viernes, 7 de octubre de 2011

Cap. 23 CLARE


Capítulo 23
Toda la semana intenté esconderme de todo el mundo excepto de Lyan. No era capaz de mirar a los ojos a Max, esperaba no caer en la trampa pegajosa de los ojos de Marie y no quería darle explicaciones a la perceptiva de Teresa. De Fred no me preocupaba, habíamos pasado a ser simples conocidos.
Lyan era el único que no se daba cuenta de nada. Estaba demasiado inmerso en sus entrenamientos para el partido del sábado y del baile el domingo. Solo el jueves comenzó a preocuparse por mí.
Estábamos en las canchas de futbol, a varios metros del internado. Nunca las había visto, hasta que de curiosa había partido a ver a Lyan en uno de sus entrenamientos de futbol.
Se acercó trotando y limpiándose el sudor de su rostro con su camiseta. Vaya que era guapo… y no me causaba ningún sentimiento extraño… Si tan solo me gustara alguien normal, sería todo mucho más sencillo.
-¿Estás bien? Te noto distraída –me preguntó sentándose a mi lado.
Varios chicos se pusieron a chillar en nuestra dirección para molestarnos.  Los ignoré.
-Solo tengo sueño…
-¿Irás al partido el Sábado? –preguntó esperanzado.
Bien. Quizá debería bajarle un poco las revoluciones. Pero con toda esta confusión en mi cabeza, no había tenido tiempo de frenar un poco a Lyan. Se había comportado más que cariñoso conmigo demasiadas veces.
-Claro que si… ¿Cómo podría abandonar a un amigo en algo tan importante para él? –enfaticé la palabra amigo con un golpe en su hombro.
No supe si había provocado el efecto deseado, pero algo en su expresión cambió inmediatamente.
-Además –agregué- estará Fred, también querrá que vaya.
La expresión de Lyan cambió aun más por tan solo un segundo y luego volvió a la normalidad. Sentí como ambos queríamos levantarnos y salir corriendo por caminos distintos, pero permanecimos en donde estábamos sentados, como si una odiosa goma nos retuviera obligatoriamente.
-¿Y me acompañarás al baile?
-Ya te había dicho que si ¿O estoy mal? –intenté bromear.
-Lo sé, pero no es una obligación. Cuando quieras puedes cambiar de opinión y me avisas.
-Nah… ¿Para qué quedarme encerrada haciendo nada si es mucho mejor estar contigo? –Lyan se sonrojó y yo intenté tragarme aquellas palabras, pero ya estaban demasiado lejos de mi boca.
¿Por qué había dicho eso? Porque era verdad, por supuesto, pero Lyan no lo veía desde mi punto de vista.
Entonces el entrenador lo llamó con su estridente voz.
-¡FLETCHER! DEJA DE FLIRTEAR QUE TENEMOS UN PARTIDO EN DOS DÍAS. PUEDES OCUPARTE DE ESO EN EL BAILE, PERO AHORA NO. ¡VEN Y CONCENTRATE!
Lyan se debatió internamente con algo que no pude identificar, antes de salir corriendo hacia la mitad de la cancha donde estaban sus compañeros, despidiéndose de mí, con un simple gesto en la mano.
Me levanté de las viejas graderías de fierro oxidado y me alejé de las canchas para dirigirme a mi habitación.
El viernes en la tarde llegaban las cartas y paquetes de los padres. No había ido antes a ver que me habría mandado mi madre solo porque nadie me había dicho. El primer fin de semana había estado castigada y en el segundo, no noté nada extraño con que alguien se dirigiera a la recepción.
Estaba un poco avergonzada de mi misma. No había telefoneado a mi madre, desde aquel día en que se había cortado la luz. Hacía más de una semana en que no me comunicaba con mi adorada madre. ¿Qué le diría cuando hablara nuevamente con ella? Después de tantas cosas que sabía. Incluso que me había mentido en cuanto a la muerte de mi padre. ¿Cómo reaccionaríamos ambas?
Teresa me pidió que la acompañara a la recepción aquel viernes y no pude esconderme de ella por más tiempo.
Se puso a recriminarme mi distante actitud y simplemente le escuché con alguna mirada melancólica que la hiciera perdonarme. Teresa negó con la cabeza para sí misma al ver que yo era un caso perdido y me arrojó bruscamente los paquetes que estaban a mi nombre.
Los abrí todos, los muchos, cuidadosamente en mi cuarto.
