jueves, 6 de octubre de 2011

Octavo Cap. CLARE

Porque yo sé muy bien los planes que tengo para vosotros —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de daros un futuro y una esperanza.
Jeremías 29:11

El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus obras.
El Señor está cerca de quienes lo invocan, de quienes lo invocan de verdad.
Salmo 145:17-18

Ama a tu prójimo como a ti mismo. El amor no perjudica al prójimo.
Romanos 13:9b-10a


Capítulo 8
Cuando llegamos al comedor que estaba totalmente vacío salvo por algunos grupos pequeños que conversaban en vos baja. Nos sentamos en la esquina de una de los largos mesones uno en frente del otro. Mi estomago gruñó salvaje y recordamos a lo que habíamos ido.
Lyan se levantó de su asiento, haciéndome un gesto para que permaneciera donde me encontraba. Juntó los dedos índice y pulgar de la mano derecha tomando un lápiz imaginario y con la izquierda, sostuvo una pequeña libreta de apuntes, también imaginaria, para servirme de mesero.
-¿Qué se le ofrece? –dijo en tono servicial.
-Mmm, ¿Tiene menú? –le seguí el juego.
-No…
-¿Qué me recomienda?
-El té es lo que más me gusta, pero si prefiere el café, sepa que tenemos el mejor. Un pastel de limón le serviría de desayuno, pero escuchando sus tripas rugiendo, creo que sería más apropiada una vaca entera.
Me reí disimuladamente para no estropear la escena. Él seguía serio ofreciéndome.
-Le traeré una taza de leche con cereales…
-No, tráigame el pastel de limón con una taza de café… una de azúcar.
Se retiró hacia la cafetera que estaba en un mesón cerca de la comida, para que los alumnos y profesores los tomaran gratis cuando quisieran. Lyan lo hiso funcionar mientras pagaba por dos trozos de pastel de limón.
Volvió a la esquina del gran mesón y colocó la taza de café y los dos trozos de pastel, en frente mío.
-Yo no tengo hambre –explicó.
Ladeé mi cabeza con cara de pena. Me hacía sentir mal comiéndome lo que él había pagado. Y doble.
-¿Cuánto costó?
-Lo que me cobraron. Vamos, si no importa. ¿Para qué está el dinero si no lo ocupas?
-Para ocuparlo en otra cosa o ahorrarlo.
-¿Crees que el pastel aumentaría demasiado mis ahorros?
Rodé mis ojos y le di un mordisco al pastel, dándome por vencida. Al menos tenía que ser agradecida.
-Está esquicito, muchas gracias.
Apenas hablamos un poco, mientras me tragaba a la rápida todo lo que pudiera comerse. La campana de ingreso a clases sonaría prontamente y no quería llegar tarde y menos con el estomago vacío. Una vez me había sucedido que no había tomado desayuno y me había desmayado en clases. No quería que eso me ocurriera el primer día.
El comedor se fue vaciando poco a poco hasta que el final fuimos las únicas personas ahí. Tomé el último sorbo de mi café y me levanté apresurada justo cuando la campana sonaba.
-Supongo que nos vemos después –murmuramos a la vez.
-Tengo… -dije revisando mi horario, mientras caminábamos de vuelta a las salas de clases- Religión… uhm… en mi otra escuela no teníamos ese ramo.
-No tienes que hacer mucho. Si te sientas con la persona indicada, puedes pasarte la hora conversando sin que te digan nada.
-No conozco a nadie… bueno a Marie, a Gabbe y Todd, a Anne y a Max.
-¿Y yo que soy?
-¿Tienes religión?
Sonrió triunfante. Y yo me sentí feliz, feliz, feliz. De todas las personas que había conocido, Lyan era la más agradable, por lo menos hasta el momento. Y esperaba que siguiera siendo así.
Llegamos al salón junto con un montón de chicos. Se sentía bien llegar a tiempo y que nadie te dirigiera una mirada hostil como la de la profesora Button. Algunos profesores deberían entender que no todo es demasiado fácil cuando uno es nuevo un lugar. Algunos profesores como esa mujer odiosa y vieja de la primera hora.
Los pupitres eran dobles. Debía de ser una elección del profesor para que los chicos se sintieran menos reacios a su clase, porque en los demás salones, me había dado cuenta en mi recorrido de ayer, estaban todas las mesas separadas en filas individuales. Nos sentamos con Lyan en uno de las mesas que estaban al fondo de la clase.
