Capítulo 4
En cuando cerré la puerta a mis espaldas, alguien golpeó esperando que le abrieran. ¿Qué querría?
La chica rubia de cabello corto que se miraba en el espejo me quedó mirando con ojos grandes, por la curiosidad. Me sonrió brevemente en cuanto entré a la habitación y yo le correspondí el saludo antes de volver a abrir.
Max estaba sonriendo tontamente con una sonrisa torcida. Le había dejado afuera con todas mis cosas. ¡Cielos, que estúpida!
-Te ayudo a entrar las cosas… -sugirió.
-No, está bien… yo puedo sola –comencé a quitarle mis cosas casi sin nada de delicadeza- Creo que hay más chicas complicadas con el equipaje ahí abajo.
Volteó la cabeza hacia donde le apuntaba y miró por el balcón hacía la entrada del internado. En efecto, habían muchas chicas con mi mismo problema y resultaba una escusa amable para deshacerme de quien Tyler quería que no me hiciera amiga. Siempre hacía lo que ellos, mis amigos, me decían y quizá eso no era bueno, pero no me gustaba defraudarlos.
-Bien, adiós –se despidió con un risita.
-Adiós.
Arrojé mis cosas en la cama que daba al lado de la ventana. Me sorprendió que la chica rubia no la quisiera, siempre había creído que la ventana era uno de los motivos de guerra en buses, aviones y habitaciones. Pero resulté privilegiada.
Me senté al borde de mi cama y me quedé mirando a la chica que a su vez también me miraba.
Parecía un duendecito. Uno muy maquillado, porque su rostro blanco apenas mostraba su tez natural. Quizá solo estaba probando por primera vez ante el espejo, porque realmente no parecía tener mucha experiencia. Sus ojos celestes eran enormes y estaban abiertos de par en par, pero no era curiosidad, ella era así. Su melena rubia apenas le llegaba un par de centímetros más abajo de su mandíbula. Me sonrió y unos hoyuelos se marcaron a cada lado de sus redondas mejillas. Parecía tan pequeñita con su rostro en forma de corazón y esos ojos inocentes, que no pude evitar la sonrisa que curvó casi a la fuerza mis rojos labios.
-Hola –saludé quebrando el silencio- soy Clare.
-Si escuché, Clare Thompson. Yo me llamo Marie Vivian Twain Hosking. ¿Era Max el chico que te trajo las cosas?
Entonces ella no era nueva como yo, pero parecía tan tímida que creí que aun estaba nerviosa por haber llegado al internado.
-Sí ¿Tú ya eres de aquí? Quiero decir, ¿Si has estado antes?
-Estoy desde hace seis años, sin contar este. Clare, ¿Te doy un consejo?
-¿Cual?
-Creo que esos chicos… Max y sus amigos… no son muy simpáticos.
Si, ya me lo habían dicho. ¿Qué sería que todos me advertían sobre ellos? Pero entre la advertencia de Tyler y la de Marie había una gran diferencia, mi amigo me lo había pedido en un tono sombrío, como si quisiera cuidarme de algo, en cambio la chica me lo estaba sugiriendo, porque nada más no les caían bien.
-Supongo –murmuré.
Comencé a sacar la ropa de mi maleta. Mientras más temprano me decidiera a ordenar, más rápido me sentiría en casa, así que fui dejando pulcramente dobladas, las sudaderas en un cajón, los pantalones en otro, la ropa de invierno, mis gorros, bufandas y guantes, mis maquillajes sobre la cómoda que era exactamente igual a la de Marie, de un color blanco desgastado y con un bonito espejo antiguo en frente.
La chica seguía mirándome mientras hacía todas mis cosas. Me sentía incomoda con sus ojos clavados a mi espalda, pero la ignoré lo más que pude.
Dejé mis libros en una esquina de mi lado de la habitación añorando tener de vuelta mi estantería gigante en la que en mi casa parecía una enorme biblioteca. Tendría que comprarme al menos un pequeño librero con mis ahorros; no podía darles aquel trato a mis más apreciados libros.
-¿Lo conoces? –dijo de pronto.
-¿Quién? ¿A Julio Verne? Si, es uno de mis escritores favoritos.
-No, me refiero a los chicos, esos… A Max.
-Eh, lo conocí en la playa hace una semana… no lo recordaba hasta ahora. Voy al baño. ¿Dónde está el baño?
Aquella chica me ponía nerviosa. ¿Eran sus ojos? Unas enormes esferas celestes que no se despegaban de mí, como algo pegajoso que me hundía y me hundía. ¡Ah! Que ojos más incómodos.
-Al final del pasillo.
Y su voz.
Salí de la habitación a pasos agigantados y me dirigí al pasillo en la dirección que me había indicado Marie.
La puerta del baño era una puerta de madera podrida por la humedad. En cuanto la abrí, crujió algo y pensé que la había roto, pero inspeccionándola no pude ver ni una falla hasta que me apoyé demasiado fuerte en ella y le saqué un pedazo.
Lo tiré al suelo disimulando. Si me veían ahí adentro con el pedazo de madera en la mano, sería demasiado obvio, pero la evidencia estaba ahora a varios metros alejada de mí.
Largué el agua de uno de los lavabos viejos sucios, casi amarillentos, y me empapé la cara para poder despertar. Aun estaba a punto de caer dormida en cualquier segundo por el sueño, nunca me había despertado tan temprano estando en vacaciones y menos para levantarme a sacar todas las cosas de mi cuarto y convencerme de que podría hacerlas caber en un par de maletas.
Me sequé la cara con la manga del polerón y me dediqué a observar a mí alrededor. No me había dado cuenta, pero todo estaba asqueroso, era el baño más antihigiénico que había visto en toda mi vida. Las paredes estaban cubiertas de hongos negros y el piso de madera estaba hinchado de humedad y cubierto de moho verde por las esquinas. Las duchas de metal estaban oxidadas y…
¡Oh! Las ratas cruzaban por el suelo como si fueran dueñas del lugar.
Decidí irme de ahí. Con eso, mi manía de bañarme todos los días se acabaría por fin. Nadie querría pasar demasiado tiempo en ese lugar. Pero tampoco quise volver a mi habitación con mi nueva extraña compañera, así que pensé en recorrer el lugar con la intención de familiarizarme con mi nuevo territorio.
El edificio era antiguo, al menos el ala norte donde yo me encontraba, solo habían algunas instalaciones más nuevas en la parte posterior, que correspondían a algunas de las salas de clases. Más atrás, si se podía decir en el jardín posterior del internado, había un bosque que subía hasta el cerro. Me dio escalofríos pasar por ahí, pero al menos era el único lugar que parecía tener aire limpio para respirar.
Las habitaciones de las chicas estaban en el lado izquierdo del primer, segundo y tercer piso, del primer edificio. Los chicos se encontraban justamente en el lado opuesto, por lo que nos comunicaba un pasillo en redondo.
El comedor estaba cruzando por un patio techado que únicamente en los días de invierno, nos podría proteger de la lluvia sin viento, pero de no ser así, la lluvia se colaría por los costados sin paredes que le impidieran el paso.
No había nadie comiendo cuando entré en el gran salón del comedor, pero había algunos como yo que daban una vuelta de curiosos y otros que se sentaban en los enormes mesones a conversar.
Las salas, estaban todas cerradas con llave, así que solo pude echar un vistazo por una pequeña ventanilla que había en medio de la puerta agrietada de madera.
Cuando venía de vuelta a mi habitación, una chica de pelo largo, casi tan largo como el mío, castaño y ondulado que ondeaba en su espalda mientras caminaba, me saludó con una mano en alto, como si fuéramos viajas amigas.
Me pasó el brazo por sobre los hombros y me miró con una enorme sonrisa. No, no se había equivocado de persona como me había imaginado.
-Hola, tu eres nueva. Yo conozco a todos aquí y estoy en busca de los novatos para enseñarles las reglas.
-Eh… -fruncí el ceño- ¿Estas de broma?
-Sí, no, un poco. Pero me gusta enseñarles a los nuevos. Me siento… importante –dijo aquello último con un suspiro que la hinchió de orgullo.
La miré de reojo y puse mis ojos en blanco. Era más baja que yo pero parecía tener un enorme poder sobre las personas, porque aunque ya había recorrido el internado entero, acepté que me hiciera una presentación especial.
Era bastante simpática. Un poco loca, pero de la manera que a mí me gustaba, como lo eran Bob y Tyler.
Le di las gracias cuando me devolvió a mi habitación con la escusa de que tenía que ordenar mis cosas. No era que no me hubiera aburrido de la chica, sino que estaba demasiado cansada para seguir caminando e incluso para seguir hablando.
Así que en cuanto me tendí en mi cama le pedí un favor a Marie.
-Despiértame a la hora de almuerzo.
-Falta casi una hora, no alcanzaras a dormir.
-Yo me duermo rápido cuando estoy cansada. Despiértame cuando nos llamen a comer –repetí sintiéndome importante, como se sentía Anne con migo.
Caí en los brazos de Morfeo sin que me diera cuenta. Otros días, la mayoría de los días, me daba vueltas y vueltas en la cama antes de poder rendirme ante la inconsciencia. Ahora ya me encontraba tan cansada de antemano, que las vueltas no fueron necesarias para gastar las energías que podrían quedarme. Me dormí enseguida, como le había dicho a Marie.
Un viento se coló por la ventana haciéndome sentir cosquillas. Aun no quería abrir los ojos, Marie tendría que avisarme cuando fuera hora de despertar. Cerré los ojos con fuerzas.
Pero el viento siguió soplando con insistencia. ¿Por qué no había cerrado la ventana antes? Creí que la brisa fresca sería relajante, pero el viento que soplaba en mi cara era tibio y espeso.
Entreabrí los ojos con molestia. Vi una cara redonda en frente de mí a apenas cinco centímetros de distancia.
Me sobresalté cuando ésta volvió a soplarme en la cara.
-¡Oh! Marie, ¿No tenías una forma más sensata de despertarme? Esto es molesto.
Sonrió triunfante. Me molesté aun más.
-Pero te he despertado y eso cuenta…
Fruncí el ceño enojadísima. Si la chica conociera mis manías no tendría más remedio que aguantarse el golpe que se llevaría, pero mi madre, Bob y Tyler eran los únicos que conocían el genio que tenía al despertar. Era una verdadera bestia furiosa.
Eché las sábanas hacia atrás con violencia y Marie se levantó de golpe al ver mi reacción.
-Lo siento… no creí que te molestaría tanto.
-Está bien. Así soy cuando despierto, lo siento.
Se me quedó mirando con esos ojos saltones que tan nerviosa me ponían mientras yo me peinaba en el espejo de mi lado de la habitación.
-¿Te sientas con nosotros? –preguntó con una voz distinta que me hiso latir el corazón con fuerza.
Como había cambiado. Me volví a mirarle esperando encontrar a otra Marie, pero no, era la misma. ¿Estaría compartiendo mi cuarto con una loca?
Sacudí mi cabeza y me obligue a preguntar:
-¿Quiénes nosotros? –dije, pero pensé que de todos modos no importaría.
Me sentara con quien me sentara sería alguien desconocido.
-Conmigo y mis amigos… ¿Vamos?
-Vamos.
Me tomó de la muñeca haciéndome sentir una de las muñecas de trapo de alguna niña pequeña y me arrastró hasta el comedor que ahora estaba tan lleno como nunca me lo había imaginado después de haberlo conocido vacío esta mañana.
Apenas se podía caminar entre el tumulto de gente, pero para mi sorpresa no nos fue difícil encontrar un espacio vacío en el largo mesón de madera, luego de habernos comprado la comida. Nos sentamos en el largo banquillo que recorría cada lado del mesón de más de cuatro metros de largo y Marie comenzó a saludar a sus amigas con una sonrisa radiante.
Yo, más cohibida que nunca, solo lograba saludar a todos aquellos chicos con una débil sonrisa y un asentimiento de cabeza. Solo quería encontrar a la simpática Anne salva novatos, pero estaba justamente donde menos la quería encontrar.
Estaba sentada junto a uno de los amigotes de Billy uno que no había visto en la playa, pero que conversaba alegremente con Max. ¿Sería ella una de las amigas de Billy con las que Tyler no quería que me juntara? Tyler no había nombrado mujeres y me parecía demasiado amable para no querer ser su perrito faldero por un rato.
Levantó la mano en cuanto me vio y me ofreció un sitio libre a su lado.
No, no iría con ella, no mientras estuvieran esos chicos ahí cerca. Billy había tratado bastante mal a Tyler aquella noche y yo ya le había agarrado manía. Pero él no estaba en el internado, parecía demasiado mayor. Si sus amigos eran tal como ese bruto, prefería mil veces mantenerme alejada.
Sonreí meneando la cabeza de lado a lado ofreciéndole las gracias por su amabilidad y dándole a entender que ya estaba anotada a comer con el grupito con el que estaba ahora.
Ella se encogió de hombros y me sonrió en despedida.
Y cuando ya creía que me había librado de su mirada, otra más comenzó a hacerme señas.
Desde la misma mesa de Anne, Max me saludó con la mano, pero no se limitó a llamarme desde su lugar, sino que se levantó con bandeja en mano y se dirigió en mi dirección.
Me puse tensa y quizá también mi rostro cambió su palidez por un tinte rojizo y vergonzoso.
Marie me miró ceñuda cuando lo vio venir, pero solo agaché la cabeza y fingí que no me había dado cuenta de nada. Tomé el tenedor y pinché una salchicha echándomela a la boca justo cuando llegó a mi lado.
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