Entre los menos importantes, estaban el CD con el reglamento del colegio, una caja de chocolates rellenos, los cuales no me gustaban, un poco de ropa de invierno, y mis guantes preferidos… Estos últimos estaban en la categoría de importancia media a fin de cuentas. Los había utilizado desde que tenía memoria, porque con el tiempo, no sé como, habían estirado y estirado. Luego simplemente les había cortado los dedos para seguir usándolos.
Luego estaban las cartas. Las leí en orden de fecha. Los primeros días mi madre me recriminó mi falta de comunicación y pedía que fuera más constante en mis llamados. En otras cartas me hablaba de que Tyler la había ido a ver y le contaba que nos habíamos visto. Me puse un poco nerviosa de que mi madre supiera mi noviazgo con Tyler, pero era mejor que lo supiera más temprano que tarde. Finalmente, sus últimas cartas eran completamente furiosas.
¿Cuántas llamadas perdidas debía de tener mi celular? Pero odiaba andar revisándolo a cada rato.
Le escribí una extensa carta contándole todo, excepto aquellas verdades de las que me había enterado, y le pedía ayuda a Marie para que me dijera donde debía dejarla para que se la enviaran.
El día sábado fue un día muy agitado. Debió de ser el más agitado de todos los que pude haber tenido en toda mi “vida”,  pues eso explicaría la vivacidad de mis sueños aquella noche antes del baile.
Muchas chicas nos levantamos temprano para poder ir a acompañar a nuestros compañeros en su campeonato de futbol. No se formó aquel aglutinamiento en el baño como la mayoría de las veces, pero la verborrea era más animada que nunca.
Todas estaban tan despiertas y animadas… y yo la única con cara de muerto.
-Puedes fingir que te diviertes al menos –me recriminó Teresa cuando íbamos en el bus escolar camino al colegio donde se realizaría el partido.
Asentí lentamente forzando una sonrisa. Estaba cansada, nada más. La pesadilla me tenía harta, estaba terriblemente confundida por dos chicos y lo peor de todo, como si faltara algo, lo sobrenatural me pisaba los talones. Que ridículo. Pero me sentía cansada.
-Lyan ha estado rezando para que vayas y tú te vas a plantar en uno de sus partidos más importantes con la cara más lánguida que el trasero de un caballo.
-Lo sé, lo sé…
Suspiré.
Me esforcé bastante. Intenté parlotear lo más posible con las demás chicas y sonreír como no lo hacía varios días. Gritar y aplaudir más fuerte que nadie cuando hacían un gol y mostrarme la más desesperada cuando estábamos en aprietos. Poco a poco, la alegría parecía estar volviéndose real, pero nunca como me hubiera gustado. Una simple sensación. Una fantasía que al menos me hacía relajarme por algunos minutos.
Intenté buscar entre las porristas a Marie. Dentro de los últimos días la había oído comentar algo sobre eso. Pero no estaba segura si había sido mi imaginación, o dentro de mi atontamiento había podido conectarme siquiera un poco con la realidad.
Me saludó con uno de los pompones azul con gris claro y me pidió que la acompañara. ¿Y por qué no? ¿No quería Teresa que me animara un poco? ¿Por qué no hacerlo como cheerleader?
Marie me prestó sus pompones y traté de imitar los movimientos sincronizados de mi amiga y sus compañeras. Era demasiado complicado, por lo que opté por inventar mi propia coreografía. Fue una tontería.
Esperé a que Lyan me mirara para saludarlo, pero quizá utilicé algún movimiento demasiado sensual, pues se me quedó mirando y riendo estúpidamente. Aun cuando intenté prevenirlo ya era demasiado tarde.
La pelota que iba dirigida a él, fue atrapada por el equipo contrario y lograron hacerles el gol definitivo. Ya faltaban solo cuatro minutos para que terminara el juego y era imposible que lograran cambiar el marcador uno a uno.
Al hombre que arbitraba, tocó el silbato para determinar el final del juego. Me sentí como una tonta, pero al final no era mi culpa.
Varios improperios se dirigieron a Lyan y un violento empujón de parte de Fred.
-¡Eres una IDIOTA! Te doy un pase y te quedas mirando a Clare. ¡Qué asco! ¡Eres un estúpido, miserable que no sirve para nada! ¿Cuántas veces te dijimos que la concentración era lo más importante? ¡Pudimos haber ganado, maldita sea!
