(Aquí va el segundo capitulo y pienso poner todo lo que llevo, porque pienso que es la única forma de poder animarme a continuar la historia aunque me parezca que sea pura mier... Leí una vez, una autobiografía de un muy buen escritor que decía, que aunque creyeras que la historia no tenía ningún futuro, había que continuar escribiéndola, porque quizá a otras personas si les perecería buena... Bueno, yo no creo que ese sea mi caso, pero no pierdo nada con intentarlo. Al menos para sentirme realizada al haber terminado por lo menos una sola historia)
Capítulo 2
Todo el día Bob había estado demasiado misterioso. Pensé que era porque me iría del pueblo al día siguiente, o porque querría decirme algo. No había podido sonsacárselo desde que nos habíamos encontrado con sus amigos en la playa.
Aun me preguntaba qué era lo que podía haberle pasado a Tyler aquella noche y por más que había intentado obtener una respuesta la semana entera, nadie había querido decirme nada, pero me asustaba. En general el carácter de Tyler era extrovertido y siempre parecía un payaso. Ahora únicamente estaba sombrío.
Aquella noche me había quedado a dormir en la casa de Bob y ahora los dos estábamos en pijama tendidos en su cama aburriéndonos juntos.
Mientras yo intentaba concentrarme y seguir el hilo de un aburrido libro, Bob no dejaba de juguetear incómodo con uno de los botones de su camisa mirando fijamente al techo de su habitación.
Se irguió lentamente hasta quedar sentado frente a mí con una de sus sonrisas idiotas. Me lo diría.
Bajé el libro atentamente y esperé a que comenzara a hablar.
-Clare… tú… ¿Tú me creerías si te digo algo totalmente estúpido? ¿Si te digo que soy distinto? ¿Especial… raro… me creerías?
Fruncí el ceño, confundida. Eso no era lo que me esperaba.
-Bob, ya tengo bastante claro que no eres normal –me burlé de él, pero solo conseguí que se pusiera tenso.
Luego frunció el ceño pensando un poco y al fin se relajó captando mi evidente broma. Que lento había sido, nunca tardaba tanto en captar una de mis indirectas incluso las más escondidas que nos lanzábamos en secreto para burlarnos de otras personas. Parecía realmente preocupado.
-No, Clare… me refiero a… tu me creerías si te dijera que soy… distinto… extraño, raro, quiero decir que… si tú… -hiso una pausa inspirando hondo y volvió a comenzar- ¿Tu me creerías si te digo que soy un hombre lobo?
Fruncí el ceño y luego lancé una risita ahogada. Si hubiera estado bromeando me habría dado cuenta, pero se veía muy demasiado serio, quizá se estaba engañando el mismo.
Había escuchado sobre una enfermedad llamada licantropía en la que el enfermo se creía lobo, pero no era más que una mera fantasía.
-Es cierto Clare, tienes que creerme. No me gusta guardar secretos contigo y ahora que te vas no quería dejar nada inconcluso.
Me miró suplicante y de pronto comenzó a desabotonarse la camisa para dejarme ver su hombro arañado. Ya lo había visto antes, se lo había hecho cuando había intentado escapar de casa por la ventana y se había rasmillado con las ramas de un árbol. No había parado de reírme cada vez que le veía el hombro descubierto y a él nunca le había molestado que me burlara, pero ahora me daba cuenta de que su mirada perdida cada vez que le mencionaba aquello no era vergüenza, como me había hecho imaginar. Ahora me daba cuenta de que eso era algo mas, pero no podía creer incluso sabiendo que Bob nunca me mentía.
-Me lo hiso un chico lobo hace un par de años –rió sin encontrarle la gracia- Lo sorprendí cambiando de forma y él me hiso jurar guardar el secreto, así que nos hicimos buenos amigos. Cuando se fue, le pedí que me hiciera como él, pensaba que era emocionante, así que lo hiso.
Volvió a apuntarse las cicatrices del hombro. Yo reí atontada sin creerle nada, pero aun me estremecía la seriedad de mi amigo.
