viernes, 7 de octubre de 2011

Cap. 16 CLARE


Capítulo 16
No era que Fred me cayera bien ni nada solo porque le hablara. Seguía pensando que era un tipo estúpido, idiota, engreído, orgulloso, y mal educado. Alguien que podía causarte un dolor de estomago con solo verlo pasar cerca de ti.
Pero no podía negar que era gracioso. Como el asesino de una película, del que no puedes dejar de estar encariñado. Si, esto era distinto, él no era un asesino, y tampoco me había encariñado con él, pero podía soportar un par de horas con él formando pareja en gimnasia,  y hasta podía ser llevadero.
Hoy no nos llevamos el triunfo, pero quedamos segundos luego de Max y su compañera. No había forma de que pudiéramos ganarles teniendo en cuenta las habilidades sobrehumanas que tenía Max. Pero estábamos bien. El día de ayer, ambos habíamos cometido un error por estar enojados el uno con el otro y nos culpábamos por no acertar a la pelota. Eso nos había costado el tercer lugar y el segundo. Ahora estábamos más concentrados.
Me apresuré en bañarme. Las tripas me rugían demasiado y quería salir corriendo a la cafetería.
Me metí grotescamente dentro de la falda rojiza oscura y me abotoné corridos los botones de mi blusa blanca. Las calcetas grises me las habría puesto al revés si es que tuvieran designado un pie propio, pero eso no ocurrió. Tomé el sweater plomo desde cualquier lado y me fui corriendo hasta la fila del comedor.
Solo había tres personas. La última, quiero decir, la que estaba delante de mí, era Lyan.
Le saludé con un golpecito de mi dedo índice en el hombro. Se dio vuelta enseguida y me sonrió al verme.
-Justo quería verte.
-¿A si? Estupendo, yo también quería ver una cara amiga. Me gustaría comer acompañada.
Era su turno entonces. Habló rápidamente y la señora entregó en las manos el vuelto y un paquete de galletas.
-Sí, yo quería pedirte algo, más bien una sugerencia, si querías.
-Dime. ¿Me da un trozo de queque y esa barra de chocolate y un jugo de naranja? En la misma botella está bien, no me gusta usar pajita –detuve a la señora cuando estaba comenzando a verter todo mi jugo en un vaso con pajita. Solo derramó una gota.
Lyan ayudó a cargar el trozo de queque y la barra de chocolate mientras yo bebía de mi botella.
Nos fuimos a sentar en el bordillo de la pared en la que habíamos comido ayer Anne, Max y yo. Solo nos sentamos más cerca de la ventana donde entraba más aire fresco.
-Tienes el pelo mojado –murmuró Lyan.
Parecía extrañado de eso. Me reí tomando uno de mis mechones negros y largos. Aun goteaban en mi espalda.
-Sí. Estábamos en gimnasia –hablé en plural sin querer.
De alguna manera me estaba sintiendo más cercana a mis amigos, para poder nombrarlos al hablar de mí. Quizá podían llegar a formar parte de mi bastante pronto. Max, Marie… Fred no contaba, pero igual había pensado en él al hablar.
-En dos semanas hay un baile, luego de mi partido de futbol. Es aquí en el internado, el domingo.
-Será genial, ¿Hay que ir elegante?
-Con un vestido bonito… no creo que te cueste mucho trabajo.
Me lo quedé pensando. No es que no me gustaran las fiestas con música y comida, hasta un poco de trago no hacía mal, pero ¿Baile? De seguro tendríamos que bailar algún vals o cosas extrañas como en las películas. Demasiado cursi.
-¿Es obligatorio? –pregunté haciendo una mueca.
-No, si no quieres ir… si tienes otras cosas que hacer…
-No, pero ¿Un baile? –comenté despectivamente esperando que él se burlara conmigo. Fue un error.
-Esperaba que aceptaras ir conmigo, pero… no hay problema si no te gustan esas cosas.
-Oh.
Hice una mueca. Me estaba invitando y me burlaba de eso. No, no de que me invitara, pero era algo parecido. Me sentí como una tonta, ridícula y mal educada.
Claro que si iba con él sería divertido, quizá no me la pasara tan mal como pensaba. Quizá los bailes de aquí no eran como los bobos de las películas…
 ¿Pero querría ir conmigo todavía después de mi actitud?
-Si es contigo estará bien. Perdón… no quería burlarme, es que no estoy acostumbrada a ir a ese tipo de fiestas. Los chicos que conocía eran un poco más rebeldes. Acostumbraban a hacer fiestas en sus casas cuando los padres salían de viajes. O simplemente íbamos a discotecas.
-Entiendo, no importa si no quieres ir...
Le ignoré.
-Para lo único que me he puesto un vestido de fiesta, fue para el matrimonio de una amiga de mi madre. Mis fiestas eran con jeans y polera, nada más…
-Clare, no es necesario que te sigas evadiendo. Si no quieres ir está bien, puedo invitar a otra chica ¿Ok?
Negué con la cabeza con fuerza y le sonreí para animarle.
-No, Lyan, voy a ir. Si no te molesta acompañar a una ingrata e ignorante chica de pueblo pequeño. No me hará mal probar una nueva forma de diversión.

Los últimos dos días que faltaban para empezar a cumplir mi castigo, pasaron mucho más rápido que los primeros días en este internado. Claro, ya no había tanto nuevo que conocer, ni mucho que me sorprendiera. Solo eran días en los que tenía que completar mi rutina.
En general había sido así desde que había llegado, solo que los primeros días no estaba acostumbrada a aquel ritmo tan ajetreado, ni a las nuevas caras, ni a mi nueva habitación, ni nada. Ahora podía decir la rutina de memoria sin un solo error.
Primero, en matemáticas, con la señorita Button, mi más odiosa profesora, tenía que comportarme como un bello angelito. No la miraba ni ella me miraba a mí. No parecía decepcionada de mí, como cualquier profesor duro que podría imaginarme, más bien era como si quisiera evitar mirar cualquier imprudencia que pudiera estar cometiendo.
Yo no la miraba, solo por ahorrarme una mirada horrible de ave rapaz. Ambas estábamos más cómodas ignorándonos mutuamente, la clase funcionaba a la perfección.
El primer descanso me lo pasaba hablando con Lyan. Parecía inconvenientemente demasiado contento desde que había aceptado ir al baile con él. Pero podían ser solo impresiones mías, no quería crearme rumores que mis neuronas chismosas podían propagar por todo mi cerebro.
No entendía como todos podían saber que habría un baile. Yo lo sabía porque Lyan me lo había dicho, pero ¿Cómo lo sabía él? Se lo habría dicho alguien más, y a ese alguien, alguien más. Pero tenía que haber un inicio.
El jueves en la tarde me había enterado de que Marie también tenía una cita para el baile. Todd, seguro la acompañaría como buen padre que era de ella en el internado. Ahí aproveché de preguntarle porqué todos sabían lo del baile.
Ella se puso a reír como loca pidiendo disculpas sin parar. Me explicó que habían metido un aviso por debajo de nuestra puerta y ella se lo había guardado para mostrármelo luego, pero lo había olvidado. Qué cosas.
En religión no dejábamos de hablar Teresa, Pete, Lyan y yo sobre los hermosos “Persículos” que aun no lográbamos entender. La pobre profesora, que no nos regañaba en ningún momento, parecía que estallaría en cualquier momento. Éramos el grupo más hostigoso de toda su clase, eso no se podía negar. Incluso nuestros propios compañeros nos habían pedido que tuviéramos un poco de respeto y así llegué a sentirme mal. Prometimos comportarnos mejor.
El segundo descanso era un paseo con Teresa a las paredes derribadas del jardín del internado.
Ciencias era una clase callada y concentrada. Anne no me había hablado en toda la semana de clases, porque el profesor  no se lo permitía a nadie.
El almuerzo era una locura, como siempre. Pero comencé, sin darme cuenta, a hacerme un horario para cada uno de los compañeros que conocía. Una mañana unos y en la tarde otros, y al día siguiente otros más, generalmente en el mismo orden.
Con los días llegó el viernes y con el viernes llegó la noche y con la noche, la hora de dormir. La triste vigilia, vísperas de un castigo. Esa noche me dormí pensando en muchas cosas. 
Recorrí por mis recuerdos, desde que mi madre me había dicho sobre mi cambio a este nuevo colegio. Me había enojado tanto, estaba tan triste por dejar a mis dos grandes amigos, pero ahora me sentía bien. Un poco cansada y congestionada por extrañas noticias nuevas, pero pronto sería todo normal.
El sábado por la mañana fue duro.
Desperté con unos insistentes golpes afuera de mi puerta y cuando Marie fue a ver quién era, la señorita Button entró gritándome.
-Basta de dormir, usted tiene que cumplir su castigo. La espero en el baño de mujeres.
Entendí de inmediato que solo me daba tiempo de vestirme. Ni me bañaría, ni me peinaría, ni podría despertar bien, porque el castigo era realmente un castigo. Aunque de otro modo, la limpieza no habría servido de nada, si luego pasaría todo el día en un lugar sucio y mohoso.
Llegué junto a la señorita Button en un par de minutos y esperamos otro rato a Fred. Cuando estuvimos los dos, recibimos las dos cubetas  y los viejos trapos con que limpiaríamos el suelo y las paredes del inmundo baño de chicas.
Luego deberíamos proseguir con el de los hombres. Tortura tras tortura. Con un chico idiota, con suciedad, sin Tyler. Había sido una completa estúpida.
Pero lo vería el domingo en la noche. Debía de encontrar una manera para que no me vieran salir de mi habitación a medianoche. La encontraría, sin duda, pero debía de tener mucho cuidado. No podía permitirme ser sorprendida de nuevo y perder otro fin de semana limpiando baños.
-¿Me das tu cubeta? –preguntó Fred cuando la profesora se fue.
-¿Para qué? –dije desconfiada.
-Para llenarla de agua, ¿Para qué otra cosa podría ser?
-Ah…
Le tendí mi balde y él lo llenó en el sucio lavabo. Con dificultad, volvió a poner ambos cubos de agua en el suelo. Estaban llenos hasta el tope. Yo no me los habría podido fácilmente.
Le dirigí una mueca de agradecimiento.
Empapé mi paño sucio y el agua de derramó por los lados. Fred arrojó al suelo un montón de desinfectante del que nos había pasado la profesora Button y empapando su paño también, se puso a fregar el suelo.
-Esto les sucede a las personas soplonas.
No contesté.
-Tú estarías con tu chico y yo me podría inventar cualquier cosa mejor que esto. No resultaría difícil.
-Bueno, pero ya está hecho.
-Te arrepientes…
-Sí, pero ya está hecho.
-¿Y estás saliendo con él?
Puse mis ojos en blanco mientras intensificaba mi fuerza en una parte del suelo.
-No te importa. ¿Acaso te gustaría que me metiera en tus cosas? ¿No te importaría que husmeara en tus cosas? ¿Por qué no me cuentas tú con quien estás saliendo? –gruñí.
Lanzó una risita que me exasperó aun más.
-Hey, no te enojes. Solo intentaba hacer un tema de conversación. No creía que te molestara tanto. Además yo no tengo nada que ocultar, así que no me molestaría y… bueno una cosa si me molestaría, pero no lograrías saber que es. Y tampoco estoy saliendo con nadie.
Silencié por unos minutos.
-¿Y Charlotte?
Contuvo la risa por un momento haciendo un extraño sonido de cerdo y luego estalló en carcajadas.
Detuve mi trabajo mirándolo atónita. Yo lo había visto entrar en su cuarto. ¿La estaría molestando? ¿O a Teresa? ¡No se lo permitiría!
-¡¿Y entonces que fuiste a hacer en su cuarto luego de leer mi carta?!
 Apenas redujo un poco la intensidad de sus carcajadas para contestarme entrecortadamente.
-¿Creíste que…? Yo y Charlotte… y que todos creen que somos mellizos y tú –lanzó una carcajada aun más fuerte- Somos hermanos, ¿Nunca se te cruzó por la cabeza? Oh, Dios, qué risa, somos iguales.
Fruncí el ceño y luego me enojé. Más conmigo misma que con él. Como no se me había ocurrido antes. Generalmente se sentaban uno al lado del otro al almuerzo, les gustaban las mismas cosas y tenían casi las mismas facciones. Los dos eran realmente guapos. Pelo negro brillante, ojos cafés avellana, pecas en la nariz y una nariz redonda y hasta un poco respingada.
Su risa fue amainando a medida que mi furia interna crecía.
Nos quedamos callados por un tiempo muy largo hasta que las chicas comenzaron a llegar en tropel.
-¡Eh, eh, chicas! –se levantó Fred avergonzado porque lo vieran de limpia-baños- ¿La señora Button no les dijo que no se podía ocupar este baño hoy?
-No –respondieron ellas.
Le miré levantándome del suelo y secando mis manos en mis pantalones.
-A nosotros tampoco no dijo –comenté- se supone que solo debíamos limpiar, con o sin gente dentro.
Fred gruñó.
-Si Button ve que no hemos hecho nada, el castigo continuará hasta el próximo fin de semana – me susurró al oído- ¿Por qué no me ayudas y dices que Button necesita el baño desocupado?
Me sentí tonta nuevamente. Pero ya había dicho la verdad en frente de las chicas. Las duchas más próximas eran los del gimnasio y para llegar ahí había que cruzar el patio. Ninguna querría ir tan lejos en medio del frío de la mañana.
-Vamos, es sábado –pidió Fred- un perfecto día para estar en pijama todo el tiempo que quieras.
-Ah, Fred no seas aguafiestas, no nos vas a convencer con simples patrañas solo para ayudarte en tú castigo. Tú te metiste en esto solito… ah y con un poco de ayuda también –Me miró Charlotte despectivamente.
Terminamos perdiendo. Las chicas se bañaron todas. Marie me miraba con compasión, pero seguía estando del lado de las chicas que ocupaban todo el baño para bañarse.
Fred y yo habíamos salido mientras tanto. Fred, por la simple razón de que no era bien visto que estuviera en un baño lleno de chicas vistiéndose y viceversa. Y yo por arrancar de aquella manada loca.
Se fueron bastante tarde. Nos habían quitado más de una hora para poder trabajar.
-Esto es tu culpa –murmuró cuando volvimos a entrar- es tú culpa desde que saliste de tu habitación y me empujaste furiosa. Es tu culpa por golpearme, es tú culpa por acusarme, es tú culpa por abrir la boca ahora y quitarnos tiempo. Ahora va a venir Button y va a ver que no llevamos nada.
Tomé el paño mojado sin prestarle atención y metiéndolo dentro de la cubeta una vez más, me puse a fregar el suelo. Con fuerza, con furia, esperando que el dolor en mis muñecas pudiera distraerme de todas las calamidades.
-Ahora estarías con tú amorcito ¿No te gustaría eso? ¿Ves que es tú culpa?
Seguí fregando alejándome de rodillas hacia el otro extremo del baño sucio.
-Apenas tenemos un metro cuadrado supuestamente limpio y nos faltan las paredes y los inodoros y los lavabos y ¡Los otros baños!
-¡Oh, ya basta! –Me levanté gritándole- ¡Ya sé que es mi culpa, pero tú no creas que eres un santo! ¡Quédate callado de una vez por todas y trabaja!

No hay comentarios:

Publicar un comentario