Un par de chicos alejaron a Fred de Lyan, quien a cada frase se exasperaba aun más y amenazaba con golpear a mi pobre amigo.
Se formó un revuelo tremendo por el empate. Algunos estaban decepcionados, otros contentos y gritaban y tocaban timbales que molestaban bastante y otros estaban claramente enojados, como Fred y varios otros de su equipo y del contrario.
Cuando encontré a Lyan en la muchedumbre le pedí disculpas y le dije que solo era un juego para intentar animarlo. Pero él me evadió enfurruñándose consigo mismo y escapando de mi lado.
Cuando llegamos de vuelta al internado, intenté esconderme en mi habitación como estaba acostumbrando a hacer hacía tiempo, pero Teresa determinante, me obligó a dar una vuelta con ella a las paredes caídas.
Me senté en una de ellas mientras Teresa permaneció de pié mirándome fijamente como una madre la que te ha sorprendido en algo.
-¿Me vas a decir lo que te pasa?
Suspiré resignada.
-Nada me pasa. Estoy cansada y no tengo deseos de hacer nada ¿Por qué no me dejas tranquila de una vez por todas?
-Si vas a estar de mal humor todo el tiempo, guárdatelo para ti sola, no creas que para los demás es una gracia andar impregnándonos con tu peste –me fulminó con la mirada.
-Hay ciertas cosas que no se pueden decir, Teresa y tampoco se pueden controlar. Si tan solo supieras…
Cambió su expresión inmediatamente. No estaba enojada, estaba preocupada e intentaba ayudarme. Yo no se lo permitía, porque era simplemente imposible.
-¿Porqué no me cuentas? –dijo sentándose a mi lado y pasando un brazo por sobre mis hombros.
Si. Hacía tiempo que quería contar todo y que me ayudaran a saber que pensar. Pero no se podía. No se podía. No se podía y eso me tenía aun más atrapada.
Que frustración.
-No puedo contarte, Teresa.
Inspiró hondo y botó todo el aire por entre los dientes como intentando calmarse.
-¿Quieres que hagamos algo?
-No…
-Dime lo que sea y lo hacemos…
-No…
-Vamos, dime algo, debe haber algo que quieras hacer y que te distraiga.
Pensé por unos segundos para poder darle en el gusto a mi amiga. Después de todo, su idea podía dar resultado. O al menos ayudar un poco.
-¿Vamos a la biblioteca?
Teresa frunció el ceño y suprimió una sonrisa burlona. Luego levantó las cejas y asintió benevolentemente. 
Nos pasamos la tarde entera leyendo un solo libro de ochenta páginas y de letra minúscula. Lo leímos juntas para poder comentar en el mismo momento. Que leyéramos juntas fue de mucha ayuda. No había tiempo de distracciones, pues cada vez que dejaba de leer por apenas unos segundos, Teresa me pegaba un codazo.
Aquella noche la pesadilla fue peor aun. Cada vez era peor. No podía dejar de pensar en que en algunas semanas más ya no podría ni dormir. Cada día había más detalles; eso no significaba que entendiera más, sino que el temor y el dolor parecían mucho más reales.
Desperté gritando esta vez cerca de las once de la mañana.
-Ya me estoy acostumbrando a esto –murmuró Marie que ya me esperaba con un vaso con agua sentada al borde de mi cama.
-Créeme, yo no…
-Vistámonos  pronto y vayamos a ver cómo están quedando los preparativos del baile en el comedor.
Y eso hicimos. Y fue lo mejor que pudimos hacer, porque en el comedor, me mantuvieron ocupada ayudando al Centro de Alumnos a arreglarlo para el baile.
Lyan era parte del centro de alumnos y estaba ahí. Me quedé trabajando junto a él, quien se mostró mucho más agradable.
-¿Me pasas la engrapadora? –Se la tendí- Creo que este va a ser el mejor año de todos. Está quedando magnifico. ¿Qué piensas?
-Está hermoso, eso creo… nunca he ido a un baile, ¿Recuerdas?
-Te encantará. Es lo mismo que una fiesta a las cuales tú estás acostumbrada, solo que el lugar es mejor, y la comida no se acaba.
-Solo que aquí tienes que caminar con tacones… Si supieras lo difícil que es.
-La mayoría de las chicas termina descalza al final de la noche –dijo riendo.
No terminamos antes de almuerzo. Por lo que todos los alumnos debimos almorzar donde pudimos, ya que habíamos sacado las mesas para dejar espacio en medio. Cosa que quedara una pista de baile.