-Bob, no digas tonterías –volví la vista al libro.
Se levantó de la cama de un salto y se fue al baño para ducharse. Yo lo esperé en su pieza mientras me vestía; no tenía deseos de darme una ducha, aunque cuando hacía eso, no dejaba de sentirme sucia en todo el día.
Salió del baño con una toalla envolviéndole de la cintura para abajo y secándose el pelo con otra. Me arrojó la pequeña a la cara para que no mirara mientras se vestía. Aunque no era necesario; ya estábamos acostumbrados a que yo mirara a otro lado hasta que él me daba la señal de la “buena vista”.
Me acosté en la cama con la cara enterrada en la almohada, un poco pensando en todas las tonterías que me había contado Bob. No me podía imaginar que era lo que lo tenía tan deprimido para que inventara una historia tan fantasiosa.
Escuché unos ruidos de telas a mi espalda y supe que ya estaba vestido.
-Buena vista –anunció y me volví a mirarle.
-Qué bueno que ya estés lista –hiso un gesto para que me levantara y le siguiera- Vamos a dar un paseo.
Paseo. Claro un paseo. Siempre salíamos a dar paseos por la arena en la playa o a alguna placilla, pero esto era distinto. Esta vez me llevó a un lugar apartado de la civilización, cerca del cerro, donde nadie iba porque ahí no había nada que hacer. Si, algunas veces pasaban hombres con la vejiga a punto de reventárseles y ocupaban aquel espacio, pero nosotros nos habíamos adentrado un poco más entre las piedras del cerro y parecía casi imposible que alguien nos viera.
-No te vayas a asustar, pero te lo mostraré y comprende que esto lo hago porque eres mi hermana del alma. No debería contarle de esto a nadie.
Serio, muy serio. Me repetía. Esto me estaba poniendo realmente nerviosa. ¿Cuándo Bob era serio?
-No entiendo que vas a hacer
-Voy a mostrarte como soy… todo lo que tú nunca has visto de mí.
Qué raro era verlo así. No se parecía en nada a Bob, al menos no el Bob que yo había conocido siempre. ¿Esta personalidad era también parte de lo que me quería enseñar de él? ¿O simplemente se refería a su físico?
Me puse tensa cuando el pareció decidido a mostrarme todo realmente, pero tardó mucho más de lo que creía. Si no le resultaba sería un fiasco, me moriría de la risa además de la vergüenza por haberme tragado tamaña calamidad.
Se encorvó con una rapidez grotesca, casi como si estuviera sufriendo un ataque de convulsiones. Oh, Dios mío, era horrible como se doblaba en dos su espalda. Sus brazos parecieron doblarse al revés al igual que sus piernas, parecía que se hubieran quebrado sus articulaciones. Era completamente espeluznante.
Me dieron arcadas y no pude mirar más.
Todo era demasiado horrible para que mis ojos aguantaran tanto. Las lágrimas cayeron de mis ojos y entonces comprendí que la vergüenza que hubiera sentido al llevarme un fiasco no habría sido nada en comparación con lo que sentí ahora. Deseaba que nada de lo que había visto fuera cierto, nada, ni cuando Bob me lo había dicho en la habitación.
Las arcadas se intensificaron y el ruido que producía la horrible metamorfosis de mi amigo me hicieron marearme completamente.
-¡Oh! ¡Bob! Déjalo, por favor detente ya… -sollocé histérica.
Me arrodillé en el suelo arenoso incapaz de permanecer por más tiempo en pié y sollocé cubriéndome la cara con fuerzas.
Alguien gruñó a mis espaldas y di un salto de miedo decidida a salir corriendo, pero habían dos cosas que me lo impedían; el miedo que hacía que mis músculos no pudieran reaccionar y que en realidad Bob nunca me haría nada.
