Capítulo 6
-¿Qué lees?
-Un libro –dije…
Eso había sido demasiada cautela.
-Ah, creía que leías un perrito… -asintió lentamente como si le costara creerme que leía un libro y no un perro.
Muy sarcástico.
-No, no leía un perrito, eso lo hice ayer…
-¿Por qué un perrito?
-Tú lo dijiste –le acusé.
-No, digo… ¿no se me podía ocurrir algo más estúpido para decir?
-Parece que no.
Frunció el ceño de pronto, enfadado por mi comentario –o al menos eso parecía- y luego de fulminar el suelo con la mirada murmuró:
-¡Ya voy!
Parecía enfadado y supuse que era otro loco alumno, como Marie, Anne y hasta los ambles de Gabbe y Todd
-Quiero decir… que ya me tengo que ir. Quedé de juntarme con Anne, Roger y Gustav.
Me controlé de fruncir el ceño por la extrañeza que me causó su rara explosión. Pero no me estaba hablando a mí, al menos no al principio. Era como si alguien le hubiese llamado, pero no había nadie que gritara en la biblioteca y si lo hubieran hecho, todos ya estarían chistando para callarlo y yo lo habría escuchado en medio del silencio.
Se levantó del suelo estirando la alfombra con el pie y luego de lanzarme una sonrisa que me heló la sangre, desapareció por las enormes puertas de madera de la biblioteca y el rubor subió por fin a mis mejillas.
Me quedé contemplando la puerta como una boba, sintiendo aun la presencia de Max. Pero todo era una tontería, no lo había visto más que tres veces en toda mi vida y ya estaba sintiendo algo raro. Lo peor era que en tiempo, las veces que lo había visto no sumaban ni diez minutos.
Volví las páginas del libro hasta el inicio, convencida de que leerlo sería el reto más difícil que me hubiera impuesto nunca; las letras pasaban bajo mis ojos como las de cualquier otro libro, pero aun no podía descifrar de qué trataba incluso después de llevar más de cuarenta páginas.
Cerré el libro de golpe asustándome yo misma por ruido que había hecho. Estaba enojada, pero por suerte nadie pareció notarlo. Mi mente estaba dividida en tres… eran Tyler, Max y Bob junto con algunas personas que había dejado en el pueblo, como mi madre y un par de compañeras a las que les tenía cierta estima.
Sí, pero lo que más me aterraba era la importancia que había llegado a tener Max desde el punto de vista amoroso. Me había tardado medio año en saber que estaba enamorada de Tyler y ahora veía a este chico y me dejaba totalmente confundida.
¿O eran solo las hormonas locas de la juventud? Esperaba a que sí, no quisiera volverme loca por una tontería del corazón.
Tú quédate tranquilo y bombea la sangre que necesito, le hablé a ese musculo tan importante que tenemos en el pecho, lo de hacerme ruborizar por un chico me resulta verdaderamente molesto e innecesario.
Volví a abrir el libro desde el principio y leí cada palabra con una mesura exasperante. Parecía ridículo, pero no había otra forma de concentrarme y olvidar todos mis pensamientos.
Levantaba la vista únicamente para verificar la hora en un reloj grande y antiguo de números romanos que colgaba en la pared. Me estaba demorando bastante y apenas si había avanzado. Aun así quise permanecer sentada hasta tarde, solo me iría cuando alguien me obligara.
Los alumnos se iban marchando poco a poco sin que yo les tomara demasiada atención, pero aun así advertía sus miradas furtivas dirigidas a mí. No sabía porque lo hacían, pero de no haber sido nueva, me habría puesto aun más nerviosa.
El reloj sonó con un retumbar grave como el de las campanas, anunciando un nuevo cambio de hora. ¿Cuánto tiempo había estado ahí? Sin duda, más de cuatro horas…eran cerca de las nueve de la noche y la bibliotecaria, una mujer rolliza de aspecto furibundo comenzó a lanzarme miradas frías y calculadoras.
-¿Qué te propones chica? No te creas que soy tan tonta para pensar que te vas a quedar toda la noche leyendo ese libro. Ni siquiera lo lees en verdad. Será mejor que te vayas a tu habitación si no te quieres meter en problemas.
Levanté la vista sin sorpresa alguna que me delatara en mis facciones, pero me molestó, sin duda.
Fui a dejar el libro donde lo había encontrado y al salir, le lancé a la bibliotecaria una de mis mejores miradas de odio. Para que se diera cuenta de que no le tenía miedo y que se atuviera a las consecuencias, porque yo volvería a pasarme por ahí cuantas veces quisiera y si le molestaba mi presencia, que se aguantara. Nadie me podía castigar por querer leer.
Más difícil que concentrarme en la lectura, fue encontrar un camino de regreso a mi habitación. El internado era tan grande y no estaba para nada habituada a él, que cada lugar me parecía exactamente igual al anterior.
Quizá me metí en lugares prohibidos, era eso o me parecía que en la soledad y oscuridad del entorno, estar ahí fuera era completamente inadecuado. Al llegar al lugar en donde las puertas comenzaban a estar grabadas con un numero negro en la entrada me hiso suspirar de alivio.