En la tarde, todas las chicas comenzaron a ponerse histéricas. Yo no, simplemente me puse el vestido, para nada ataviado y me resigné a ponerme también los zapatos con taco. Como a Marie tampoco le era muy fácil caminar con tacos, decidimos practicar un rato en nuestra habitación caminando y bailando. Luego salimos la una apoyada en la otra para no tropezar en el camino.
Marie se veía muy linda. Se había recogido su pelo corto en una ajustada trenza sujetada por miles de pinches transparentes que se confundían con su cabello claro. Todo su rostro estaba despejado, ya no le caían aquellos mechones cubriéndole las mejillas, por lo que el claro maquillaje le quedaba muy bonito. Su vestido blanco era ajustado y la hacía ver esbelta, digno de una princesa.
Yo en cambio. Era un adefesio en comparación con ella. Me había amarrado el pelo con una coleta negra y me había dejado un mechón de mi flequillo. Apenas me había delineado un poco los ojos y me había colocado brillo en los labios. Y mi vestido azul grisáceo con estampado negro, me hacía ver demasiado lúgubre.
Marie me decía que me veía hermosa. Pero eso me lo decía hasta cuando había trapeado el suelo con todo mi cuerpo, como luego de mi trabajo en los baños.
Pero no me importaba en realidad como me viera. Solo iba por ir. Porque Lyan me lo había pedido y no quería decepcionarlo. No me importaba ser la más bonita, hasta que comencé a ver a todas las demás chicas.
Estaban tan lindas. Y yo no me había preocupado nada. Estaban tanto o más lindas que Marie. Bueno, yo no me veía mal, y había varias con vestidos igual de aburridos que el mío, pero eso no me consolaba. 
Lyan se acercó a mí en cuanto me vio. Se veía radiante. El cuento del empate el día anterior había pasado a la historia. Todos estaban divirtiéndose y en el baile no cabían las preocupaciones; tampoco las mías.
Me sorprendí sonriendo igual de contenta. Le tomé del brazo que me ofrecía y nos dirigimos a la pista de baile donde ya había varios chicos moviendo el trasero.
-Te ves hermosa…
-¡Dios! Todas se ven tan lindas y yo no me preocupé nada. No sabía que había que arreglarse tanto para un baile. Parecen princesas.
-Tú eres la más linda de todas formas.
Tragué saliva y agaché la cabeza intentando disimular mi rubor. Ya me imaginaba lo mucho que había soñado Lyan con el baile y lo que pasaría en él.
No respondí a eso y seguimos bailando en silencio. Era incómodo. Apenas nos balanceábamos de lado a lado tratando se seguir el ritmo rápido.
Fred llegó al rato con un vaso en la mano, intentando esquivar a todas las personas que bailaban haciendo que la bebida amenazara con desbordarse.
-Mira como tienes de aburrida a la pobre…
-Estoy bien –objeté.
-Oye, Lyan, perdóname por haberme puesto así con lo del empate –murmuró con voz patosa. Estaba casi borracho y eso que hacía bastante poco había comenzado el baile- Entiendo que cualquiera se ponga baboso cuando una chica se pone a bailarle en medio de un juego. No sabía que te gustara hacer bailes sensuales –se dirigió a mí.
Giré los ojos poniéndolos en blanco. O era Fred el bromista o se había pasado con las copas. No estaba segura. Quizá solo quería provocar a Lyan para terminar lo que en el partido había empezado. Seguramente aun estaba resentido por el empate aunque lo negara.
Apoyó el vaso en el pecho de Lyan, salpicándole la camisa blanca.
-Tenlo un rato –posó una mano en mi hombro- para bailar con Clare.
Me encogí de hombros y le seguí hacia otro lado. Si ya me sentía incomoda con Lyan, que peor podría sentirme con Fred, con el que las cosas iban bastante bien. Normales, sin confusión de parte de ninguno de los dos.
Si alguna vez había creído que a Fred yo le gustaba, ahora solo pensaba que había sido muy egocéntrica. Fred era como cualquier tipo mujeriego, que le gustaba tener a todas las chicas comiendo de su mano. Me recordaba a Tyler antes de que estuviera conmigo. Cuando nos pedía discreción a mí y a Bob, para que Molly no se enterara de sus travesuras con las chicas en las discotecas.
¿No me estaría haciendo eso a mí ahora verdad?
Luego de bailar unos cuantos minutos, Fred me invitó a una bebida. Solo que no me percaté de que ésta tenía alcohol hasta cuando ya me había tragado un sorbo entero.
