Capítulo 24
Desperté con la peor sensación de todos los días. La pesadilla había sido mil veces más vivida, mil veces más dolorosa, mil veces más aterradora. Aun sentía aquel ardor en el hombro y eso no era normal. ¿Cómo el dolor podía persistir luego de despertar? Pero tampoco podía abrir los ojos, y no podía moverme. ¿Seguiría soñando?
La cabeza me daba vueltas incluso estando acostada y sin moverme y sentía unas nauseas tremendas. ¿Cómo es que no me acordaba de nada? Estaba en la fiesta, bailando… Lyan… Fred… Max. ¡Oh! Una punzada de dolor atacó mi ya devastada cabeza. Intenté cubrírmela con las manos, pero sentía como si algo las retuviera en su lugar sin que siquiera las pudiera mover un milímetro.
Quise gritar, pero cualquier sonido que hubiera podido emitir se extinguió antes incluso de llegar a mi garganta. Estaba aterrada. No podía hacer nada.
Pero anoche… anoche me había emborrachado. Que estúpida había sido. Y ahora me quejaba de sufrir las consecuencias. Porque era eso ¿No? No podía ser otra cosa.
Una mano se deslizó suavemente por mi frente arrastrándome hacia atrás una capa fría de sudor que hasta entonces no había sentido. La mano era grande, de hombre. No podía ser Marie la que me estuviera cuidando en esa ocasión.
¿Estaría en algún hospital? Respiré por primera vez, o eso fue lo que sentí, y no encontré aquel olor típicamente aséptico de un hospital. Era un olor a madera de pino, no como las del internado, la que envolvía la atmosfera de aquel lugar.
Intenté escuchar algún sonido, pero me era imposible. Lo único que interrumpía muy de vez en cuando aquel perpetuo silencio, era un tenue latido en mi pecho. Mi corazón casi no tenía fuerzas para bombear la sangre a todo mi cuerpo. ¿Me estaría muriendo? ¿Había tenido algún accidente? Dios mío, me puse más tensa de lo que estaba. Era por eso que no podía moverme ni un poco. Era por eso que apenas sentía la necesidad de respirar.
Y volví a sentir el dolor de cabeza terrible y unas nauseas demasiado molestas. ¿Así se sentía morir? ¿Estaba muriendo? No se sentía demasiado mal, pero no era para nada agradable. Sentía como si me hundiera en un fango espeso, muy espeso y sin fondo.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que había despertado? No podía llevar la cuenta con nada. O mi corazón latía cada seis segundos o era yo la que estaba demasiado aletargada como para poder entender la dimensión del tiempo en este estado.
La mano volvió a pasar por mi frente sudorosa como si nunca se hubiera detenido. No tenía claro siquiera si había pasado tan solo un segundo desde que esa mano me había tocado por última vez o habían sido minutos.
Pasaron segundos, minutos, horas, días, meses o años… no lo tengo para nada claro… antes de que mi cuerpo comenzara a reaccionar como yo estaba acostumbrada. Sentí algo familiar en la punta de los dedos. Estaban comenzando a despertar de un largo entumecimiento.
Parecía que todo mi cuerpo se había dormido, como cuando se duerme con el brazo en una mala posición y a la mañana siguiente ya ni lo puedes mover, ni lo sientes. Eso me había pasado ahora. Sentía que pesaba mil quilos y no podía hacer que reaccionara ningún musculo de mi cuerpo, hasta ahora.
Moví la punta de mis dedos lentamente. Se sentía mal. Como si mi cuerpo se hubiera acostumbrado a aquel estado de postración y ya no quería volver a la normalidad. Pero yo lo obligaría sin duda. Si se sentía mal físicamente, en el aspecto sicológico, no podía encontrarme más contenta. Ya me estaba asustando, y esa era una señal de que no me quedaría así por mucho tiempo más.
La mano pasó por mi frente una vez más. Ahora se había demorado menos en repetir aquel movimiento o yo estaba volviendo a reacomodarme al tiempo verdadero.