Anne y Todd también estaba ahí. Los saludé con una sonrisa cuando la profesora entró a la sala. Era la regordeta que había estado en mi habitación hacía unos minutos. Bufé por lo bajo. Ahora tenía otra profesora en mi contra. Era la chica irresponsabilidad para una y la chica caos para otra, no parecía estarme yendo bien con la reputación.
Había dejado el cuaderno rojo que Lyan me había dado, en mi habitación, y había traído solo dos más para las clases que me faltaban. Tomé uno azul y el otro lo dejé en la rejilla debajo de la mesa como hacían también todos los demás.
-Lyan ¿Me vuelves a prestar tu lápiz? Creo que me acordé de los cuadernos solamente.
Sonrió moviendo la cabeza de lado a lado y suspirando me entregó la pluma que había utilizado en matemáticas.
-No tienes muy buena memoria.
-No cuando estoy nerviosa…
-Ya te acostumbrarás, no te preocupes.
La profesora Fielding se presentó a los nuevos dirigiéndome una extraña mirada que no supe descifrar. Ella escribió los contenidos en el pizarrón y mientras los más dedicados, religiosos y necesitados de reputación, nos poníamos a escribir, explicó la actividad de la clase de hoy.
-Formen grupos de cuatro. Yo les entregaré una biblia. Si tienen alguna pregunta, solo llámenme a sus puestos. No griten, levanten la mano.
Dos chicos que se sentaban delante de nosotros se dieron la vuelta y nos preguntaron si queríamos trabajar juntos. Por supuesto que les dije que sí en el preciso momento en el que mi lado de perrito faldero salía flote. Mientras más amistades que me amparen, mejor.
La profesora, que llevaba un delantal blanco con la mayoría de los botones desabrochados a causa de su contextura, fue recorriendo los puestos entregando unos enormes libros que llevaba apilados en uno de sus brazos. Gruñí en silencio comprendiendo que la actividad me resultaría mucho más difícil de lo que creía. No era católica, así que no conocía la biblia y menos sabía buscar los versículos dentro de ella.
-Me llamo Pete y ella es Teresa. Somos nuevos, así que no tenemos idea de cómo se buscan los “persículos”.
Lyan y yo reímos. Al menos yo sabía que no se llamaban “persículos” sino, versículos. Pero de todos modos, no tenía idea de que eran esas cosas.
-Yo también soy nueva –comenté mirando a Lyan.
Era el único que podía salvarnos.
Levantó las cejas y mostrando los dientes, suspiró tan profundo, que casi se traga a la biblia misma. Eso era bastante, ya que la biblia que teníamos encima de nuestros bancos eran los más grandes libros que había visto nunca; y yo leía mucho. Al parecer, él tampoco comprendía mucho de estas cosas, pero tenía que poner todo su empeño.
-Bien, por lo que sé la biblia se divide en cuatro libros, Marcos, Lucas, Juan… ¿Eran tres o no recuerdo el nombre del otro? ¿O eso era en el nuevo testamento?
Si Lyan no sabía de eso incluso estando en un colegio católico, entonces ¿Qué tan ignorante era yo?
Fuimos un desastre. Estuvimos buscando capítulos y versículos por más de media hora y cuando la profesora se acercó a revisar lo que habíamos logrado hacer, nos informó con una mueca de disgusto, que todo lo que habíamos anotado era incorrecto. Las citas que correspondían a un capítulo, la habíamos anotado en los versículos, así que nos sentimos terriblemente estúpidos.
Nos reímos como nunca cuando Pete preguntó por “Ateo”, pero descubrimos luego, que era el uno de los autores de uno de los evangelios del que Lyan no se acordaba. Solo que le faltaba una “M”.
-¡MATEO! –exclamó todo mi grupo al unísono.
Nos miraron como bichos raros, pero no hicimos caso. Me sentía demasiado cómoda entre ellos para sentir vergüenza. Recordé las veces en que con Tyler y Bob, nos pasábamos gritando por la calle letras de canciones pareciendo borrachos y sin importarnos nada.
Salimos juntos los tres de la sala cuando terminó la clase. Lyan se había quedado conversando con unos amigos.
Esperaba pedirles a ambos que me acompañaran a mi cuarto a buscar un lápiz de los míos. Lyan no estaría en ciencias, mi próxima clase, para prestarme algo más que se me hubiera olvidado. Pero Teresa me tomó del codo y me tironeó hasta el baño, lejos de todas las miradas. Estaba muy nerviosa y me miraba con cara de pánico.