Me volteé lentamente esperándome encontrar a un monstro fétido, como los que mostraban en las películas, con colmillos que chorreaban saliva espumosa, con ojos amarillos amenazantes y con el cuerpo erguido y encorvado grotescamente como había visto a Bob por unos instantes antes de mi ataque de pánico. Pero la escena ante mis ojos no fue más horrible que ver una exacta copia en grande de un verdadero lobo de los que cualquiera conoce. Era hermoso, un poco gordo, pero era el lobo más gigante y hermoso que hubiera visto en toda mi vida.
Me quité las manos inundadas de lágrimas de mi cara y perdí el equilibrio cayéndome sentada en el suelo tapizado de polvo amarillento.
Supuse que mi boca estaba abierta en una completa y perfecta O gracias a lo sorprendida que estaba. Ni mis pensamientos sabían que palabras usar en ese momento. Simplemente me repetía todo lo que había sucedido desde que Bob me había confesado todo, mi mente lo repetía una y otra vez sin un orden concreto. Me estremecí varias veces mientras intentaba ponerme en pie.
-Bob… –susurré.
Me acerqué a él, lentamente aun demasiado nerviosa. Era mi amigo aquel animal que había en frente mío, no podía reaccionar de otra manera. Era lo más lógico.
Apenas nos separaban un par de metros, que estaba dispuesta a recorrer para sentir la textura de su pelaje entre mis dedos, cuando se giró en redondo para alejarse todos los metros que yo me había acercado y cambiar a su forma de humano. Me estremecí nuevamente, pero esto había sido mucho más fácil y menos grotesco que la vez anterior.
¡Oh, Dios! Estaba desnudo. Me cubrí los ojos rápidamente con el antebrazo para darle intimidad.
-Mierda, siempre olvido eso –gruñó furioso consigo mismo.
Dirigí una mirada furtiva y cuidadosa, para no ver por casualidad algo innecesario, hacia donde se había convertido en lobo y encontré sus ropas desgarradas. Yo tampoco había pensado en eso, pero claro que no todo era como en las películas, como cuando las sirenas se lanzan en piquero al agua y ya no tiene ropas, sino una cola llena de escamas y cuando salen nuevamente están vestidas y secas.
Tomé las ropas desgarradas sin pensarlo dos veces y se las tiré a la cara, sabiendo que no le servirían de nada.
-Algo es algo –murmuré con la voz temblorosa- voy a buscarte un poco de ropa.
Partí corriendo sin darle otra opción que esperar tal como había venido al mundo, con la posibilidad, de que cualquiera que luego de vaciar su vejiga decidiera acercarse un poco más al cerro, lo viera.
¿O esperaría como lobo?
La gente se me quedaba mirando cuando me veía pasar corriendo, con los pantalones llenos de ese polvillo amarillento de los cerros y los ojos rojos que me delataban haber estado llorando, pero los ignoré sin dificultades; no era la primera vez que me miraban así. Había veces en las que Bob y Tyler recorríamos las calles cantando a todo volumen y balanceándonos como borrachos; nos divertía ver las caras de los transeúntes y mostrarnos tan estúpidos como en realidad éramos. Y aunque ahora tenía un aspecto totalmente distinto, seguí corriendo teniendo como objetivo fijo, unos calzoncillos, unos pantalones y una polera.
Me detuve en la puerta de la casa de Bob y golpeé. Que estupidez, había dormido ahí, había visto que sus padres habían salido en la mañana para trabajar. ¿Para qué perdía el tiempo golpeando la puerta si ya sabía que no había nadie en casa? ¿Para qué me detenía a pensar en eso?
Suerte que la casa de Bob no tenía rejas ni panderetas que me hicieran más difícil el ingreso. Es más, las cosas estaban más o menos a mi favor, porque había un árbol grande justo frente a la ventana de Bob, el árbol que había ayudado a engañarme cuando Bob me había contado como se había hecho las heridas en el brazo. ¿Qué tonto se caería de aquel árbol tan firme? Había sido fácilmente engañada. Pero como iba a imaginarme cual era la verdadera historia.
Hombre lobo ¡Hombre lobo! Si, como desearía ser uno en esta ocasión. Cuán fácil me resultaría escalar el árbol si así fuera… o no… ¿Cómo haría un lobo para trepar un árbol? Imposible. Ahora no podía dejar de hacerme preguntas sobre aquello. ¿De verdad no era todo una broma?
Abrí la ventana, que por suerte habíamos dejado sin cerradura, con una lentitud arrebatadora. Qué buena era yo para perder el tiempo mientras Bob debía de estarse humillando en frente de las gaviotas, pero no quería perder el equilibrio que intentaba mantener de puntitas en una rama si es que hacía un movimiento brusco. ¿Los hombres lobo tendrían mejor equilibrio?
Me aferré al alféizar de la ventana y me metí de cabeza, con miedo de que usar los pies me hiciera resbalar.
Una vez dentro, me apresuré a ir a la cajonera de Bob donde guardaba su ropa interior en el primer cajón. Luego en el segundo estaban sus sudaderas de playa y bien doblados en el ropero, sus jeans… ¿O le llevaba unos shorts? Podían ser más fáciles para sacar la próxima vez que quisiera ser animal, así que tomé unos.
Cerré la ventana por dentro. No necesitaba volver a salir como delincuente si tenía el cerebro suficiente como para recordar que la puerta de calle se abría por dentro.
Me puse a correr eufórica y casi poniéndome a reír a carcajadas en medio de la carrera. ¿Serían uno de los síntomas post-shock? Me sentía correr más rápido ¿Lo harían también los lobos… los hombres lobos? De seguro que sí, pero mucho más rápido que yo.
Frené en seco justo en el momento en que tenía que girar hacia el cerro y casi me voy de bruces al suelo por la velocidad que llevaba. Recién entonces me di cuenta de que estaba totalmente famélica y agotada; no habíamos tomado desayuno y la carrera parecía estar pasándome las cuantas recién luego de varios minutos.
Maldita adrenalina, se iba acabando y me lanzaba a la realidad tan de pronto.
Busqué una figura humana y regordeta, pero únicamente vi salir de entre los arbustos espinosos, el mismo lobo que tanto me había asustado. Es Bob, me recordé, solo es Bob, recuérdatelo.
Mi expresión cambió al verlo, pero ahora podía controlarlo. Respiré hondo y cerré mis ojos extendiendo la ropa que traía colgando de un solo puño. Sentí como Bob me la quitaba para comenzar a vestirse nuevamente.
-Gracias –murmuró- Buena vista.
Abrí los ojos y vi al chico rubio de ojos azules y de sonrisa enternecedora que tanto quería. Le devolví la mejor sonrisa que pude.
-Tendrás que pagarme algún día. Si supieras el maratón…
-Clare… -me interrumpió- ¿Está bien?
Fruncí el ceño y ladeé la cabeza. No le entendí.
-¿Qué está bien?
-Es que me ponía nervioso mostrarte este secreto. Sé que es algo raro… yo… ¡Dios! –Rió avergonzado- Yo me desmayé cuando vi a aquel chico.
¿Se había desmayado? Y yo que me sentía tan idiota por mi reacción exagerada. No, no había sido exagerada, no podía reaccionar de otra manera al ver algo que no conocía y pensaba que solo existía en películas. Hombre lobo, hombre lobo, hombre lobo, me repetí intentando convencerme de que todo era cierto. Me pellizqué para ahorrarme la posibilidad de un sueño.
Desperté en mi cama con la luz del sol pegándome en la cara… sí, claro, eso quisiera. No era un sueño.
-Lamento haberte asustado así, pero en verdad no quería cargar con algo tan importante yo solo –Bob inclinó la cabeza, avergonzado.
-Me lo hubieras dicho antes así habrías cargado con esto menos tiempo.
Sonreímos.
-¿No hay algún secreto que quieras decirme? –pidió- Es solo que no quiero ser el único estúpido que no haya confiado en el otro.
Pensé por un rato. Me gustaba Tyler…
-Hay uno… pero no es tan importante como el tuyo, así que no merece ser contado. Secretos de dos no son de Dios… secretos de uno, no lo sabe ninguno.
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