Capítulo 3
Tomé algunos de mis libros de la estantería grande de mi pieza. Estaba guardando las ultimas cosas dispensables, pero que yo no pensaba dejar en casa, para marcharme aquella tarde al Internado O'Reilly. Bob me acompañaba sentado al borde de mi cama hurgueteando en uno de mis bolsos de maquillaje.
-No se para que necesitas toda esta basura… estas linda así nada más.
Enarqué las cejas, sorprendida, pero lo oculté rápidamente mirando algunas cosas de mi closet. Bob no solía ser así de sincero y no planeaba estropearlo poniéndolo en vergüenza. ¿Podía ser que confesarme su secreto lo hubiera afectado con la sinceridad?
-Gracias… emm… Cuéntame más sobre los hombres lobos. ¿Quién más lo sabía?
Continué con el interrogatorio que había comenzado ayer luego de que regresáramos a su casa. No me había enterado de mucho, Bob estaba un poco inseguro sobre hacerme demasiado participe con todo aquel cuento acerca de lo sobrenatural.
-Eh… Nadie más, solo tú y el chico que me hiso así.
-¿Tyler no lo sabe? Creí que era tu nuevo compinche –recordé las palabras que había usado la noche en que nos habíamos encontrado con sus amigos.
-No –contestó como lo había estado haciendo desde que mis preguntas comenzaron.
Así con monosílabos como respuestas, me había enterado de un par de cosas. Bob era mucho más fuerte que un humano cuando estaba en su forma humana y mucho más cuando estaba en su forma animal. Podía lanzarse del techo de una casa de dos pisos sin hacerse daño, siempre y cuando callera bien. Si se hería, cicatrizaba con rapidez. Podía correr a varios kilómetros por hora sin cansarse por un buen rato.
-¿De qué te alimentas cuando eres lobo?
-Simplemente vuelvo a ser humano y saco cereal de la despensa.
Reímos pero yo insistí.
-Pero… ¿Si quisieras seguir siendo lobo?
-Rompo la puerta de mi casa de un zarpazo y saco cereal de la despensa.
Puse mis ojos en blanco mientras buscaba uno de mis gorros de lana favoritos.
-Me refiero a que si ¿Si puedes comer carne cruda? –lo encontré bajo la cama.
-Supongo.
-¿No lo has hecho?
-No… Qué asco.
-Pero me dijiste que te sentías como lobo cuando estabas en forma de lobo, así que tus instintos ganarían… No creo que sintieras asco por comerte alguna ardilla o un pajarito indefenso –Puse cara melancólica hablando con voz melosa.
Me arrojó un cojín a la cara. Una manía de nosotros, arrojarnos cosas a la cara. Ya estábamos bastante acostumbrados para enojarnos, pero se lo devolví con rapidez.
-Tienes buenos reflejos – le acusé cuando alcanzó el cojín antes de que pudiera estampársele contra el rostro- Pero te he tirado cosas a la cara por estos últimos dos años y siempre acierto.
-Antes no sabías que tenía buenos reflejos.
-No me habría sorprendido.
-De todos modos, estoy acostumbrado a que me agredas, así ya olvidé defenderme.
Ahora le arrojé el gorro negro de lana al que intentaba sacarle los pelos y las pelusas que se le habían pegado debajo de mi cama. Esta vez no hiso nada para impedírmelo.
-Lo ves, te gusta agredirme. ¿Quieres un cigarrillo?
-Cigarrillo, me recuerda a Tyler ¿A qué hora iba a llegar? Creo que se está tardando. Lo voy a matar si no llega antes de que me valla.
-Para entonces ya te habrás ido –comentó sacando su encendedor y acercándolo al tubo blanco y repugnante que había probado hacía una semana en la playa y que tanto me había gustado- No podrías matarlo.
Me acerqué a Bob a pasos agigantados y le arrebaté el cigarrillo de la mano.
-Te he dicho que en mi pieza no. Mamá podría atribuirme el olor a mí cuando te hayas ido, soy una niña buena.
-No fuiste una niña buena cuando lo probaste.
-Fui una niña curiosa.
-Qué curioso que una niña curiosa curiosee curiosidades curiosas…
-Nopo hapablepes toponteperapas – “no hables tonteras” En jerigonza.
Busqué mi diario de vida debajo de mi velador. Casi nunca escribía en el, pero me servía para desahogarme cuando no me sentía bien, o de vez en cuando para escribir mi euforia. Saqué mis ahorros escondidos bajo una tabla suelta en la esquina de mi habitación y los metí en un calcetín sin pareja dentro del bolsillo de mi pollerón. Podía ser algo descuidado, pero me gustaba tener mi dinero cerca.
Bob me devolvió el gorro de lana negro tan limpio como cuando lo había comprado y al fin ya tenía todo listo.
Dos maletas, un bolso, un banano y una mochila. La puerta de mi habitación se abrió a mis espaldas.
Tyler.
-Al fin juntos los tres chiflados –murmuró Bob- Te tardaste bastante, estábamos planeando tu muerte… Clare estaba decidida a obligarme a matarte si es que no llegabas antes de que se fuera.
Me sonrojé
-Fingiré que no oí eso. Al fin juntos los tres chiflados… y por última vez.
Suspiré melancólica. Si ya los echaba de menos, entonces ¿Cómo sobreviviría en el internado? Mis ojos se llenaron de lágrimas y me esforcé por no pestañar y así no derramarlas.
-Por última vez… -Repetí para mí misma.
-Ya no seremos los mismos tontos sin ti Clare –murmuró Bob.
-¿Me estás diciendo tonta? –fingí enojo.
-No se atrevería a decir eso ¿No, Bob? –dijo Tyler- Yo creo que quería decir que nosotros tontos no vamos a ser los mismos en tu ausencia…
-Claro que quise decir eso… es en serio
Nos reímos. Y entendí que esa sería la última vez en mucho tiempo en que podríamos volver a reír juntos, porque mi mamá estaba parada en el umbral de mi habitación indicándome que ya era hora.
-No te juntes con los amigos de Billy –Tyler me susurró en el oído sin que nadie captara- con los que nos encontramos hace unos días ¿Recuerdas?
¿Pero porque…? Asentí apenas pensando en lo que me decía. No quería gastar mi último ratito con ellos pensando en cosas que no merecían importancia, no en ese momento.
Y ahora si me eché a llorar con ganas. Las lágrimas me caían a borbotones en medio de la risa desesperada. Bob y Tyler se acercaron a abrazarme por última vez. Sí, todo lo que hiciéramos desde ahora hasta que me subiera al bus sería lo último que hiciéramos juntos. Aquel raciocinio me hiso llorar aun más fuerte y en medio del cariñoso abrazo comencé a sollozar como una niña pequeña.
¿Desde cuándo no lloraba tanto? Oh, bien, desde el día anterior, cuando Bob me había mostrado su secreto, pero eso no contaba, porque ahí estaba muerta de miedo y ahora… me moría de pena.
-Espero que tengas internet allá, porque te atiborraré de correos todos los días –intentó consolarme Bob.
-Yo tampoco dejaré de escribirte –prometió Tyler.
-Los amo a los dos –dije ahogada por las lágrimas.
Nos subimos al bus con la ayuda de Bob y Tyler. Pasaba por la calle principal, deteniéndose en cada paradero, como el que había frente a mi casa, así que no tuvimos que caminar mucho. Los chicos nos llevaron las cosas hasta el jardín y ayudaron al copiloto a acomodar las maletas en el portaequipaje.
Me acomodé en un asiento de los de al medio al lado de la ventana mientras que mi mamá se sentaba silenciosa a mi lado. Sabía que aun estaba enojada con ella por cambiarme a un lugar donde no conocía a nadie. Pero le entendía, estaba haciendo un esfuerzo por mí al sacarme de aquel pueblucho de mala muerte, que aunque era el lugar que más quería en mi vida, no podía ofrecerme un buen futuro.
El tsunami había arrasado con una cabaña que teníamos frente al mar. Por suerte, no vivíamos ahí, pues la teníamos arrendada a una familia que había salido de vacaciones justo en el momento del desastre; se habían salvado y nosotras, que vivíamos en un barrio cerca del cerro no habíamos sufrido más daños que la caída de algunas tejas por el terremoto. Así, mi madre había postulado a un subsidio y en vez de ocupar aquel dinero para reconstruir la cabaña, como debió haber hecho, lo invirtió en lo que quedaba de mi educación.
-Te teñiste el pelo –me acusó segura de lo que decía.
-No ¿Por qué? -¿Estaba intentando distraerme o quería entablar una conversación? Debía de incomodarle mi silencio furioso.
-Se te ve más claro.
-Mamá, está igual de negro que siempre.
Revolvió las manos con inquietud. Me sentí mal por ser tan egoísta, pero tenía derecho, aun seguía siendo una adolescente. Los adolescentes actuaban así ¿No? Eran siempre impetuosos, una poza de gasolina que al menor signo de calor estalla.
-Mmm, entonces debe de ser el sol.
No hablamos el resto del camino. Y dejé de sentirme mal gracias a la distracción del paisaje, pero en cuanto nos bajamos del bus, el remordimiento volvió a mí aferrándose fuertemente como el fierro al imán.
La parada estaba cerca del internado así que mi madre me dejaría frente a las rejas grandes de hierro firme para irse de regreso a mi hogar… mi hogar.