Me asuste. ¿Qué había hecho ahora? Ella no había visto mi cuarto, no tenía de que asustarse. Já. Reí en mis pensamientos. Lo que le pasara no tenía por qué ser mi culpa. Quizá necesitaba relajarme un poco, yo no podía ser la única que tenía problemas su primer día de clases.
Se encerró en uno de los casilleros de inodoros y me susurró desde dentro:
-¿No hay nadie más?
No había habido nadie cuando llegamos a los sucios baños. ¿Por qué pensaba que alguien se podía aparecer de repente? Bueno, estaba nerviosa, quizá no se había fijado.
-No, no hay nadie. ¿Qué pasa?
-Tengo un pequeño “problema femenino” –murmuró.
Enseguida comprendí su pánico. Nadie querría ser vista con una enorme mancha café en su trasero. ¿Qué debía hacer ahora?
-Teresa…
-Sí, si, si, debí estar preparada, pero… -hiso una pausa- soy nueva en eso aunque no me creas.
¿Cuántos años tenía? Yo me recordaba con estos “problemas femeninos” desde los diez años. De eso ya habían pasado seis y no podía imaginarme un mes sin que tuviera que sufrir las consecuencias.
-El próximo mes cumplo los quince, me adelantaron un curso. Lo sé, aun así soy muy mayor, pero es de genética. Mi mamá… ¡Oh, bueno! ¿Por qué te estoy dando tantas explicaciones? Solo… ¿Me puedes ayudar?
Bien, eso explicaba las cosas, en parte. Como ella decía, catorce años, no era ser lo suficientemente joven para no estar acostumbrada a estos problemas de mujer. Pero de cualquier modo, ella necesitaba ayuda. Tenía que ir a buscar a mi cuarto alguna toalla higiénica y quizá… podría necesitar ropa interior. Estaba dispuesta a prestarle ropa, unos pantalones o una falda de colegio, pero no mi ropa interior.
-¿Me pasas la llave de tu habitación? –le pedí- ¿Dónde tienes tu ropa interior?
-En el primer cajón –murmuró nada más.
No necesitaba preguntarle en cual primer cajón. Ya me daba cuenta de que todas las habitaciones tenían una cómoda igual que la que yo y Marie teníamos.
-Es la veintiséis –me tendió la llave.
Salí caminando rápidamente en busca de la habitación veintiséis. No quería correr, no quería que otro profesor me tomara mala por correr en los pasillos. Ni siquiera sabía si eso estaba permitido. Había sido un error no leer las reglas, pero ya no había caso, las había dejado en casa.
Recién cuando me detuve en la puerta del cuarto de Teresa, me di cuenta de que era mi vecina. Gracioso. En medio de la confusión no le había prestado atención a aquel agradable detalle. Metí la llave en la chapa y me interné en un cuarto igual al mío. Con dos camas en medio que tenían las mismas sábanas, dos cajoneras blanca antigua con un viejo espejo encima cada una en frente de las camas apoyadas en la pared a cada lado de la puerta y un frigorífico. Yo no tenía. Debía de haberlo traído Teresa o su compañera.
Me fui directo a la cajonera más cercana, pero caí en la cuenta de que no sabía si aquella era la de mi amiga con problemas femeninos o la de su compañera de cuarto. No me atrevía a llevarle algo que no fuera de ella. ¿Y si le llevaba una de cada una? Podía sacar ropa interior de ambas cómodas y Teresa me diría cual era la correcta. Pero eso sería un poco irresponsable.
¿Y si la verdadera dueña se daba cuenta? ¿Y si tenía más problemas con algún profesor por meterme en habitaciones ajenas? ¿Y si peor, me llevaban con el director?
-¿Qué haces aquí? –preguntó una chica de pelo corto como el de Marie, pero completamente negro como el mío.
Me sentí atrapada, pero tenía una explicación razonable y una buena coartada en el baño.
-Teresa tuvo un problema ¿Cuál es su cómoda?
Giró los ojos en redondo, molesta. No le hice caso y esperé a que me dijera.
Apuntó a un lado de la habitación y entonces hice lo mío. La chica seguía mirándome con ira y con los brazos cruzados sobre el pecho. De haber sido otra la situación en que nos hubiéramos conocido, supuse que su reacción hacia mí no sería muy distinta. Pero las personas como ella no llegaban a importarme nunca demasiado, solamente, cuando una amiga estaba de por medio.

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