Rebusqué la llave en los bolsillos de mis vaqueros. Nos la habían mandado por correo junto a un CD del reglamento del colegio, el cual nunca había leído. Mi mamá estuvo histérica tratando de sentarme frente al televisor para que las viera con ella, pero al fin la había podido convencer de que ella ya me había educado lo suficientemente bien, para temer romper alguna regla. Si era lo suficientemente niña buena, no había el menor riesgo de hacer algo inadecuado.
Marie estaba sentada en su cama, con un computador portátil sobre las piernas. Ponérselo sobre las piernas obstaculiza la ventilación del PC, pensé, pero algo mucho más importante se me vino a la mente.
-¡Marie! –abrí los ojos como platos, con una ansiedad que me carcomía el alma- tienes que prestarme el computador cuando lo desocupes.
Levantó la vista lentamente sin afectarle mi emoción. Parecía estar sumida en un espeso letargo dentro de la tecnología. Por un momento me sentí como la madre de Bob cuando le insistía en que dejara los videojuegos.
-Siéntate a mi lado y lo ocupamos juntas –su voz de niña se mezcló con un enorme bostezo.
-Oh, bien… -la acompañé en el hueco que me hacía en su cama- es que me gustaría un poco de privacidad, si no te molesta, claro.
-Bien, ocúpalo, a mí ya me dio sueño y no hay nadie en el chat.
Sonreí para mis adentros con una euforia apenas controlable. De la cara para afuera, la sonrisa fue agradecida y tranquila.
Marie, que ya tenía puesto el pijama, se metió bajo las sábanas en cuanto me levanté de su lado con el computador portátil en la mano.
Me lo llevé a mi cama y abrí mi cuenta de correo electrónico con una velocidad que me hiso tardar más de lo que esperaba, pues me equivoqué varias veces en escribir la contraseña.
Querida Clare:
Sé que te gustan este tipo de cosas y cursilerías, por eso te escribo con la mejor redacción que pueda encontrar en mi boca y pensamiento. Pero no se de estas tonterías así que no esperes mucho de mí.
Tonto Bob, pero la intención cuenta. Siempre me molestaba por mi adicción a la lectura y a la escritura. En clases de gramática siempre me ponía a corregirle los errores y terminaba haciéndole la tarea completa al sorprenderme de tan mala ortografía.
Bueno, supongo que antes de toda esa parafernalia te hubiera gustado escuchar que te echo mucho de menos. ¡Te echo mucho de menos! Ahí está, lo dije y es la más absoluta verdad. Ya me conoces, no se expresar mis sentimientos, pero por ti hago lo que sea, inclusive, me tiraría de un risco e intentaría salir vivo. ¿Crees que exagero? Si, si exagero, porque no saldría vivo… no, espera, si saldría vivo con la suerte que tengo… no, no con la suerte, sino con mis nuevas habilidades, las cuales después de dos años aun no logro habituarme. Pero no lo haría de todos modos, porque saldría muy herido y así no podría cuidarte ¿No?
Nunca le pediría que se lanzara de un risco, sería la locura más idiota que un humano con cerebro podría ocurrírsele, incluso sabiendo su secreto, movería cielo, mar y tierra para impedir siquiera que lo intentara. Al menos era solo una de las formas de Bob para expresar su cariño, pero me ponía nerviosa, pues solía ser muy impulsivo a veces y en uno de sus arrebatos podría querer hacerse el valiente y no terminarían las cosas sino en tragedia.
Aunque después de lo que nos has hecho a mí y a Tyler no estaría muy seguro de poner mis manos al fuego por ti. Nos dejaste sufriendo mucho. Cuando te fuiste quedamos afuera de tu casa mirando el camino por el que se había ido el bus y no podíamos decir palabra alguna. Eres un demonio, nos dejas solos aquí, intentando sobrevivir, como si pudiéramos arreglárnoslas fácilmente sin ti.
Solté una risita nerviosa sintiéndome alagada. ¿Cómo se vería Tyler desesperado por mi ausencia?
Pero no te preocupes, aquí tu Bob, puede hacer que las cosas sean más llevaderas, porque soy súper. Como Súperman, pero más bonito.
Espero que ese internado al que vas sea de tu agrado, o al menos puedas acostumbrarte a él, porque entiendo muy bien, que lugares desconocidos puedan hacerte la vida imposible si no logas hacerte amigo de ellos. Ahora, supongo que allá te tratan como una reina ¿No? Porque si no es así, me llamas enseguida que yo me hago cargo de la situación hasta que aprendan a valorar a la dama que tienen delante.
Miré a Marie que ya parecía estar completamente dormida y pensé en ella. Había sido amable, al igual que Gabbe y Todd y Anne y Max, no podía quejarme que había sido tratada mejor de lo que nunca hubiera esperado, pero aun recordaba con nostalgia, las clases el año pasado, cuando todo el mundo me saludaba con una sonrisa en la escuela.
Suspiré
No sé qué otra tontería pueda contarte para hacerte pasar el tiempo, pero me imagino que las palabras de aliento te servirán para levantarte el ánimo. Ya sabes que te quiero mucho, Tyler también, y tu mamá, y los chicos de la escuela también, después de todo eras una de las chicas más populares, no podrían no echarte de menos.
Ahora estoy poniendo mi cara de perrito triste. Imagínatela ¿Bien?
Me la imaginaba.
Porque se me acaban las palabras y me gustaría estarte escribiendo toda la tarde, pero no se puede. Así que nada más te pido que me mandes un mensaje de vuelta contándome como ha sido tu primer día en ese lugar. Intenta ocupar las palabras más bonitas que puedas, así te sirve para pensar en el internado como algo bueno. Ya he hecho eso y resulta, créeme.
Miré la habitación inspeccionando cada detalle. No podía decirse que fuera muy bonita, pero tendría que esforzarme en ver las cualidades.
Recuérdame siempre, porque nunca dejaras de recibir de las noticias de tu siempre querido y mejor hermano:
Bob.
Pd: Tyler tiene un secreto que no me quiere decir, pero si llegas a tener noticias suyas (del secreto me refiero) no tardes en darme aviso, que muero de la curiosidad.
Solté una carcajada en silencio, sin olvidarme de que ahora tenía que compartir mi privacidad.
Pensé en releer la carta, pero no podía darme el lujo de perder tiempo valioso y no escribirle todo lo que necesitaba para descargarme. El día no había sido malo, pero aun sentía el peso del viaje y la pena por haberme desprendido tan bruscamente de lo que más quería en mí vida.
Me levanté y comencé a desvestirme mientras ordenaba mis pensamientos para poder contarle lo mejor posible como había transcurrido todo.
Saqué una sudadera vieja que siempre usaba para dormir y busqué uno de mis más cómodos shorts en la cajonera.
Volví a la cama donde había dejado esperando en el computador una página en blanco para relatar a Bob, todo lo que estaba sintiendo y para mentirle un poco. Mentirle, porque no pensaba en traspasarle toda mí pena.
Así que comencé:
Querido Bob:
No te preocupes por la redacción en tus cartas, recuerda que me vasta y me sobra saber que vas a seguir acordándote de mí y escribiéndome para que no me sienta tan sola. Gracias por intentar animarme, lo has hecho muy bien, porque casi me haces despertar a mi compañera de cuarto con una risotada.
Las cosas aquí no son tan malas como creía. Los chicos son simpáticos, aunque la mayoría son un poco locos, pero locos de verdad.
Imagínate que mi compañera de cuarto parece una niña de diez años o menos. No es que la crea inmadura, sino que es demasiado infantil, sus ojos aun tienen ese brillo de curiosidad con el que nacen los bebés. Me exaspera, pero no es mala persona.
Hay un par de mellizos que parecen nacidos hace más de cincuenta años. Tienen modales anticuados, pero fueron muy amables, así que no hay nadie a quien tengas que venir a dar una golpiza, pero descuida que te avisaré si algo cambia.
Hay otra chica muy simpática, un poco loca y es amiga de Max. No me habías dicho que ellos estaban en este internado. Bueno el caso es que…
Espera, no le vallas a decir nada a Tyler sobre esto de los amigos de Billy, ni tampoco que te dije que no le dijeras. No sé porqué pero presiento que ese secreto que tiene, está relacionado con esos chicos; aun así no sé lo suficiente. Nos tenemos que secretear mutuamente para enterarnos de todo ¿Bien? Estamos juntos en esto, así que no me delates y yo te entrego cualquier pista que tenga sobre Tyler.
Estaba pensando en buenas palabras para describir el internado, pero será difícil. Comienzo por mi habitación: Es acogedoramente pequeña y el suelo de tablas suena tan fuerte al pisar que resulta la mejor alarma para saber si entran mientras duermes. Las paredes de los baños son de color verde musgo y las puertas de las duchas están tan oxidadas que así te recuerdan tener cuidado de no cortarte y no tienes que pensar en ponerte una vacuna contra el tuétano. La bibliotecaria es tan sabia, que te obliga a irte de la biblioteca cuando cree que no estás leyendo y así no llegas tarde a tu habitación luego de perderte por los pasillos. Todo aquí parece estar fríamente calculado, por eso me agrada tanto, incluso creo que no me va a costar acostumbrarme, y eso lo digo en serio.
Me está dando sueño, Bob, y aunque tomé una siesta antes del almuerzo, el día sigue pesándome y creo que será mejor que me duerma temprano.
Te voy a extrañar mucho. Ya lo hago. Tu siempre feliz hermana pequeña:
Clare.
Pulsé “enviar” sin pensármelo dos veces. Lo que hubiera escrito, ya estaba ahí. No tenía secretos con Bob, así que no podía mostrarme tan escrupulosa ante un simple correo. Además ya tenía demasiado sueño como para seguir pensando, así que dejé el computador de Marie encima de su mesita de noche y me metí a la cama.
A pesar del calor que hacía, me cubrí hasta la cabeza con las duras y ásperas sábanas y caí dormida al instante. No habría podido sentir el crujir de las tablas ni aunque algún intruso se pusiera a dar saltos al lado mío.
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