-¡Fred! –le gruñí.
-Para pasar las penas –me dijo sonriendo tiernamente- No te has visto muy animosa estos últimos días.
-De eso me encargo yo.
Dejé el resto de la bebida en una mesa y a Fred junto a ella y me dirigí donde algunas chicas que no bailaban.
Dentro de ellas, se encontraba la chica que se sentaba en la mesa junto a Gabbe, Todd, Marie y Diego. Me había olvidado completamente de su nombre y ella parecía muy segura de que todavía lo recordaba, porque no se preocupó en repetírmelo. Hablamos durante un rato.
Hasta que en los parlantes comenzó a sonar una canción lenta, para aquellas personas románticas.
Lyan se acercó a mí desde la pista de baile en la que había estado con otra chica.  Se veía inseguro y yo estaba decidida a rechazar su propuesta con cualquier escusa. ¿Y si de pronto se emocionaba demasiado y me besaba?
Pero eso no fue necesario. Antes de que Lyan llegara donde yo estaba con la chica, alguien más me tocó el hombro por la espalda.  Me di media vuelta para ver a Max quien me pedía “que le concediera esta pieza”
Le tomé la mano que me tendía para no dejarlo con ella estirada. Pero no le seguí a la pista de baile donde él quería ir. Negué con la cabeza.
-Lo estás haciendo apropósito.
-Claro que sí. Quería sacarte a bailar…
-No. Tú quieres confundirme más.
-Tú te confundes sola, yo… –miró a todos lados y bajó la voz- me cansé de fingir que no me gustas.
-¿Y entonces porque te preocupas de que alguien te oiga?
-Los demás dan igual… pero que mis compañeros se enteren, y que Billy se entere, significaría un problema.
Problemas. Estaba cansada de los problemas.
-Yo también y no los quiero… por eso.
-Pero yo tengo problemas… ¿No entiendes como me siento con todas estas ideas dándome vueltas en la cabeza? Y encima de todo, estás tú confundiéndome.
-¿Te gusto?
Sentí que me golpeaban por todos lados y quise desvanecerme en el aire. ¿Acaso no lo sabía ya? Porque quería una respuesta en voz alta si ni siquiera quería responderle a mi propia mente.
-Me gusta Tyler…
-¿Y yo?
Me llevé las manos a la cara y mascullé entre dientes la respuesta que nunca hubiera querido oír. Pero era cierta.
-Sí, sí, sí, sí, sí. Ay, ay, ay… -me golpeé la frente con cada palabra.
Max me tomó suavemente de las muñecas para que dejara de golpearme, pero di un brusco tirón para que me soltara. Quise partir hacia donde se encontraba Fred conversando con un chico a lado de la mesa de los licores para seguir su consejo.
-Sí, es mejor refugiarte con los populares, donde nadie te moleste –dijo sardónico.
-¿Qué?
-Que siempre has preferido estar con los chicos populares. Me he dado cuenta. Primero Bob, luego Tyler y ahora son Lyan y Fred. Hasta Marie tiene su estatus en este internado. ¿Por qué siempre te andas refugiando en ellos?
-No es así. Son mis amigos.
-Vienes al baile con uno de los chicos del cual todas las chicas están enamoradas y te quieres ir a emborrachar con otro de ellos. Tu novio fue popular en tu otra escuela. Y gracias a eso todos piensan que eres la chica más inalcanzable de todas.
-¡Max! –gruñí.
-Las chicas te envidian. Yo lo he visto. Y…
-Yo no soy interesada. No sé porqué te estás inventando esto. Tú sabes mejor que nadie lo que pasa por mi mente. Sabes que no soy interesada, Max. Así que déjame en paz.
Me alejé a la mesa de los licores a pasos agigantados.
Me serví un vaso con bebida y alcohol como había dicho Fred que servía para pasar las penas. Y el chico, al verme se acercó a ayudarme.
-No le eches tanta cerveza. Anda de a poco. Cuando no estás acostumbrado, es más fácil de tragar.
De todas formas, no estaba tan mal acostumbrada. Tyler ya me había convencido un par de veces en el pasado para que bebiera.
-Gracias –contesté semi brusca.
-¿Qué pasó con Maxito?
-Nada…
La canción lenta recién estaba terminando. Había durado justo los peores minutos de la fiesta hasta ahora. Odiaría esa canción de por vida.