-Muy bien –susurró una voz varonil.
La había escuchado antes. Una voz suave y grave. Era tan clamada, tan tranquilizadora. ¿Dónde la había oído?
Poco a poco mi cuerpo fue despertando, pero yo aún seguía intentando averiguar a quien pertenecía aquella voz misteriosa que me había hablado. Estaba segura de una cosa. Esa voz le pertenecía a alguien del internado. Pero los únicos adultos hombres que conocía eran mis profesores y yo los habría distinguido.
Volví a respirar. ¿Por segunda vez? Eso era imposible. No sentía que me estuviera muriendo, pero aquellos no eran síntomas de nadie con vida.
-Tranquila –volvió a susurrar el hombre.
Al fin pude abrir los ojos. Vi… mucha luz. Quedé cegada por completo por mucho tiempo. Parpadeé insistentemente antes de poder enfocar la vista en un difuminado techo de madera. Poco a poco mi vista se fue aclarando hasta que terminé por ver mejor de lo que nunca había visto antes.
Giré lentamente mi cabeza atraillada por mis músculos tensos y miré al hombre que estaba agachado junto a mí. Ahogué un grito de sorpresa al reconocer por fin al hombre tras esa voz tan seductora. No me lo podía creer; solo esperaba que fuera un sueño.
-Hola –saludó con una hermosa sonrisa.
Era el hombre que había encontrado en mi habitación junto a la profesora de religión, cuando Marie había creído que nuestro cuarto había sido invadido. En ese momento había creído que era un profesor, pues no lo conocía a todos al inicio de las clases. Pero luego comprendí que era el desaparecido director, al que todos conocían por sus faltas de apariciones en público.
Ni siquiera había ido al baile la noche anterior… o el mes o el año anterior… aun no podía calcular cuánto tiempo había estado inconsciente.
Eso me dio mucho que pensar. ¿Qué me había sucedido de importante para que el director apareciera ante mi vista? Debía de haberme sucedido algo muy grave para que mi corazón hubiera ralentizado tanto sus latidos y que la cantidad de veces que había respirado en todo este rato se redujera a un inquietante número.
Inspiré hondo al recordármelo.
Lo único que me daba señas, de que algo me había ocurrido, era el insistente dolor en mi hombro. Persistía punzante y molesto, pero me era fácil ignorarlo en medio de mi confusión.
-Tranquila –volvió a repetir.
Volvió a acariciar mi frente con su gélida mano y eliminó por completo todo rastro de sudor que pudiera quedar.
-¿Duele?
Quise asentir, pero no tenía caso. Aun el hormigueo en todo mi cuerpo me tenía un poco paralizada.
Se levantó con un movimiento ágil y fluido, para luego volver a sentarse esta vez a mis pies al borde de un sillón. Un sillón en el que yo estaba tendida aun con mí vestido azul grisáceo. Ahora comenzaba a percatarme de todo lo que nos rodeaba.
El director continuaba mirándome fijamente con expresión muy seria. Como si con el simple hecho de mirarme pudiera controlar todos mis movimientos. Quizá era él quien me impedía moverme. Pero estaba siendo demasiado paranoica. Seguro eran los nervios.
Le ignoré mientras recorría la habitación en la que me encontraba con un rápido vistazo.
Era una cabaña vieja pero bien cuidada. Apenas había un par de muebles a los cuales no presté suficiente atención. Era un frízer lo que más destacaba. Podía escuchar su zumbar a mis espaldas. Era el único aparato que necesitaba electricidad para funcionar. Todo lo demás era antiguo. Ni siquiera había una lámpara de mesa para alumbrar en las noches.
Hice un gran esfuerzo y uno de los dedos de mi mano derecha hiso el primer movimiento. Me sorprendí de que el director lo notara tan fácilmente, porque enseguida me dirigió una sonrisa de satisfacción.
