jueves, 6 de octubre de 2011

Noveno Cap. CLARE


Capítulo 9
El problema de Teresa se solucionó con rapidez una vez que le llevé todo lo que necesitaba. Tuve que prestarle una de mis faldas rojas,  pues ella no tenía un uniforme de repuesto y nos dirigimos a la siguiente clase, bueno, cada una por separado porque nosotras coincidíamos solo en religión.
Max,  Anne y Gabbe estaba en mi siguiente clase. Los tres levantaron la mano en cuanto me vieron y me indicaron un puesto atrás o delante suyo, respectivamente. Quería sentarme con Gabbe, era la que más conocía de los tres y la que me parecía más amable. Si, los tres parecían amables. Max me había ayudado con las maletas el primer día y Anne me había mostrado el colegio, pero Gabbe parecía más compresiva, más simple, ella podía hablarme de cualquier cosa y podía hacerme sentir bien. Ella podía tomarle el lado bueno a todo igual que su hermano, pero no tenía tanta personalidad como Anne.
La chica de pelo castaño oscuro, largo ondulado y brillante –hermoso- no dejó de llamarme hasta que me acerqué a su lado. Los otros dos chicos solo habían sugerido que me sentara cerca de ellos, pero Anne estaba empeñada en atraparme.
Max que estaba delante de Anne, me ofrecía un puesto vacío al frente y Anne me lo ofrecía atrás. Se sintió un poco extraño pasar por el lado de Max solo dirigiéndole una sonrisa de saludo, pero rechazando su ofrecimiento, al igual que Gabbe.
Anne me tomó del brazo bruscamente y me acercó hacia su cabeza para susurrarme algo al oído.
-Te vi con Lyan… -me alejó de si, tan brusca como me había acercado.
Le miré confusa antes de sentarme a sus espaldas.
Tomé el único cuaderno que no había ocupado en todo el día y lo dejé en mi mesa junto a mi pluma sintiéndome orgullosa. No me había olvidado de nada. Eso era un verdadero logro teniendo en cuenta el día de perros que había tenido.
Anne se iba a volver a hablarme justo cuando el profesor pidió silencio al entrar a la clase. Lo agradecí. Si era sobre Lyan que Anne quería hablarme, no tenía ni un interés en  escucharle. Conocía esas suposiciones de chica loca. En mi colegio siempre corrían rumores cuando una chica se hacía amiga de un chico. Eso mismo había pasado conmigo y Tyler hacia dos años y al final se habían acostumbrado a la idea. No obstante eso no había sucedido con Bob, por supuesto, ya estaban acostumbrados a vernos juntos desde pequeños.
Me concentré en la clase tanto como había intentado hacer en matemáticas y resultó mejor de lo que esperaba. El profesor Hargensen parecía ser el único con el que había comenzado con el pie derecho. De hecho, cuando preguntó un par de cosas para saber cuánto recordábamos de años anteriores, me sorprendí siendo una de las pocas que levantaba la mano para responder. ¿Y si lo demás ya sabían todo eso y no querían responder porque consideraban que era tema de niños? No, no podía ser así, no habrían puesto esa cara de pensativos después de todo.
Al final de la clase, cuando la campana ya había sonado, volví a salvarme de Anne al ser llamada por el profesor junto a todos los demás chicos nuevos de su clase. Éramos tres en total.
Nos dijo amablemente, que si no nos encontrábamos a la par con los demás estudiantes una vez que comenzaran con los contenidos, no debíamos tardar en acudir a él con todas nuestras dudas. Y claro, yo le haría caso porque me interesaba la ciencia.
-Gracias profesor Hargensen –murmuramos los tres nuevos a la vez y nos fuimos al comedor.
No hablé con ellos en todo el camino. No tenía deseos de ser yo quien comenzara la plática, y al parecer ellos tampoco. Busqué a Marie entre la multitud encontrándola fácilmente entre Gabbe, Todd y sus amigos, pero luego recordé a Lyan. Volví a buscar una mancha rubia entre la multitud, esta vez, masculina.
Lyan se estaba levantando de asiento al verme.
Me acerqué a él y se detuvo sonriéndome. Nunca habría creído sentirme bien, tan rápido el segundo día de clases. Pero ahí estaba yo sonriéndole a un chico tan parecido a Bob y Tyler.
-¿Quieres almorzar con nosotros? Te caerán bien.
Por supuesto que quería, siempre y cuando estuviera él ahí, pero no sabía si en realidad lo estaba haciendo porque era amable o porque en verdad yo le agradaba. Bueno, de no ser así, no se habría levantado a buscarme.
-Me gustaría –dije- pero primero voy a buscar la comida. ¿Qué me recomiendas?
-¿Quieres que sea tu camarero nuevamente? –recordé a Max con el smoking  con el que lo había imaginado ayer a la hora de almuerzo.
Negué con la cabeza. Mientras tanto yo no quería ir a esperar junto con sus amigos, a quienes no conocía. Sería incomodo que me sentara junto a ellos sin que siquiera supieran quien era yo.
-Quiero valérmelas por mí misma. No siempre voy a tener a un camarero –bromeé.
Saqué dinero de mi banano y me sumé en la fila de estudiantes que aun no se sentaban a comer. No había tantos comprando como ayer, seguramente porque el profesor Hargensen nos había retenido un rato.
La señora que atendía me ofreció las alternativas de almuerzo que podía tener y escogí lo más barato. Estaba decidida a gastar lo menos posible para comprarme una repisa digna para mis libros. Luego de eso me dirigí titubeante a la mesa de Lyan. ¿Y si les molestaba?
Dos chicos morenos me hicieron un hueco entre ellos. Los recordé de matemáticas, cuando pensé en Lyan como el relleno de vainilla en medio de las galletas de chocolate. Les sonreí amablemente y a los demás chicos que se encontraban en la mesa.
La compañera de cuarto de Teresa también estaba ahí. Charlotte, se llamaba, y me saludó con una mueca. Quizá ni me recordaba. Pero prefería que no lo hiciera. La odié desde ese momento.
El resto de los chicos era completamente diferente a Charlotte, bueno, la mayoría. Algunos apoyaban las bromas pesadas de la chica, pero aun así no les tomé rencor como se lo tenía a ella. De los demás, solo podía decir maravillas. Eran todos casi tan atentos como Lyan, atentos y amables, pero no me recordaban a mis amigos. Simplemente me agradaba estar con ellos, pero no era algo que luego llegaría a añorar.
La campana sonó para dar por finalizado el almuerzo. Pero nadie se levantó de sus asientos. Si hubiera estado con Bob y Tyler, me habría levantado sin ellos, riñéndolos por su conducta irresponsable, pero a estos chicos no me atrevía a contradecirlos. Además, ¿Cómo me vería siendo la única del comedor que se levantaba para ir a clases?
Harry, uno de los chicos “galleta de chocolate”, notó mi inquietud y me lo explicó como un padre le explica a su hijo que los monstros no existen. Me sentí humillada, como la vez en que Bob y Tyler habían parecido orgullosos de mí, cuando fumé mi primer y último cigarrillo.
-El primer día no tenemos clases en la tarde –dijo Harry- no te preocupes, no somos de la clase de chicos a los que les gusta hacer novillos. Además, si todo el colegio no va a clase –extendió su mano palma arriba, abarcando todo el comedor- no crees que hay que aprovechar. Ya puedo imaginarte sentada sola en una sala, sin un solo alumno ni un profesor –rió para sí mismo.
Lyan y Harry me acompañaron hasta mi habitación luego de haber estado unos minutos de más en la cafetería. Qué ridícula me había sentido. Pero bueno, las cosas pasan.
Marie estaba sentada en una silla frente a su cómoda. Yo no tenía silla, tal vez debería ahorrar también para comprarme una junto con la repisa. Entré sin interrumpir su lectura. Estaba leyendo una carta con una sonrisa embobada. ¿Tendría novio? ¿Algún amigo especial? La miré de reojo mientras me ponía a ordenar mi desastre sin perder un segundo de tiempo.
Al cabo de unos minutos, Marie habló por fin:
-No me habías contado que tenías un pretendiente.
Fruncí el ceño y luego la miré. Me estaba apuntando la carta. ¡Era mía! ¡Mía! ¡Mía! No tenía por qué estar en manos de Marie. ¿Por qué la estaba leyendo sin mi permiso?
Se la quité de las manos bruscamente arrugando el papel. Marie me miró consternada y yo le respondí con una mirada furiosa, de puro odio, indignación, cólera, furia. Yo no toleraba este tipo de cosas, ni siquiera de mi más mejor amigo, a quien lo había sacado a gritos  y golpes de mi habitación cuando lo había sorprendido leyendo mi diario de vida. No es que tuviera algún secreto como el de Bob, pero odiaba que se metieran en mis asuntos sin mí consentimiento.
Si, a Marie no podía sacarla a patadas de la habitación, después de todo, era de ella también. En cambio, me puse a gritarle como loca.
-¡Nunca! ¡Nunca vuelvas a tocar mis cosas sin que yo lo diga! ¡Son mías! ¡De MÍ propiedad! ¡Yo NO te he dado permiso! ¡Las cartas son algo privado! ¡Una carta MIA privada! ¡PRIVADO! ¡Dime Marie! ¡¿Qué dice en el sobre?! –no respondió. Me miraba con los ojos como platos de la perplejidad, pero en ese momento no me importaba- ¡¿Qué dice?! ¡Yo te digo que dice! ¡Dice: CLARE THOMPSON! ¡¿Te llamas así?! ¡NO! ¡Yo me llamo así! ¡Eso quiere decir que es para MÍ! ¡Y no para ti! ¡¿Entiendes?!
Respiré agitada. Recién tomé conciencia de mis palabras. ¿Habían sido demasiado fuertes? Si, para ella sí, pero no me arrepentía de eso. Aun estaba enojada. Había tomado conciencia de mis palabras, pero aun no me controlaba.
Salí de la habitación dando un portazo. Choqué con un chico de pelo negro, guapo, de pecas en la nariz. Era amigo de Lyan, y el amigo especial de Charlotte.
-¡Salte del medio! –le grité sin pensar que no era con él con quien estaba enojada.
Pero en medio de mi ira, no sabía distinguir lo que me molestaba y lo que quería que molestara. Mi mente me estaba obligando a descargarme con alguien más, quizá con varios más.
-Tranquila chica, que genio… -dijo con una sonrisa burlona- ¡Hey! ¿Qué tienes ahí?
Me quitó la carta de entre los dedos y ahora si me enfurecí.
-¡Devuélvemela que no estoy de humor! –le grité saltando para cogérsela desde lo alto.
Estaba estirando su mano con mi carta hacia arriba para que no la alcanzara mientras la leía.
-“Querida Clare: Te echo mucho de menos” Uhm, la echan de menos, Clare le voy a contar a Lyan. Seguro le gustará saber.
Yo seguía saltando dispuesta a tirarme encima de él si no me la devolvía pronto.
-“¿Te parece si nos vemos este fin de semana? ¿Puedes salir? Quiero hablar contigo, te quiero mucho” –se detuvo cuando le pegué con mi puño en la cara.
No se lo esperaba. Simplemente se cubrió la mejilla con la palma de una mano y se quedó callado.
-Te dije que no estaba de humor –murmuré mirándole con los ojos desorbitados.
Miró hacia las escaleras. Alguien estaba subiendo y hacia ruido con tacones. Las chicas aquí no usaban tacones, el uniforme no permitía tacones. A menos que alguna chica se hubiera cambiado muy rápido por algo tan incómodo, solo podía ser una profesora.
El chico me devolvió la carta completamente arrugada y se metió en la habitación de Teresa. ¿Qué iba a hacer ahí? Teresa no debía ni saber quién era él. Me preocupé por un momento, hasta que recordé que esa también era la habitación de Charlotte.
-¿Qué está pasando señorita Thompson? –escuché la voz de la profesora Button a mis espaldas.
Qué suerte para el chico que la profesora trajera tacones. De no ser así, lo habría pillado con las manos en la masa. Pero no podía delatarlo, no si no quería que me delataran a mí por estar golpeando a alguien.
-Fred –recordé su nombre de pronto- ha estado leyendo una carta que era para mí.
Lo solté sin pensarlo. Si yo tenía que caer, ese idiota caería conmigo.
-¿Y cómo llegó a sus manos? –preguntó como si no me creyera. O tal vez las cejas enarcadas no eran de desprecio, quizá estaba sorprendida de que no fuera yo la que causara los problemas.
-Quizá sería mejor preguntar “¿Cómo me la quitó de las manos?”
Frunció los labios como había hecho al ver las dos hojas de apuntes en el cuaderno de Lyan. Las arrugas tapizaron su viejo rostro.
-Ya nos encargaremos de esto señorita Thompson.
Le dirigí la sonrisa más agradable que pude encontrar en medio de mi creciente ira y me alejé del edificio.
Salí al patio escabulléndome de todas las miradas conocidas con las que me pudiera encontrar y me interné unos pocos metros en el frondoso bosque de eucaliptus. Así podría leer la carta de Bob, con mayor tranquilidad.
Comencé a leer las primeras líneas, las mismas que Fred el imbécil había citado al principio, pero pronto me detuve al sentir un ruido de ramas a la distancia.
Enfoqué mi vista en la lejanía intentando descifrar que era lo que se movía tan sigilosamente entre los árboles.
Podía ser otro alumno. Pero no quise acercarme demasiado, solo por ser prudente y no meterme en peligro por cualquier impulso deliberado.
Caminé sorteando los troncos de los árboles con lentitud, intentando hacer el menor ruido posible. Miré el suelo a cada paso que daba para no romper alguna rama o resquebrajar una hoja seca. Al fondo, mirando hacia el internado, estaba Bob.
Bob es su forma de lobo. Dejé de ser tan sigilosa y corrí hasta la diminuta figura animal que se escondía a lo lejos.
-¡Bob! –grité fuertemente- ¡¿Qué haces aquí?!
El enorme lobo volvió la cabeza en mi dirección y me enseñó los dientes en una fea morisqueta.
Me detuve por un momento. Bob solo quería molestarme.
Seguí caminando a pasos agigantados en su dirección, pero me gruñó fuertemente y se fue corriendo.
-¡BOB! –gemí.
Había sido la sorpresa más linda que había tenido en más de treinta horas y se iba corriendo lejos, tan lejos de mí. ¿Porqué me hacía esto?
-¡Bob! ¡Bob! ¡No te vayas! –corrí entre las ramas lastimándome las piernas desnudas, los brazos y la cara- ¡Bob! ¡Ven aquí, maldita sea!
No me hiso caso. Ya lo había perdido de vista.
-¡AY! –gemí cuando algo me agarró por el brazo y me cubrió la boca.
No pude seguir gritando y tampoco pude ver la cara de mi opresor que se encontraba a mis espaldas.

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