Se me escapó una lágrima que sequé inmediatamente para que Fred no notara mi debilidad. Me tomé la bebida de un solo trago y extendí mi mano con el vaso vacío, para que Fred volviera a servirme. Me senté en una silla rellenándome con licor, hasta que me sentí completamente borracha.
-Eres un mentiroso –acusé a Fred.
-No.
-Sí.
-¿Porqué?
Estábamos los dos igual de borrachos, solo que a mí se me notaba mucho más.
-Porque me dijiste que sentiría menos pena.
-La gracia es que mañana se te olvidará todo esto.
-Hablo como idiota.
-Si
-Mi lengua parece una esponja.
-¿Porqué?
-Porque no la puedo controlar bien y porque absorbió más bebida que todo el resto de mi cuerpo. Odio mi vida…
-Acostúmbrate…
-No quiero…
-No importa. Cuando las cosas andan mal hay que acostumbrarse uno quiera o no.
-Voy a terminar con Tyler.
Fred frunció el ceño mirándome atentamente. Sus ojos colorados se veían muy cansados.
-Me gusta otro chico -expliqué.
-¿Así nada más?
-No lo sé. Es complicado.
-¿Y eso es lo que te tiene así?
-Eso y muchas otras cosas.
Me levanté tambaleante y volví a caer sentada en la silla.
-¿Quién te gusta?
-Bah… ¿Me quitas los zapatos? Mis pies están que revientan.
Hiso lo que le pedí con cierta torpeza. Pudo haber sido su poca experiencia con zapatos de mujer o su borrachera. Lo que es yo, ni siquiera habría acertado con la hebilla.
-¿Y quién es?
-Max. Me tiene harta. Voy a hablar con él.
Fred no pareció entender si estaba respondiendo a su pregunta o solo había lanzado la frase al aire. Pero ¿Qué importaba?
Me levanté nuevamente y le busqué entre la gente. Estaba todo tan borroso, todo se me desenfocaba.
-Esto del alcohol tiene sus desventajas. No distingo quien es quien.
Me apuntó a una orilla de la pista de baile, donde estaba Max y una chica bailando. Fui directo a ellos sin importarme que pensaran los demás.
Mi paso era inestable y mi rostro debía parecer salido de debajo de la rueda de un auto, pero no importaba. Ya nada importaba…
Me planté entre los dos chicos y comencé a bailar frente a Max.
-¿Qué haces? Estás borracha.
-Sí. Vine a pedirte perdón.
-Estábamos bailando –interrumpió la chica.
Le dirigí una de mis mejores miradas arrogantes. No me lo propuse, simplemente mi expresión surgió de la nada.
-¿A si? Pues ya no.
-Kate… ¿Me disculpas un momento? –pidió Max.
Kate, tonta Kate, no merecía las disculpas…
Me tomó del codo hacia los ventanales por donde se filtraba la luz de la luna y salimos al patio techado y luego al jardín del internado.
-¿Sabes lo muy peligroso que es que estés borracha?
-¿Estás preocupado porque me tuerza un pie? No te preocupes, ya me saqué los tacos –dije sin sentido.
-Podrías decirle toda la verdad a cualquiera. Es mejor que te vayas directo a tu habitación.
-Pero yo quiero estar contigo. Tomé una decisión.
Max pareció confundido.
Le tomé el rostro entre mis manos y me acerqué a él intentando alcanzar sus labios. Pero él no se movió.
-Ven. Vamos a tu habitación.
Puse mi mejor cara te terror.
-¡Que atrevido! –Fingí- yo solo quería un beso.
-Clare. Vete a tu habitación y duérmete.
-¿Qué tal si me olvido de Tyler? ¿Y si tú me gustas más?
-Estás delirando. Estás borracha. Anda a dormir.
-No quiero.
-Entonces entremos y te quedas callada en un rincón. Yo me encargaré de que no digas palabra.
Gruñí abrazándolo. Pero él se deshizo de mis brazos fácilmente.
-Yo me quedo.
-Entonces yo me voy.
-¡No! No me dejes sola.
-¡Entra ahora!
Le empujé.
-No. Tú no me dices que hacer, Max. Eres un idiota. Solo te gusta confundirme.
Le empujé nuevamente y salí corriendo lejos de él, en dirección contraria al internado.
-¡Clare! ¡Ven aquí ahora! –me gritó.
Yo ya estaba internándome en el bosque cuando sentí que los gritos de Max se ahogaron en la distancia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario