. Pero no me podía imaginar reaccionando de otra manera. Bob había sido amigo mío desde el jardín de infantes, y nunca en la vida le había visto tomar un cigarrillo.
Tyler podía ser otra cosa. No dejaba de ir a fiestas todos los días que podía y también cuando no podía; bebía descontroladamente algunas ocasiones tomando como pretexto la depresión que le había causado alguna discusión con su madre en la mañana o que alguna chica bonita lo hubiera rechazado para bailar. En general, los dos años que lo conocía me bastaban para afirmar que no era alguien sano.
Bob, divertido por mi expresión anonadada y un poco queriendo tranquilizarme y demostrarme que no pasaba nada, tomó el cigarrillo que me había ofrecido y lo encendió con destreza con un encendedor que sacó de uno de los mismos bolsillos interiores de su chaqueta.
-Bob… -murmuré levantando una ceja con incredulidad.
Se veía extraño, con su aspecto rollizo de niño feliz, ese aspecto al que había querido aferrarme y así verlo siempre como cualquier niño bobo de diez años. No me había dado cuenta de que había crecido y me sentía casi de la misma forma en que se sienten los padres cuando ven a sus hijos partir a la primera fiesta fuera del colegio hasta la una de la madrugada.
Ese pelo claro y esos ojos azules no me parecían más los de un niño bueno. Ahora era como Tyler, como un simple amigo, un buen amigo, pero no más como siempre lo había considerado, un hermano.
-No seas tonta Clare, prueba uno… no va a ser como si te fueras a volver adicta y luego tengas que ir a un centro de rehabilitación.
Medité lo que decía, por un momento, tenía sentido y no parecía malo, pero aun así la idea no me gustaba. Tyler me pegó un codazo y me estremecí. Si él quería que lo intentara, ¿Por qué no hacerle caso a un chico tan guapo como él?
Me removí inquieta en el tronco blandengue del árbol y extendí una mano para recibir el cigarrillo encendido que me ofrecía Bob.
Si mamá lo supiera… pensé por un momento, pero luego recordé lo muy enojada que estaba con ella por querer llevarme a un internado en Morgow. ¿Qué importa si mamá lo sabe?
Tomé el cigarrillo entre mis dedos, viéndome como una completa idiota mientras lo contemplaba horrorizada, pero decidida. Cerré los ojos y me lo acerqué a los labios para aspirar todo lo extraño que hubiera ahí dentro.
Cuando lo hice, el ceño fruncido en mi frente desapareció inmediatamente relajándome; no era tan difícil y para nada malo, pero en uno de esos inusuales y breves momentos de lucidez, me prometí no volver a probar uno nunca más en la vida. Suave como se sentía no era suficiente para encogerme de hombros y decir que mis pulmones me importaban un comino.
-¿Y qué tal? –me preguntó Tyler con sus ojos avellana penetrándome por la curiosidad en cuanto exhalé lentamente el humo hacia el frio aire ventoso.
Pensé que me derretiría ahí mismo, pero antes tenía que confesarle mi opinión sobre algo que a él le gustaba mucho.
-Pues… estuvo bien. Me gustó.
Ambos chicos sonrieron complacidos, como si su bebé al fin estuviera dando sus primeros pasos y aquello los hinchiera de orgullo.
Pero la humillante escena no duró demasiado. Unos ruidos, que no habíamos podido captar antes por el rugido del mar en frente nuestro, nos sobresaltó a los tres haciéndonos girar la cabeza bruscamente hacia atrás para saber qué era lo que había tan cerca a nuestras espaldas.
Unos cascos de caballos rastrillaban en la arena a tan solo unos pocos metros de distancia nuestra. Suspiré aliviada; por un momento había pensado que un psicópata venía con un cuchillo levantado sobre nuestras cabezas para decapitarnos y tirarnos al mar antes de que pudiera decir ¡Achís! Y aunque aquello era una suposición muy demasiado paranoica, no dejé de sentirme incomoda a pesar de que solo eran unos jóvenes andando a caballo.
Tyler y Bob no dejaron de mirarlos con una concentración que nunca, ni en las salas de clases, les había visto utilizar. Pero cada uno se concentraba en algo totalmente distinto, como pude averiguar.
Bob estaba curioso por algo y solo quería reconocer alguna de las caras de los muchachos en la oscuridad. En cambio Tyler estaba más bien ansioso y preocupado; tenía el entrecejo fruncido y la mandíbula apretada marcando los tendones en su esquicito cuello bronceado. Si tan solo estuviera lo suficientemente concentrado para que no notara un beso mío en su garganta, pensé, pero me reprimí al instante. Era mi amigo, no podía ser más aunque le dijera lo mucho que me gustaba, porque ya tenía novia.
Bob se levantó del tronco con una enorme sonrisa en la cara y supuse que su curiosidad había sido saciada y que había encontrado lo que quería. Tyler se levantó de un brinco para flanquearlo como si esperara que algo sucediera.
Me estremecí ante la sola idea de que algo malo pudiera sucederle a mis dos únicos amigos en kilómetros a la redonda. Bueno… en realidad, en todo el mundo.
-¡Max! –exclamó Bob con suma alegría sin darse cuenta de la tensión de Tyler. ¿O era que yo le prestaba demasiada atención?
Me levanté para no quedarme rezagada y perderme aquella escena. Siempre había intentado ser amigable con la gente desconocida, albergando la esperanza de que alguna vez nos pudiéramos hacer amigos. De cierta manera, me parecía a aquellos perros de la calle que en cuanto encuentran a alguien que les arroja un pedazo de pan por simple compasión, se quedan pegados a sus faldas esperando recibir un poco más de aquella inédita amabilidad. Como un perrito faldero. Con Bob nos habíamos hecho amigos por la simple costumbre de tener que pasar siempre juntos en un pueblito pequeño donde éramos vecinos, pero Tyler había caído del cielo y por alguna extraña razón, no le había parecido tan tonta como para alejarse de mí.
Me sacudí la arena de los pantalones con la mano en la que no tenía el cigarrillo y me acerqué a los forasteros, quedándome siempre detrás de mis hombres protectores por si algo salía mal.
-Pero hombre ¡Tanto tiempo sin verte! –exclamó Bob abrazando a la figura menuda que había bajado del caballo hacía tan solo unos instantes.
-¡Hey, mi perro amigo! ¿Cuántos lingotes has perdido desde que me fui? ¿Ya te puedes la cola? –dijo sin que pudiera seguirle el hilo a la conversación que obviamente estaba relacionada con el pasado en el que ellos se habían conocido.
Pensé que se enfadaría, pero simplemente, Bob me miró incomodo lanzándome una de las sonrisas brutas que ponía cuando le sorprendía haciendo tonterías. Como cuando había encontrado revistas de mujeres en bikini debajo de su cama; yo le había mirado con los ojos entrecerrados por la sorpresa y un poco por el enfado, pero no podía recriminarle, pues esas revistas no estaban ni cerca de las que debían de tener algunos chicos desesperados por tener algo desconocido que mirar.
-Ah, no se preocupen –murmuró Max dirigiéndose a mí y a Tyler que estaba casi cubriéndome completamente con su ancha espalda- son tonteras con las que nos entendemos Bob y yo.
Tyler lo fulminó con la mirada y me tomó de un brazo.
-Clare… te voy a dejar a tu casa.
-Pero hombre –le recriminó Bob- no seas tan arrogante y ven a conocer a mis amigos.
Tyler giró los ojos en redondo sin soltarme del brazo, pero pareció convencerse con la simple y mundana suplica que le había hecho Bob. Yo no le habría hecho caso ni aunque me ofreciera todo el oro del mundo si a cambio de eso tenía un paseo a solas con Tyler hasta mi casa.
-El es Max –apuntó al chico de pelo negro… o eso parecía a la oscuridad, un poco pálido… o eso parecía con el poco brillo de la luna, con ojos cafés o negros, o eso parecía bajo esa cascada de pelo que le cubría casi toda la frente y ensombrecía sus ojos, un poco bajo y debilucho, o eso parecía al lado del grandote de Bob- Vino aquí el verano antepasado ¿recuerdas Clare? Cuando estabas totalmente enfadada conmigo por haberte abandonado por un tonto chico sin gracia alguna como las que tú asegurabas tener.
Me sonrojé. No tenía que mencionar los celos despiadados que había sentido cuando de pronto mi amigo, hermano del alma, se mandaba a cambiar con un afuerino que no conocía las costas en la que vivíamos y no dejaba de contar historias locas con las que Bob no paraba de marearme narrandomelas como si no hubiera nada mejor del mundo cuando aceptaba la invitación de mi madre, que no podía rechazar por supuesto, a que viniera a tomar once a casa.
-Como olvidar esos días en los que te vi completamente perdido enamorándote de un chico… -intenté vengarme.
Todos comenzaron a reírse y burlarse de Bob, todos menos Tyler, que había accedido a quedarse, pero no parecía dispuesto a ser amable ni a interactuar con ninguno de los ahí presente.
-¡Venga! No sabía que podía causar ese efecto en los chicos –Graznó Max con una extraña y seductora voz fingiendo creerse la muerte.
-Ah, claro, de ti no se enamoraría ni una mosca y crees que lo voy a hacer yo.
Se oyó un quejido general que ahora dirigía sus burlas al amigo de Bob.
-Eso fue duro –murmuró un chico.
-¿Y bien, Bob? Preséntanos a tus amigos.
Nos señaló haciéndome sentir pavorosa. Ahora era la ridícula hora de mostrar esa estúpida faceta de chica sociable a la que aun no lograba acostumbrarme. Les dirigí una sonrisa que más pareció una mueca gutural al intentar soportar el dolor que me producían los dedos de Tyler enterrados en mi brazo que aun no había soltado.
¿Qué le estaría pasando?
-Bueno, ella es Clare… mi hermanita pequeña, amiga de toda la vida y él es Tyler, mi nuevo compinche. Clare, Tyler, ellos son Max, Billy, Todd y Roger, los tipos más idiotas que he conocido en mi vida –dijo cariñosamente.
Los amigos de Bob se bajaron uno a uno del caballo siguiendo el ejemplo de Max. Fueron descendiendo a medida que los iban nombrando por lo que no tuve ninguna duda de quién era quién. El primero en bajar fue Billy, un grandote de pelo crespo y corto, moreno y musculoso que debía rondar los veintidós años. Le siguió Todd, un chico alto e igual de musculoso, pero parecía más juvenil, incluso más joven que yo; su pelo castaño claro era hermoso y no tardé en envidiarle. Roger era uno de esos típicos busca pleitos, o eso me pareció, con los brazos musculosos repletos de tatuajes y su pelo negro oscuro y grasoso largo y atado en una coleta.
Billy se acercó a Tyler y a mí, como si representara a todo el grupo. Le tendió la mano a Tyler de una manera osca y burlona que me inquietó tremendamente haciéndome imaginar que de un momento a otro se pondrían a pelear.
-Mucho gusto Tyler –él no le devolvió el saludo- ¿El animal más grandote que conozco nos tiene miedo? ¿Por qué tan hostil Tyler? No deberías ser así con tus semejantes.
La sonrisa calmada de Billy parecía burlona. Me pregunté si no se habrían conocido antes todos ellos y aquella presentación solo había sido una pérdida de tiempo invertida en mí. Ambos se fulminaron con la mirada y luego Billy me miró amablemente. Sínico, pensé.
Me tendió la mano y recién me di cuenta de que aun sostenía el cigarrillo entre mis dedos.
-Tan joven y fumando ¿Cuántos años tienes?
Estuve a punto de confesarle de que aquello era de Bob, pero de todos modos a nadie le importaría. Solté la colilla a la arena sin preocuparme de apagarlo, no podía preocuparme de incendiar nada sabiendo que la arena no ardería y que además estábamos demasiado cerca del mar.
-Dieciséis –contesté con voz ronca. Carraspeé.
-Bien –habló por fin Tyler tirándome del brazo hacia atrás como si pensara que Billy pudiera hacerme algún daño- Creo que tenemos que irnos…
Todos los demás chicos miraban confundidos la escena que se desarrollaba a mí alrededor entre Tyler y Billy. Ninguno, al igual que yo, sabía realmente que era lo que había pasado entre los dos chicos, pero estaba claro que no se llevaban bien.
-Bill… -susurró Max un poco consternado- creo que también deberíamos irnos.
Tyler me tiró fuera del grupo antes de que pudiera ver como los demás se marchaban, pero ya no me importó demasiado, tendría a Tyler para mi sola por un buen rato de camino a mi casa.
Aun me enterraba con fuerza los dedos en el brazo.
-Tyler… me está doliendo –murmuré revolviendo el brazo incómodamente.
-Lo siento –dijo en un sombrío tono de voz.
Bajó su mano hasta mi muñeca tomándome más suavemente.
No le pregunté nada en todo el camino aunque me moría de curiosidad. Estaba demasiado tenso aun para que me atreviera a hacerle recordar su extraña furia.
Se despidió de mí en la puerta de mi casa sin que sucediera nada inusual como ocurría en mi imaginación, sino que era otra de las mil veces en que me acompañaba cuando se me hacía tarde, al igual que hacía Bob. Solo éramos buenos amigos y tenía que contentarme con ello.

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