La abracé con fuerza y ella me correspondió sin chistar. No la vería nunca más hasta navidad, y eso para mí, para nosotras, era una eternidad.
-Te quiero mamá.
-Yo también. Cuídate mucho. Y ya no seas tan impulsiva… no estaré yo para ayudar…
Le sonreí tristemente y comencé a tomar mis cosas que habían dejado en el suelo. Verifiqué que mi banano estuviera bien aferrado a mi cintura, me pasé los tirantes de la mochila por los hombros, crucé la trenza de cuero de mi bolso por mi hombro y mi espalda, y tomé cada maleta con una mano.
Crucé las enormes puertas de hierro que estaban abiertas de par en par y comencé una nueva y larga vida en un nuevo y desconocido lugar. Si tan solo Bob hubiera cabido en uno de mis bolsos. Habíamos sopesado la idea, pero luego de que intentara meterse en una de las más grandotas de mis maletas y no cupiera, decidimos desistir.
Había millones de chicos entrando junto conmigo. Miré hacia atrás por entre la multitud para intentar divisar el rostro de mi madre por última vez y descubrí que sería imposible encontrarle detrás de esa turba de estudiantes caóticos.
-¿Puedo ayudarte?
Giré mi cabeza hacia aquella voz ronca y seductora que estaba al frente de mí. Era un chico alto, de pelo corto y negro como la noche, su piel era de un tono moreno más claro que oscuro, y sus ojos eran de un hermoso color azul marino que resaltaba con la luz del sol… Chico guapo a la vista, pensé.
-No gracias, un par de bolsos no me pueden ganar –murmuré intentando caminar lo más cómoda posible con todos aquellos bultos, pero me fue imposible.
-Déjame, no seas testaruda.
Me quitó la maleta sin ruedas, que era la más pesada, la mochila que amenazaba con hacerme caer de espaldas y el bolso que llevaba colgando a mi lado.
Ya no podía quejarme de nada. Me quedé con el puro banano que pesaba menos de medio kilo y con la maleta rodante que era fácil de llevar. Muy amable, pero prefería a Bob y Tyler aquí a mi lado antes que las atenciones de un chico guapo.
-Gracias –murmuré.
-No esperaba encontrarte aquí
¿No? ¿Acaso tenía planeado aparecer y ayudarme a bajar del bus? ¿O me estaba confundiendo con otra chica?
-¿Qué número es tu habitación?
Intenté acordarme del número que tenía anotado en el boletín de informaciones que le habían mandado por fax a mi madre algunos días atrás. Había traído los papeles en el bolso… o en la mochila, no, había preferido meterlos en el banano para tenerlos a mano. No, ahí había metido mi celular y el calcetín con dinero que se me había caído del bolsillo del pollerón cuando estábamos en el bus.
-Veintisiete –recordé de pronto.
Qué suerte. Que estúpida me habría visto intentando recordar el número mientras me rascaba la barbilla bajo el sol incandescente que quemaba arriba en el firmamento. Y cuánto más estúpida habría parecido rebuscando dentro de todas las maletas que había traído.
-Buen número… a mí me tocó la habitación siete. Me gusta el número siete, es de la suerte.
-No creo en eso.
-Hay que tener la mente abierta. Puede haber muchas cosas que creemos inexistentes y ridículas, podrías sorprenderte.
Si claro, como si supiera cuan sorprendida había estado al ver el secreto de Bob. Si supiera que se perdía.
-Creo en cosas en las que otros ni siquiera pensarían.
-¿Dios?
-No, dije: “En las que otros ni siquiera pensarían” –repetí.
-Mmm, no me imagino que pueda ser.
-No, porque dije: “En las que otros ni siquiera pensarían”
-Sí, si, ya entendí, yo no pienso en eso en lo que tú sí.
-Bueno, aquí es ¿Verdad? –dije apuntando a una puerta con el número veintisiete tallado pulcramente.
-Habitación veintisiete, sip, aquí es. Max Stewart, fue un placer servirle señorita –me tendió la mano y entonces caí en la cuenta.
Era el Max de hacía dos semanas, amigo de Bob, el de los caballos y amigo de Billy… supuesto enemigo de Tyler… “No te juntes con los amigos de Billy” me había dicho.
-Clare Thompson –le tendí la mano cordialmente y entré fugaz a mi habitación, dándole la espalda lo antes posible.
¿Pero porqué la advertencia de Tyler? Seguiría el consejo de Tyler, de todas formas, hasta que no pudiera comprobar que estaba equivocado en cuanto a ellos. Hasta entonces debía mantenerme alejada de chicos sospechosos y desconocidos… aunque ahí todos eran desconocidos. Pero aun así me hubiera gustado saber porqué.
No hay comentarios:
Publicar un comentario