Capítulo 7
Pensé que estaba soñando que me caía de algún lugar, porque me sobresalté de pronto con ese sentimiento espeluznante de haber dado un paso precipitado para bajar de una escalera sin saber dónde empieza el próximo escalón. Pero no era un sueño.
Al entreabrir los ojos después de haber ahogado un grito, vi a los pies de mi cama una figura esbelta de cabellos cortos y dorados la cual parecía estar muy cómoda sentada en un lugar al que nunca la habían invitado
No era un sueño, era mi pesadilla personal como compañera de cuarto. Pero era una niña, una pequeña a la que le debía tener mucha paciencia; solo rogaba tener la suficiente.
Me senté mirándola fijamente con el ceño fruncido, más por la molestia que me producía la luz que por el enojo.
-Marie, no me despiertes así –intenté sonar razonable.
-No te gusta despertar eso es todo. Ya me doy cuenta de que cualquier forma en la que te despierte te disgusta, pero no importa. Tienes que despertar de todas formas porque tenemos que ir a clases.
Lo había olvidado por completo. Clases. Aun estaba tan desacostumbrada a la idea de vivir en un lugar diferente, con personas que no conocía, qué las clases me parecían de otro mundo. Otro punto a mi lista de tortura personal.
Con mi mamá habíamos ido a comprar el uniforme en un viaje rápido de un solo día, hacía más de un mes. Esa salida había arruinado mis vacaciones, pero sabía que no podía rehuir a la realidad por mucho tiempo.
Saqué el uniforme que estaba pulcramente doblado en uno de los cajones de la cómoda blanca antigua y me dirigí al baño. Había cerrado la puerta de la habitación al salir, pero la volví a abrir para preguntarle la hora a Marie.
-Te quedan cinco minutos. Las clases comienzan a las ocho –canturreó sin importarle mi retraso.
Pero no tenía porqué atribuirle a ella mi irresponsabilidad. La culpa era mía solita.
Corrí velozmente por el pasillo musgoso y me metí a los sucios camerinos.
Decidí no bañarme. Por varias razones en las que el tiempo estaba siempre implicado. No alcanzaría a ducharme en cinco minutos y el retraso me costaría una mala reputación con los profesores, aun si lograba llegar a tiempo, no sabía si el pelo mojado pudiera estar en contra del reglamento. Además tenía hambre, si me bañaba y olvidaba el cuento del pelo, no tendría tiempo ni para engullirme unas pocas galletas que tenía guardadas en la mesita de noche.
Lo más sensato era vestirme ignorando lo sucia que me hacía sentir no darme una ducha como la gente decente. Lo hice rápido y corrí de vuelta a sacar las galletas que me servirían de desayuno.
Marie seguía sentada en la esquina de mi cama esperando implacable, o eso me pareció. Pero su rostro continuaba inquebrantable por los sentimientos como siempre.
-Puedes comer por el camino. Yo me quiero ir luego y no alcanzaré a acompañarte a tu clase si no te apuras.
¡Mi clase! Tenía los papeles guardados en algún lugar. Ahí salían los horarios de todas mis clases de este año, pero no sabía donde lo había guardado y ayer ni me había acordado de preocuparme.
Marie movió la cabeza de lado a lada, luciendo decepcionada… decepcionada o cansada o con la paciencia agotada. Era difícil saber lo que pensaba.
-Clare…
-Está bien. Si tienes que irte… yo puedo arreglármelas sola –después de todo nunca había contado con que alguien quisiera mostrarme las salas de clases.
Marie se encogió de hombros haciéndome sentir extraña. Ahora era yo la extraña y ella se comportaba totalmente racional.
Se fue sin volver la espalda, llevando cuatro cuadernos firmemente aferrados a su pecho por ambas manos y con una pluma sostenida en la oreja. Cerró la puerta tras de sí, sin hacer ruido.
Yo me quedé buscando con furia en todos los lugares en los que podía haber guardado los papeles. Mi búsqueda se reducía notablemente, al haber ordenado las maletas la tarde de ayer. Así que solo podían estar escondidos en la mochila, en el bolso, o en el banano.
Miré el reloj a pilas que Marie tenía sobre su mesa de noche. Eran las ocho con un minuto y la angustia se apoderaba de mí.
Rebusqué por todos lados vaciando todo lo que podía ser vaciado y esparciéndolo por el suelo de tal manera, que quien entrara pensaría que alguien había estado saqueando. Pero no importaba, esa era la única forma de encontrar con rapidez lo que buscaba.
Cogí una hoja celeste claro que estaba dividida en cinco cuadros que correspondían a las asignaturas a las que debía asistir ese año. Apenas vislumbré el nombre de mi primera clase, salí corriendo de la habitación sin volver la vista al desastre.
Me dirigí a las salas que había visto en mi recorrido y reduciendo la velocidad solo un poco, me concentré en mirar atentamente cada una de las puertas de madera y leer el grabado en ellas.
Matemáticas. Acerqué mi mano temblorosa al pomo de la puerta suspirando hondamente y obligando a calmar los nervios que me producían saber que el profesor me miraría furioso al llegar a su clase con tanto retraso.
Cerré los ojos sin querer atreverme a ver lo que pasaría cuando entrara en la sala, pero la puerta se abrió antes de que yo me decidiera. Abrí los ojos bruscamente esperando ver el rostro furibundo del profesor de matemáticas.
Lancé un grito ahogado en cuando vi que la mano que había empujado la puerta para abrirla, era de Max. Me sonrió con una mueca y luego miró hacia el interior de la habitación repleta de alumnos ya instalados en sus respectivos pupitres.
No era un profesor el que se acercó a reprendernos, sino una mujer vieja de aspecto anticuado que me aterró más de lo que podía haberme imaginado.
-Señor Stewart, creo que se ha equivocado de clase.
Se rascó la cabeza como si lo hubieran sorprendido en algo vergonzoso y retrocedió un paso.
-Lo sé señorita Button, ya me iba…
Entonces ¿Qué estaba haciendo aquí?
Se retiró mientras la profesora le seguía con la mirada, una mirada fulminante y aterradora. ¿Qué pasaría conmigo?
-Y usted… pase y explique que ha estado haciendo todo este rato para llegar tan tarde –me miró con unos enormes ojos de ave rapaz.
Trague saliva y le seguí hasta su escritorio al frente de la clase, mientras todos mis compañeros me miraban atentamente.
-Estaba durmiendo… -murmuré.
Escuché algunas risitas a mi espalda.
-¿No sabía que tenía clases?
-No me acordaba.
Abrió los ojos. No me imaginaba que pudiera tenerlos más grandes de lo que ya se los había visto.
Le dirigí una sonrisa de disculpa y ella me indicó un asiento; el primero de una fila, justo en frente del escritorio de la profesora Button. Entrecerré los ojos y agaché la cabeza para no toparme con la mirada de ni uno de mis compañeros, que vergüenza.
Eché un vistazo hacia mis costados y me acordé de algo todavía peor.
La profesora Button dio unos golpes secos en mi pupitre, que me hicieron saltar.
-¿Y sus cosas? ¿Cómo piensa trabajar?
-Se me quedaron en mi cuarto.
Puso sus ojos en blanco y yo puse una cara de desconsuelo. Inspiró hondamente y me apuntó a la puerta.
-Valla a buscar sus cosas y no vuelva a interrumpir la clase.
-No se preocupe señorita Button, yo puedo prestarle un cuaderno y una pluma.
Un chico de pelo corto rubio, casi blanco y ojos celeste claro como viendo el cielo detrás de un vidrio tristemente empañado, me tendió amablemente lo que me ofrecía, con una sonrisa encantadora que mostraba sus dientes blancos y perfectos.
-Gracias –murmuré nerviosa al ver que la profesora me miraba ceñuda, pareciendo disgustada por la amabilidad del chico.
Intenté no seguir llamando la atención y me concentré al máximo en anotar todo lo que la profesora nos dictaba. Rellené más de dos planas y media con los apuntes de los contenidos que deberíamos aprender aquel primer semestre.
Notaba a cada segundo como los ojos rapaces de la vieja mujer, me observaban a cada minuto esperando que cometiera alguna otra idiotez, pero ya no me podía sorprender en nada más porque me estaba comportando como la mejor alumna de su clase.
Al final de la hora, la profesora Button se acercó a mi asiento con paso sigiloso, arrastrando los pies y posó una de sus larguiruchas y huesudas manos en el cuaderno del chico que se sentaba a mi derecha en la fila del lado.
Levantó las cejas lentamente y frunció los labios haciendo que su rostro se surcara de diminutas y millones arrugas horribles. Se retiró sin decirme palabra al ver que había trabajado mejor que nadie.
Justo en ese momento sonó la campana que anunciaba el inicio de los quince minutos de descanso antes de la próxima clase. Salí por la puerta que tenía en medio una pequeña ventanita sucia, sin dejar de odiar a mi nueva profesora de matemáticas. Habíamos comenzado mal, pero de todos modos habría sido un fastidio.
Me detuve un momento antes de seguir mi camino en busca de alguien conocido y recordé la generosidad del chico albino.
¿Debía devolverle el cuaderno? ¿Y cómo me llevaría los apuntes? Tendría que pedirle que me lo prestara por un rato más.
Salió del salón segundos después de que me detuviera a esperarlo. Lo acompañaban dos chicos más bajos que él y ambos morenos. Me reí al pensar en ellos como una galleta de chocolate con relleno de vainilla.
El chico me vio riéndome y se acercó a mí.
-¿Qué es lo gracioso? –me preguntó curioso.
-Ohm, nada. Soy Clare Thompson… eh, gracias por… ¿Me lo prestarías…?
Hiso un gesto de desprecio con la mano.
-Nah, no es nada. Quédatelo, es un regalo.
-¿En serio? ¿No te faltará uno? ¿Tengo varios en mi cuarto? Te puedo dar uno de vuelta, así no tendría que copiar los apuntes de nuevo.
Me rugieron las tripas, tan fuerte, que algunos chicos a unos metros de distancia, se volvieron a ver que era aquel ruido. Me cubrí el estómago con ambos brazos y con el cuaderno del chico… no me había dicho su nombre.
-Vamos a buscar un cuaderno a tu cuarto y luego te invito a una colación –sugirió amablemente- ¿No desayunaste?
-Me quedé dormida
-Cierto. ¿Vamos?
¿Es que nunca se cansaba de ser amable? Bueno, por mi, que fuera amable cuanto quisiera, me sentía más cómoda con gente así.
-Vamos
Salimos por el ancho pasillo conversando para conocernos y para distraerme del hambre que tenía. Lyan, era su nombre, se presentó después de un rato, descubriendo que haberlo hecho antes habría sido un poco más apropiado. Me contó que jugaba futbol en el equipo del colegio y que prefería una taza de té antes que el café. Se veía simpático y relajado, tanto así que sin recordarme a Bob, me hiso sentir bastante cómoda y no tardé en sentir un gran aprecio por él.
Caminamos hasta el edificio de los dormitorios y subimos por las escaleras del lado izquierdo (de las chicas) hasta el segundo piso. Comencé a sacar mis llaves desde el banano que tenía amarrado a la cintura. Me lo había llevado rápidamente esta mañana, actuando intuitivamente en medio de mi desesperación.
Pero la puerta estaba abierta. Marie debía de haber vuelto a hacer…
¡Oh! Dios, Marie estaba con los ojos abiertos como platos mirando el desastre que había en la habitación. Pero eso no era lo peor; a su lado se encontraba un hombre alto y guapo –uno de los maestros, pensé- y una señora regordeta que inspeccionaba todo el cuarto.
-¡Cielos! ¿Qué pasó aquí? –exclamó Lyan viendo la cara roja del llanto de Marie.
-Creemos que alguien le ha tendido una jugarreta a Clare, a menos –el hombre alto de pelo oscuro y ojos celeste intenso que me recordaban a los míos, me señaló- ¿Puede decirnos si le falta algo?
Se veía relajado, pero eso no logró calmarme. Me había puesto roja como un tomate y se me ponían los pelos de punta confesar en frente de todos, que aquel desastre los había dejado yo, en mi apuro.
-Yo… yo… -tartamudeé con vergüenza- lo siento… eh… estaba buscando mi horario en la mañana y… estaba apurada. Yo… yo hice este desastre…
Marie frunció el ceño dándole un aspecto aterrador a sus ojos enrojecidos y su rostro angelical. La señora rolliza giró los ojos en redondo haciendo una mueca de frustración. Y el hombre guapo, el más hermoso hombre que había visto en mi vida suspiró con alivio.
-Bueno, esto fue solo un mal entendido. Hannah, vámonos, no hay nada más que hacer acá, Clare se encargará de volver todo a su lugar –salió de mi habitación posando una de sus manos fuertes en mi hombro, casi expresándome cariño.
Le miré de reojo al salir y suspiré aliviada. Por un momento había pensado que me castigarían o algo parecido, por el susto que les había dado a todos. Ahora tendría que disculparme con Marie y de alguna forma enfrentar las risotadas que Lyan ya comenzaba a lanzar al aire desde el umbral de la puerta.
-Clare, casi me matas de un susto –dijo Marie secándose las lágrimas y escondiendo su rostro mientras fingía ordenar su cama ya hecha.
-Lo siento, Marie, no planeaba… estaba muy apurada en la mañana, tú me viste y luego no encontraba mi horario…
-¡Oh, vamos! No es para tanto. Clare, toma tu cuaderno, nos vamos al comedor y luego ordenas toda esta porquería. Nadie más va entrar a este cuarto a menos que sepa que ha pasado, no corres el riesgo de matar a nadie de un susto nuevamente –intentó calmar su risa- ¿Esos son tus libros?
Apuntó a la pila de libros que había traído desde mi casa. Al lado estaba amontonados ordenadamente siete cuadernos que había destinado para mis clases. Tomé uno color rojo y se lo entregué a Lyan.
-Rojo por rojo –el cuaderno que él me había entregado también era rojo.
-Algún día me vas a prestar alguno de esos libros.
-Ok –me rugieron las tripas- Marie ¿Quieres acompañarnos al comedor?
-No, no tengo hambre, tomé desayuno en la mañana. Acostumbro levantarme a tiempo –murmuró con su vos tranquila de niña buena, pero en el fondo parecía un poco resentida.
Salimos de la habitación y de inmediato Lyan comenzó a burlarse de mi desorden. Había tomado confianza demasiado rápido, pensé, pero era agradable, me hacía sentir como en casa.
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