Capítulo 14
Alcancé a Max a los pocos segundos y éste me saludó con una sonrisa.
-Tienes suerte. Perdiste tiempo yendo a buscar las cosas.
-Si lo miras desde otro punto de vista, voy a tener mala suerte, porque voy a demorarme más al ponerme en forma.
-Puede ser…
Se suponía que al trotar no se debía hablar, porque la mala respiración al hacer deporte afecta en el rendimiento. Pero había un par de cosas en las que teníamos que ponernos de acuerdo.
-¿Qué les dirás sobre…? ¿Escucharon? –recordé.
Si no lo había susurrado como creía, no había forma en todo caso, de que pudieran escucharme a aquella distancia. Pero… si sus habilidades estaban más desarrolladas que las de un humano, la respuesta sería simple.
Él solamente asintió.
-Cierto –murmuré- ¿Qué les dirás?
-Alguna mentira, salvo que no quiero pensar en eso ahora… creo que será mejor que me las arregle luego -le vi agotado y tan solo llevábamos cuatro o cinco vueltas contando las que él hubiera dado solo.
-Los… ¿Ustedes se cansan?
-Eh, no. Digo que ahora no quiero pensar en eso porque no estoy de ánimo.
Lo consideré como una indirecta por un minuto. Pensé que quería que le dejara solo, hasta que me sonrió amablemente.
-Si quieres voy más lento. No me importa esperarte. He esperado a toda la clase desde que soy como soy. No puedo correr al máximo de mis capacidades en frente de todos.
Claro, ya me lo imaginaba completando las diez vueltas en menos de siete segundos. El profesor lo echaría de la clase por demonio.
-No importa –le respondí- puedo mantener el ritmo.
-Que atlética, pero no lo digo solo por eso. Así podemos hablar más calmados.
Me sonrojé interiormente. Me sentí alagada. Si no quería conversar de las cosas importantes, era porque se divertía conmigo. O visto desde un punto de vista más negativo, esto sería una artimaña de Billy para que el chico me sedujera y así podrían tenerme comiendo de las palmas de sus manos.
¿Y si solo querían información? ¿Si ellos no sabían que era lo que me hacía tan peligrosa y creían que yo sí? ¿Y si todo lo que me habían dicho era una mentira porque había descubierto que él era un hombre lobo?
Pero no importaba ¿Verdad? De alguna manera tenía que confiar en mis instintos. Instintos que parecían estar siendo controlados por las hormonas.
-Mejor corremos, lo más rápido que yo pueda y terminando antes que los demás nos queda tiempo de hablar.
-Muy bien, veamos si me ganas.
Comenzó a correr sin darme ventaja alguna. De todas formas no le habría ganado aunque el partiera cuando a mi me quedara una sola vuelta, pero habría sido un lindo gesto de caballerosidad.
Algunos pocos también apresuraron la marcha al ver que nosotros lo hacíamos, no tanto como para pensar que corrían, pero nos quitarían tiempo en el que podríamos conversar.
Estaba cansada, jadeaba y transpiraba por lugares que nunca hubiera imaginado. Cuando me quedaban don vueltas y a Max una sola, él aminoró la velocidad de su trote para darme la ventaja suficiente de alcanzarlo.
-El que llegue a esa línea primero es el vencedor.
Asentí moviendo la cabeza de lado a lado y sonriendo. No había forma de que pudiera ganarle.
Se detuvo completamente estando a un centímetro de la línea fijada como meta, y yo, sin darme cuenta a tiempo de su estancamiento, pasé de largo siendo la ganadora.
Me detuve jadeando y riendo por su trampa. No creía que al final decidiera dejarse perder. Le di un golpe en el hombro.
-Eso es trampa… -solté con dificultad entre dientes.
-De todos modos querías que te dejara ganar, no lo niegues –avanzó un paso- ser segundo no es malo.
Nos fuimos a sentar a las gradas de madera que rodeaban ambas canchas por los costados y observamos a todos nuestros compañeros que aun trotaban lentamente, jadeando como yo lo había hecho, y transpirando. A Max no le había pasado nada de eso.
-Max ¿No puedes decirme que es lo que me hace tan peligrosa? –dije cuando pude recuperar la respiración.
Su sonrisa se borró completamente y exhaló con fuerzas. Tenía los codos apoyados en sus rodillas y su barbilla en sus nudillos. Miraba hacia el infinito, más allá de todos nuestros compañeros y del gimnasio, luego me miró a mí y negó con la cabeza.
-No, no te puedo decir.
Otro par de chicos se sentaron más abajo en las gradas. Poco a poco todos habrían terminado las diez vueltas.
-Tú no eres peligrosa, para nada, están en un error.
-Bien, da igual –pero si me importaba bastante.
Jugueteé con un mechón de mi negro cabello. Nunca lo hacía, pero estaba nerviosa. Lo que Max me escondía parecía ser grave.
-No sé, ¿Por qué no me cuentas de tu vida?
Lancé una carcajada.
-Eh, claro, cómo si no me hubieras espiado todo este tiempo.
Torció la comisura de sus labios en una sonrisa. Y se recostó apoyando la cabeza en escalón de arriba.
-Vives con tu madre. No conoces a tu padre. Tu mejor amigo es Bob y Tyler… podría llegar a ser tu novio, por supuesto. Te gusta nadar, te encanta la pizza y eso es lo único que se de ti.
-¿Cómo sabes que me gusta la pizza?
-Te he visto. Vas con Bob a una pizzería todos los miércoles en la tarde y todos los sábados.
-Pero Bob te habría visto, el tiene los sentidos igual de desarrollados que tú ¿O no?
-Sí, pero no sabe usarlos bien.
Asentí. Era como el colegio. Dos alumnos igual de inteligentes con distintos promedios. Uno estudiaba y el otro no, simple.
-Si me van a ayudar, tú y Anne, en lo que sea que necesite, quiere decir que están aliados con Tyler ¿No?
Se mordió el labio.
-Eso creo. ¿Qué decía la carta? Digo, si es que se puede saber.
Me sonrojé al recordarla. Pensar que aun no le había devuelto el llamado y que debía explicarle que ya no podía juntarme con él este fin de semana.
-Pensábamos reunirnos el sábado o el domingo, pero estoy castigada.
-Y no le has dicho…
-No.
Las gradas se estaban llenando de alumnos agotados que necesitaban descanso. Otros pocos aun intentaban completar sus últimas vueltas caminando. Entre ellos vi a Marie y a Todd, no sabía que estaban en esta clase, en realidad no le había prestado atención a nadie más que a Max en todo el rato y eso me hacía sentir mal en cuanto a Tyler.
-¿Sabes? Creo que te vas a llevar bien con el entrenador Kelem –murmuró- es como esos abuelos gruñones que te tienen cariño. Solo que él le tiene cariño a los que lo hacen bien, y valla que lo impresionaste, no parecía tenerte nada de confianza cuando te mandó a buscar las cosas. Yo habría pensado que terminarías al final caminando como esas chicas.
-Lo habría hecho si nadie me hubiera puesto a prueba.
Miré a Marie y ella me devolvió la mirada con furia. Parecía enojada, pero más enojada con Max que conmigo. Recordé que esos chicos no le agradaban.
-¿Sabías que Anne fue compañera de cuarto de Marie el año pasado?
Volví mi vista a Max negando sin interés. Luego me pregunté si él quería explicarme el porqué su actitud con ellos.
-Ustedes no le agradan –dije.
Suspiró.
-Lo sé. Esa chica es un poco extraña.
Ya me había dado cuenta.
-Está enojada con nosotros porque da la casualidad, que la mayoría de sus compañeras de cuarto se hacen amigas de nosotros y ella piensa que la abandonan por nosotros. Bueno, eso pasa.
Oh. Así que por eso se esforzaba tanto en agradarme y yo seguía mostrándome horrible con ella. Debía ser más amable, solo se sentía triste.
-Ahora eres tú la que se le escapa.
-Oh.
Todd, Marie y los demás chicos que faltaban, terminaron su última vuelta y el profesor tocó el silbato. Me extrañó que Todd fuera tan lento, pero debía de estar esperando a su amiga.
Caminamos lentamente haciendo un círculo casi perfecto alrededor del entrenador Kelem para que hiciera las parejas para jugar tenis. Por las casualidades de la vida, el profesor me asignó con la persona que menos quería en ese momento. Al menos nos serviría para acostumbrarnos a trabajar en equipo antes del castigo el fin de semana.
Fred bufó cuando mi nombre y el suyo fueron nombrados juntos. Yo ni quería mirarlo.
Jugamos contra otro par de chicos y fue bastante fácil vencerles, parecían no haber tomado nunca en su vida una raqueta de tenis.
Quedamos en cuarto lugar. En tercero quedaron Marie y un chico colorín que se movía muy rápido, en segundo la chica que me había acompañado a la bodega y Bob –no pude olvidarme de su nombre cuando lo mencionaron- y en primer lugar estaba claramente Max y su compañera.
Antes de que tocaran la campana, el entrenador nos dio unos minutos y nos dirigimos a los vestidores para ducharnos y vestirnos nuevamente. Luego, Max me acompañó a mi siguiente clase de literatura sin que habláramos sobre nada extraño, lo que me resultó cómodo y agradable. Podíamos llevarnos bien a pesar de lo que me había dicho Tyler, que de seguro lo había hecho porque no sabía que algunos estaban de su mismo lado.
El profesor Koth, un hombre cojo de edad engañosa, me recibió en la entrada de la sala de literatura con un apretón de manos, al igual que al resto de mis compañeros de clase.
Se veía interesante. Tenía el ceño fruncido y una ceja levantada, pero no se veía enojado, parecía como si nos estuviera estudiando. Estudiando cada unos de nuestros movimientos, nuestros gestos faciales, incluso nuestros pensamientos.
Me senté cerca de unos asientos de la ventana y el hombre comenzó su clase presentándose como cualquier otro. Ya no parecía distinto, pero su expresión me incomodaba.
Terminó la clase y me marché a mi habitación. La puerta estaba entreabierta y enseguida supuse que Marie ya había llegado. Recordé su expresión en clase de gimnasia al verme con Max, uno de sus peores enemigos por quitarle a sus compañeras de cuarto.
-Hola
-Hola Clare
Me dirigí a la pared donde tenía pegado, con trozo de cinta adhesiva, la nota con las reglas para convivir conmigo. La arranqué de la pared sin titubear. Marie abrió los ojos como platos. La rasgué en dos. Marie se sentó en el borde de su cama dispuesta a hacer todo para que dejara de hacer lo que hacía. La rasgué en cuatro. Marie se levantó de su cama y se dirigió a mí con paso decidido para arrancarme la nota de las manos.
-¡¿Qué haces!? –la esquivé.
Rasgué la nota en ocho.
-No quiero imponer normas para que podamos llevarnos bien. Eso es ser egoísta.
-Pero…
La rasgué en dieciséis. Ya no podía más, los trozos cada vez se hacían más pequeños y el puñado se hacía más grueso.
-Vamos, podemos llevarnos bien así tal cual. Esto de las reglas de Clare son una bobería y me hacen sentir mal.
Me tendió la mano para que le entregara los pedazos de papel y al recibirlos sonrió dulcemente. Me sentí bien.
-Los buenos amigos se entienden tal cual. No hay necesidad de imponer las cosas –le dije para animarle.
De pronto, dejó caer todos los diminutos papeles al suelo y con las lágrimas saltándoles de sus chispeantes ojos, me abrazó con fuerza y cariño. Un poco sorprendida, no se me ocurrió abrazarla hasta algunos segundos más tarde, pero se sentía bien.
Me soltó y se limpió las lágrimas.
-¿Quieres comer galletas? –me preguntó indicando un paquete de galletas sobre su mesita de noche.
-Bueno.
Me senté sobre su cama mientras ella abría el paquete. Pensé que la haría feliz una especie de tarde femenina, así que le enseñe mi maquillaje y mi pintura de uñas. Se puso como loca o eso pude ver en sus ojos, que me miraban más pegajosos que nunca. Yo no paraba de reír, se sentía bien esto de poner contentos a los demás.
Era como ver a un niño con su nuevo juguete y yo se lo había regalado.
Luego de habernos hecho la manicura y la pedicura, decidimos ver una película en su computador portátil. Ella no me podía creer que nunca hubiera visto el Titanic, así que no dejamos de llorar durante el triste final.
-Qué romántico. Dio su vida por ella –comentó.
-Para mí que los dos habrían cabido en ese salvavidas.
-Se hundiría
-Podrían haberse turnado. Un rato ella arriba y luego en el agua.
-Habrían muerto los dos.
-Pudieron haberse estado besando todo el rato. Eso los calentaría ¿No?
Marie me pegó un empujón.
-¡Clare!
Reí maliciosamente. Suspiré lentamente y me levanté de la cama de mi compañera. Tenía deseos de escribirle a mi diario de vida. No lo había hecho desde varios días antes de mi llegada al internado.
-Marie, ¿Qué harás este fin de semana?
Ella se sentó en el borde de su cama para responderme.
-Nada ¿Quieres que hagamos algo? –preguntó esperanzada.
-No puedo, tengo una cita con los baños. Me preguntaba si querrías pasarte un rato por ahí y hacerme compañía.
-Será genial. ¿Te presto el computador? Quizá deberías avisarle a tu anterior cita… ¿O ya le dijiste? Oh…y lamento haber leído tu carta.
Hice una mueca.
-No importa Marie. Eso ya fue. Pero creo que debería avisarle.
Me prestó nuestra ex pantalla de cine y me conecté a internet. Tyler no tenía correo, nunca le gustaron ese tipo de cosas tecnológicas, decía que eran frías y mecánicas, que no tenían corazón. Así que al que esperaba ver conectado era a Bob, el amo de los videojuegos.
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