Quise preguntarle qué era lo que me había pasado, pero nuevamente me fue imposible formular palabra alguna. La única reacción de mis labios ante mi voluntad fue un leve temblor. Me obligué a respirar por cuarta vez y a prestarle más atención a los latidos de mi corazón, que no me habían interrumpido en demasiado tiempo.
No. Ya no latía para nada, aunque siguiera viendo todo a mí alrededor. Llegué a creer que era un fantasma, pero si el director me estaba viendo, no podía estar muerta. A menos que el también fuera un fantasma.
Intenté mover mi mano nuevamente y esta vez logré que ella y todos sus dedos cambiaran de posición al menos unos pocos milímetros.
-No te esfuerces demasiado. Poco a poco vas a ir recuperando el movimiento, ahora intenta recordar lo que sucedió. ¿Bien?
Si. ¿Qué me había pasado? El deseo de que mi voz pudiera realizarle aquella pregunta surgió nuevamente. Yo no sabía que me había pasado. No tenía ni el más mínimo recuerdo.
Y quise también poder asentir para que supiera que lo intentaría, porque saber que era lo que me había sucedido era lo que más me importaba ahora. Pero mi cuerpo seguía sin responder, claramente.
El director lanzó un largo suspiro y luego de pasarse las manos por la frente y luego por el pelo, en un gesto de nerviosismo, se levantó del sillón y se dirigió al frízer. Escuché como lo habría y éste comenzaba a sonar con un insistente zumbido que molestaba.
Quise ver que habría para comer, pues ya me estaba entrando el hambre, pero para eso tenía que girar la cabeza. Así que solo pude contentarme con mi imaginación. Un bistec jugoso con arroz, una ensalada de frutas, como las que hacía mi mamá cuando hacía mucho calor, un pollo frito con mostaza asada… Respire hondamente… Pero, uhm.
El director debió de abrir algo, porque continuación sentí un olor muy apetitoso. No lo había olido nunca antes, pero me imaginaba que debía ser la mejor comida que nunca en mi vida hubiera probado. Incluso, sin haberla siquiera visto ni probado, me hacía sentir con más fuerzas. Parecía que la debilidad se hacía cosa del pasado, porque a duras penas logré sentarme en el sillón.
-Sabía que esto te despertaría.
El director vertió el líquido; porque era un líquido; lo escuché caer dentro de alguna superficie vacía y entonces oprimió algún botón y algo comenzó a funcionar. Era alguna otra cosa eléctrica también en la que no había reparado en mi vago escrutinio. Claro, no lo había escuchado sonar hasta ahora.
-¿Qué es? –pregunté con una débil vocecilla que moría de curiosidad.
De las miles de dudas que tenía en mi mente y que había querido formular durante todo este tiempo, había preguntado aquello. El hambre podía más que toda la confusión que tenía en mi cabeza. Prontamente me corregí.
-¿Qué pasó? –la voz me temblaba.
Hice un esfuerzo sobrehumano para poner mis pies en el suelo y girarme completamente para poder mirar hacia atrás, porque el director no me dirigió palabra alguna. Por un momento había llegado a creer que se había ido, porque el único ruido que escuchaba era el insistente borboteo de aquel líquido al hervir y el zumbar del frízer.
Pero en cuanto pude echar una ojeada por el rabillo del ojo, le vi ahí de pie a un lado del frízer, mirándome con una semi sonrisa. Parecía perverso, como si algo tramara.
Me entró el pánico y quise salir corriendo. Si algo me había sucedido no era lógico que me encontrara sola con un director que apenas se mostraba en público.
-¿Dónde estoy? –exigí con una voz rasposa un poco más potente.
El hervidor eléctrico dio un sucinto sonido que me sobresaltó y ambos lo miramos ansiosos. El director lo tomó y lo llevó hasta su escritorio. Allí se sentó tras un enorme escritorio, en un sillón de cuero.
-Este es mi pequeño escondite –sentí como el corazón suplicaba por acelerarse, pero simplemente dio un latido agotado.
Me llevé fugaz la mano al pecho, desesperada por volver a sentir aquel constante golpeteo ansioso al que estaba acostumbrada. ¿Por qué me estaba pasando esto? Me sentía muerta. Debía ser un mal sueño, porque era lo peor que me pudiera estar pasando en la vida. Además no recordaba nada de lo que había pasado.
Giré lentamente la cabeza para mirar por la ventana y me asusté nuevamente. Se veía por kilómetros y kilómetros millones de árboles cubriéndolo todo. Solo al final de una cuesta podía ver el internado y luego la calle y la ciudad. Pero estábamos demasiado lejos de la civilización.
Si mis cálculos no fallaban, estábamos en la cima del cerro que se veía desde el internado.
-No voy a hacerte nada. No te preocupes.
Puse mis ojos en blanco. ¿Entonces porque no me explicaba nada? Me tenía secuestrada lejos de la civilización y yo no podía hacer nada en este extraño estado contra ese enorme hombre que se veía capaz de derribar un árbol de un solo empujón.
Me levanté lentamente apoyándome en el sillón. Así, si sucedía cualquier cosa, yo estaría lista y dispuesta para salir corriendo en cualquier momento. Eso esperaba.
-¿Me podrías decir lo que recuerdas?
-¿Estoy muerta? –pregunté estúpidamente. Pero era lo que más temía.
El director hiso una mueca, pero no se rió de mi ni tampoco lo negó. Nuevamente esperé el rápido trepidar de mi corazón al que estaba acostumbrada. Pero ahora ni siquiera un latido pudo consolarme. Apreté tan fuerte la mandíbula que me sorprendí de que mis dientes no rechinaran.
Di un paso tembloroso hacia atrás.
-No te asustes –me pidió con una voz tan calmada que me incomodó.
Aún tenía el cuerpo entumecido. Podía moverme, pero si quisiera escapar no alcanzaría a llegar demasiado lejos. A la puerta, a lo sumo, que se encontraba a unos cinco metros a mis espaldas.
-Clare, hace tres días sufriste un accidente muy grave y necesito saber si recuerdas algo –pidió nuevamente delatando un poco su ansiedad.
Uhm, tres días.
Imágenes centellantes recorrieron mi mente ante el estímulo. Pero volví a concentrarme rápidamente. Con mayor razón, si me había sucedido algo tan grave, ¿Porque estaba en una cabaña con el director del colegio y no en un hospital? ¿Mi madre sabría algo? Ella sería capaz de entablar una demanda judicial por esta negligencia de parte del internado.
Pero claro, ella no sabía nada, ni nadie. Estaba totalmente sola, asustada e inerme ante aquel desquiciado.
-Dime que es lo que recuerdas y yo te puedo ayudar
Bosque, bosque y más bosque. Volví a concentrarme. Nunca me había sentido tan frágil en pensamiento. Sentía que divagaba a cada segundo y eso me molestaba bastante.
-Esto que te sucedió no es algo común…
-¿Por qué estoy aquí? –gruñí con una voz más firme de la que había utilizado anteriormente. Ahora sentía un poco más de autoridad.
-Es algo serio…
-¿Ya avisó a mi madre?
-Es algo muy serio. Nadie puede saber, por eso necesito que me digas que es lo que recuerdas.
Intenté recordar. Si era lo único que quería de mí no había problemas en que cediera, lo que me asustaba era que las cosas podían ir más lejos.
Bosque. Pensé. Era lo único que recordaba por el momento. Solo habían arboles a mi alrededor…
-Yo estaba en un bosque… en el bosque del internado, claro.
-Bien –me alentó.
Ojala pronto pudiera irme devuelta con los míos. El dolor en el hombro comenzaba a punzarme aun más fuerte. Recién entonces le eché un vistazo y encontré que estaba cubierto por unas vendas teñidas de un café rojizo. Al igual que el inicio de mi vestido en donde debía de haber corrido la sangre antes de que me curaran. ¿Pero que me había pasado?
El director notó mi asombro ante mi descubrimiento y procedió a explicarme en parte lo que yo debía recordar.
-Alguien te hiso eso… ¿Sabes quién fue?
¿Alguien? ¿No había sido un accidente?
De pronto recordé mi sueño. Pero hasta entonces solo creía que había sido eso, un sueño. Ahora parecía haber pasado en la realidad y los recuerdos de aquella noche se habían confundido en mi memoria haciéndome creer que eran simples sueños.
-Fui yo –respondí incrédula.
El director frunció el ceño y entrecruzó los dedos de sus manos apoyando los codos en el escritorio. Me miró fijamente como si quisiera leer mis pensamientos.
-No, no fui yo –me corregí- pero era alguien igual a mí.
-¿Igual a ti? –se inclinó hacia delante.
-Mis mismos ojos, mi misma nariz, mi misma boca, mi… todo- me expliqué.
El director dejó de mirarme por un momento y dirigió su mirada al techo de madera. Luego a la hervidora.
-No era igual a ti –aseguró- ¿Recuerdas su color de pelo?
Tomó la hervidora inspeccionándola lentamente con la mirada y vació parte de su contenido en un tazón. El líquido era de un extraño tono granate. Me sobresalté. Era sangre, la podía oler.
Solo que ahora aquel olor que extrañamente conocía, me parecía terriblemente apetitoso. Quise salir corriendo del espanto, pero la tentación me retenía ahí mismo sin poder moverme.
El director torció sus labios en una sonrisa de picardía y clavó la mirada en mí.
-¿Qué te parece? –no pude responder- Aquella chica… que te hiso daño era… un demonio, como tú los sueles llamar últimamente.
Últimamente… Últimamente solo había llamado demonios a aquellos contra los que luchaban Max y su grupo. ¿Cómo podía haberse enterado el director? ¡Cielos!
Entonces quise desmayarme. Todo tomó sentido cuando relacioné la sangre en el tazón, la herida en mi hombro, las palabras del director, y todo lo que ahora sabía sobre lo paranormal.
Desesperada, me quité el parche de mi hombro y dejé al descubierto una enorme herida en la que habían tenido que usarse varios puntos de sutura. Eran dos medias lunas una frente a la otra, una arriba y la otra abajo. Fácilmente podía pasar por una mordida.
El director pareció querer levantarse y detenerme, pero aun indeciso, continuó sentado frente al escritorio. Su expresión preocupada volvió a la calma de siempre.
-Usted… -intenté pronunciar.
Pero no quería decir en voz alta aquello de lo que aun no me convencía.
-Yo también lo soy… pero no te alarmes, soy de los buenos.
Abrí los ojos con pavor. Estaba en frente de un demonio y aun no salía huyendo. Una parte de mi mente intentaba decirme que mi petrificación en el lugar era producto del pánico, pero la verdad yo sabía que era por la sangre que aun me atraía desde el tazón.
-Y tu también, Clare.
Retrocedí unos pasos para acercarme en el sillón y dejarme caer de trasero en él. Me apreté el pecho queriendo sentir la sangre caliente fluyendo por mis venas, pero solamente me sentí fría y seca. El hombre tenía razón. No había otra explicación razonable para lo que estaba sintiendo ahora. Era un demonio, igual que mi padre, que el director, y que la chica que me había atacado y por eso sentía sed de sangre, por eso estaba muerta sin que el corazón me latiera y sin sentir la necesidad de respirar. Por eso ahora estaba fría y seca como una piedra inerte.
-Deberías beber, la necesitas…
Negué con la cabeza.
-Los vampiros lo necesitamos para vivir… para parecer más humanos.
Quise llorar, pero las lágrimas no salían. ¿Cómo nos había llamado recién? ¿Vampiros? Esto era demasiado para mí. Me cubrí la cara con las manos, deseando morir, o al menos nunca haber nacido… o poder retroceder en el tiempo a aquella fecha en la que Bob me había dicho parte de este extraño mundo y haber salido corriendo antes de que yo pudiera escuchar. O retroceder en el tiempo hasta cuando mi madre me decía que me mandaría a un internado, entonces yo haría algo verdaderamente osado para poder impedirlo. O retroceder el tiempo hasta antes de mi nacimiento e impedirle a mi madre que conociera a aquel demonio que me había causado todo esto.
Me pasé las uñas fuertemente por mi rostro y sentí como el aire frio chocaba contra la piel desgarrada. Pero no me dolía y eso me frustraba. Había esperado que el dolor pudiera hacerme olvidar o distraerme un poco.
-Deja de hacerte daño… no sacas nada –dijo de forma autoritaria, levantándose bruscamente de su asiento.
Comenzó a rodear el escritorio para acercarse unos pasos al sillón donde me encontraba, pero yo ya me había detenido.
-¿Cuánta fuerza tengo? –gruñí hoscamente.
-Mucha –dijo simplemente.
Seguramente no era fácil de calcular.
-¿Cómo usted? –levanté un poco la cabeza para mirarle con la mejor expresión de odio que hubiera dado jamás.
Esperaba poder dejarlo fuera de combate si es que decidía huir y él no me lo permitía. Esperaba al menos dar una digna batalla antes de terminar apresada de todas formas en aquella aislada caballa.
-Mucho menos que yo. He existido por años… ¿Crees que en todo este tiempo no he desarrollado una fuerza indescriptible?
-Ni siquiera se cuanto tiempo.
-¿Puedes creer que conocí en persona a Nicolás Copérnico? Es más, yo tenía veinte años cuando él nació. –Extendió su dedo índice bruscamente y levantó las cejas con autosuficiencia- Fui yo, quién sentado sobre el manzano, cuando estábamos en Woolsthorpe, el que le lanzó la manzana en la cabeza a Isaac Newton. Tengo más años que cinco abuelas juntas -se encogió de hombros- no sé exactamente cuántos, pero son muchos los años que he vivido.
Quedé perpleja. Eso era increíble, literalmente, era algo que no podía creer. Negué con la cabeza y lancé una risita sardónica mostrándole mi evidente escepticismo.
Pero bien, eso respondía a mi pregunta. Yo no era lo suficientemente fuerte para escapar si me lo proponía.
-Vamos ¿Por qué no cedes y bebes un poco? –apuntó a sus espaldas al tazón con sangre que ya parecía estarse enfriando.
De dirigió a su escritorio y tomó el hervidor para servirse un poco a él también. Tomó el vaso de vidrio en el que se observaba perfectamente la roja sangre apetitosa y se lo llevó rápidamente a la boca para beberla de un solo trago.
Se me hiso agua la boca, no lo pude evitar.
-Ya ves, no tiene veneno –sonrió, como si creyera realmente que era esa la razón por la que me impedía tomar.
Estaba asustada, pero me sorprendí esta vez, respirando constantemente para poder oler aquel aroma que se desprendía de mi tazón. No lo pude evitar tampoco, y tendí la mano para recibir lo que el director me ofrecía.
Aun estaba caliente cuando lo sostuve en mis manos. Acerqué el tazón a mi nariz y respiré hondamente como si simplemente disfrutara del aroma del café. Era irresistible, el aroma me embriagaba y lo único que quería era probarlo.
Fui cautelosa en eso. Llevé el tazón a mis labios mientras el director aguardaba impaciente y lo incliné para que la sangre espesa corriera hasta mi boca, donde mi lengua la esperaba para saborearla. Pero simplemente no pude saborear nada, porque entonces no me di cuenta cuando ya me había bebido todo el contenido del tazón. Finalmente limpié la comisura de mis labios con la lengua para eliminar cualquier rastro que pudiera quedar, para poder beber hasta la última gota.
-¿Poco? –preguntó el director arrancándome de mi estupefacción
-¡No! –arrojé el tazón al suelo y éste se rompió en mil pedazos.
Era un demonio ahora. Había caído en la peor trampa, con esto me había convertido en uno de ellos. Salí corriendo de la cabaña sin que nadie me lo impidiera. El hombre solo me miró ceñudo.
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario